Fragmento:
Cada uno, seducido por el rumor del sauce y la promesa de respuestas, seguía su propio sendero entre las pérgolas cubiertas de musgo. El relojero, fascinado por la quietud del lugar, intentaba medir el avance del sol, pero su reloj, enloquecido, se detenía ante la sombra del sauce. La anciana recorría los bancos de piedra, tarareando canciones antiguas; a veces creía reconocer en el viento la voz de su madre, o el paso de un hijo nunca visto. El niño se encaramaba a las ramas más bajas y allí, en la altura, pretendía divisar el mundo más allá del muro, aunque nunca veía más que niebla y el reflejo de sus propios ojos. La mujer de las flores renovaba cada mañana los jarrones del jardín, mientras murmuraba el nombre de un amor perdido, esperando quizá que las flores despertaran el corazón dormido bajo la tierra. El forastero solo caminaba, siempre en círculos, los pies descalzos pisando hojas y raíces, sin dejar huella alguna.
Duración: 04:44
Había una vez un jardín antiguo y vasto, cercado por altos muros cubiertos de hiedra y coronado en el centro por un sauce llorón, cuyas ramas caían hasta rozar el césped como si quisieran besar la tierra. Nadie sabía cómo había llegado a existir tal jardín, ni tampoco quién era su verdadero dueño, pues quienes lo cuidaban y deambulaban entre sus senderos parecían cambiar con el tiempo, difuminándose en recuerdos y fragmentos de nombres.
En este jardín vivían criaturas extrañas y sombras que, al atardecer, susurraban en lenguas sin palabras. Entre todos los residuos de historias, sobrevivían cinco figuras humanas que, en apariencia, nada compartían salvo la inexplicable necesidad de explorar el jardín. Uno era un galante relojero de manos finas y ojos tristes; otra, una anciana cuya memoria ya resbalaba por las grietas del tiempo; el tercero, un niño de rostro inescrutable; la cuarta, una mujer que siempre traía flores frescas, y la última, un forastero silencioso que jamás pronunció palabra.
Cada uno, seducido por el rumor del sauce y la promesa de respuestas, seguía su propio sendero entre las pérgolas cubiertas de musgo. El relojero, fascinado por la quietud del lugar, intentaba medir el avance del sol, pero su reloj, enloquecido, se detenía ante la sombra del sauce. La anciana recorría los bancos de piedra, tarareando canciones antiguas; a veces creía reconocer en el viento la voz de su madre, o el paso de un hijo nunca visto. El niño se encaramaba a las ramas más bajas y allí, en la altura, pretendía divisar el mundo más allá del muro, aunque nunca veía más que niebla y el reflejo de sus propios ojos. La mujer de las flores renovaba cada mañana los jarrones del jardín, mientras murmuraba el nombre de un amor perdido, esperando quizá que las flores despertaran el corazón dormido bajo la tierra. El forastero solo caminaba, siempre en círculos, los pies descalzos pisando hojas y raíces, sin dejar huella alguna.
Un día, cuando la brisa olía más dulce, todos convergieron bajo el sauce llorón como si una orden secreta los hubiera convocado. El tronco del árbol parecía pulsar con luz propia, y entre sus raíces apareció repentinamente una puerta de madera, tan pequeña que apenas una mano podía asirse al picaporte. "¿Dónde conduce?", susurró la anciana, como temiendo que la respuesta fuera a desvanecerse apenas dicha. El niño fue el primero en aproximarse, pasando los dedos sobre la madera gastada. El forastero, mirando al horizonte, señaló la hendidura: "Quizá nos lleva donde nunca hemos estado, quizá nos revela lo que tememos recordar".
Uno a uno, intentaron abrir la puerta. El relojero, confiado en sus dotes, intentó forzar la cerradura con herramientas invisibles, pero la cerradura solo giraba cuando alguien renunciaba a la pregunta. La florista, en un gesto de entrega, dejó ante la puerta su ramo más hermoso, y la madera se iluminó con un resplandor cálido. El niño, sin palabras, apoyó la mejilla en la puerta y escuchó lo que ningún adulto pudo oír: una melodía de cuna tejida en raíces y savia. La anciana, temblorosa, entregó una de sus canciones antiguas al humo del atardecer, y de inmediato, la puerta se agrandó imperceptiblemente, como si la memoria fuera la única llave.
El forastero fue el último. No habló, pero de sus ojos rodó una lágrima, cayendo sobre la madera. Fue entonces cuando la puerta cedió, y se abrió no hacia el otro lado del muro, sino hacia el interior de cada uno. En el hueco detrás de la hoja, solo encontraron un espejo; y en el reflejo, vieron su propio rostro transformado: eran la suma de sus búsquedas, de sus pérdidas, de sus esperanzas fallidas y también de los destellos tenues de redención. El relojero vio el tiempo circular y entendió que nunca escaparía de sí mismo; la anciana supo que toda canción era eco entre generaciones; el niño se reconoció en todas las edades, ni niño ni adulto, sino algo eternamente expectante; la florista descubrió que la vida era dar flores sin temor a que se marchiten; el forastero encontró, al fin, una sombra que no le rechazaba, sino que le acogía.
El jardín continuó intacto, el sauce seguía derramando su lluvia de hojas. Nadie recuerda sus nombres, pero aquel lugar fue, desde entonces, un espacio sagrado donde los que se pierden pueden, quizá, vislumbrar en el reflejo del espejo la caricia fugaz de su propio ser. Porque hay jardines que existen solo para recordarnos que el viaje más vasto y peligroso es el que hacemos hacia adentro. Y allí, si tenemos suerte, hallaremos la puerta que, al abrirse, nos revela cuán vasto y prodigioso puede ser, bajo la sombra de un sauce, el misterio de estar vivos.
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