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Fragmento:


Un día, llegó al jardín una criatura desgarbada, a quien los habitantes llamaban, no sin risa sorda, el Despierto. Él no reía, y sus ojos quemaban porque veían aún. Pronto, los demás lo rodearon, ansiando arrancar de él la semilla de su despertar. El Despierto intentó hablarles del puente, no como travesía, sino como abismo: explicó que cruzarlo significaba romper los muros de la percepción, aceptar que ni jardín, ni río, ni siquiera moradores existen fuera del deseo de no estar solos.

Duración: 04:36

El jardín de los ciegos
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En un reino sin aurora ni ocaso, donde las sombras no evocan idea alguna de su dueño, existía un vasto jardín. El jardín era célebre por la multiplicidad de sus senderos y la imposibilidad de retornar jamás al punto de partida. Allí, bajo árboles enfermos de sabiduría y flores que olvidan su aroma, moraban criaturas que nunca se miraban a los ojos. Los habitantes de este lugar se llamaban a sí mismos “buscadores”, aunque la sola palabra búsqueda era ya una ironía, pues ninguno sabía qué había perdido.

En el centro de este jardín, se alzaba un puente. Quienes lo cruzaban, decían luego poseer breves destellos de entendimiento. Pero los recuerdos de ese tránsito eran como espejos empañados: sólo devolvían la imagen distorsionada de uno mismo, perpetuando la búsqueda hacia nuevas sendas y más preguntas. A veces, el río bajo el puente murmuraba secretos insensatos; en otras ocasiones, callaba con el desprecio de los dioses olvidados.

Un día, llegó al jardín una criatura desgarbada, a quien los habitantes llamaban, no sin risa sorda, el Despierto. Él no reía, y sus ojos quemaban porque veían aún. Pronto, los demás lo rodearon, ansiando arrancar de él la semilla de su despertar. El Despierto intentó hablarles del puente, no como travesía, sino como abismo: explicó que cruzarlo significaba romper los muros de la percepción, aceptar que ni jardín, ni río, ni siquiera moradores existen fuera del deseo de no estar solos.

Pero sus palabras, como semillas arrojadas sobre roca, sólo provocaron desdén. “¿De qué valen tus verdades, sino para amargar el vino de nuestras ilusiones?”, preguntó una voz amarga como el otoño. El Despierto, comprendiendo la inutilidad de la siembra sobre tierra infértil, recogió sus palabras y continuó caminando; a cada paso, el jardín cambiaba y se hacía más irreal, como si se desvaneciera en la fiebre de una mente agotada.

Aquella noche, los buscadores celebraron. Bebieron el vino espeso del olvido, danzaron en torno al puente como si su existencia dependiera de ese rito ancestral. No sabían, o no querían saber, que cada gota que caía en el río alimentaba no el curso del agua, sino a una serpiente sin nombre que dormía bajo los cimientos. Cada goce, cada carcajada hueca, era sólo pasto para esa angustia antigua e insaciable.

Con el paso de las eras, el jardín se fue haciendo más retorcido y oscuro. Los moradores multiplicaron sus sendas, levantaron relojes en cada recodo para medir el tiempo que nadie recordaba. Temiendo al silencio y a la pausa, llenaron el aire de palabras, llenaron la vida de ritos; los relojes devoraban a sus dueños tan calladamente como la serpiente devoraba el vino.

Un día, un niño nació en el jardín. Nadie supo de dónde había llegado. Tenía la costumbre de mirar todo sin temor, de preguntar sin cesar por qué los mayores jamás salían del círculo. El niño, por juego, se acercó al puente al alba: notó que el río era un espejo, y en él, el jardín era infinito y vacío. Cuando regresó, quiso contar a los demás su descubrimiento, pero sólo encontró a seres cansados, con ojos cubiertos de escamas, esperando la próxima danza, el próximo olvido.

El niño dudó un instante. Miró a la criatura desgarbada—al Despierto—viendo su soledad como corona y condena, y en su silencio vio toda la verdad y todo el dolor de la existencia. Entonces comprendió: el jardín es la historia interminable del hombre que busca sentido donde sólo hay el eco de sus propios pasos. El puente no conduce a ningún lugar sino a la certeza del abismo propio, y la serpiente debajo del río era sólo el hambre insaciable de sentido que devora al hombre cuando éste decide no mirarse honestamente.

Esa noche, el niño volvió al río y habló con la serpiente; no huyó de su mordedura. Por primera vez, el amanecer iluminó el jardín, revelando que era solo un espejismo tejido por la voluntad de no despertar. Los moradores despertaron solo un instante, sintieron el peso abrumador de la libertad y en ese breve resplandor, algunos eligieron saltar al abismo del despertar; otros corrieron a cerrar los ojos y bailar de nuevo, ansiando la dulce melodía del olvido.

Y así, el jardín permanece; para cada nuevo buscador, se reinventa, nutrido por el deseo y la negación. Quien cruce el puente, en algún albor inequívoco, elegirá entre el vértigo de su verdad o la eterna fiesta de los ignorantes. Porque nada hay más terrorífico ni más delicioso que saberse solo en el universo: único creador y destrucción de su propio sentido.

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