Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Novela romántica Antes del amor
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Portada del relato El eco de los pasos
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Una tarde cualquiera decidió desviarse de la senda habitual, impulsado por un cansancio del que ni siquiera sospechaba el origen. Tomó una calle secundaria y, sorprendiendo a su propia sombra, llegó ante una ventana que, curiosamente, no reflejaba nada, como si fuera un portal sobre la ausencia. Sin esperanza de hallar algo concreto, se asomó y vio, en un mundo invertido, su propio salón, con sus libros alineados y una mujer que leía uno de ellos, la frente ladeada en gesto de concentración. No reconoció ese instante entre sus recuerdos. Sintió la tentación de gritarle, mas temió que la voz quebrara el cristal invisible entre ambos universos.

Duración: 04:26

El eco de los pasos
-a / +A

En algún lugar donde el tiempo no se deja medir, existía una ciudad cuyas casas tenían las mismas fachadas, como rostros reproducidos por una mano torpe que apenas distingue una emoción de otra. Cada mañana, los habitantes fingían olvidar el susurro de los sueños y salían a la calle con la esperanza de que el día se doblara mansamente sobre sí mismo, sin giros ni sorpresas.

El protagonista era un hombre sin atributos distinguidos, uno más entre los muchos. Caminaba con un sobrepeso de palabras no dichas y recordaba, difusamente, los años en que aún le asombraban las mismas cosas que ahora aceptaba maquinalmente: el rumor de los pasos en el pasillo, el vaho en los cristales, los saludos automáticos.

Una tarde cualquiera decidió desviarse de la senda habitual, impulsado por un cansancio del que ni siquiera sospechaba el origen. Tomó una calle secundaria y, sorprendiendo a su propia sombra, llegó ante una ventana que, curiosamente, no reflejaba nada, como si fuera un portal sobre la ausencia. Sin esperanza de hallar algo concreto, se asomó y vio, en un mundo invertido, su propio salón, con sus libros alineados y una mujer que leía uno de ellos, la frente ladeada en gesto de concentración. No reconoció ese instante entre sus recuerdos. Sintió la tentación de gritarle, mas temió que la voz quebrara el cristal invisible entre ambos universos.

Se giró, turbado, y encontró a su lado a un anciano que cuidaba unas plantas marchitas en una lata oxidada. El anciano no levantó la vista, pero pronunció en voz baja: "Hay ventanas para mirar y otras para ser mirado". La frase, pronunciada con una naturalidad que excluía el asombro, lo acompañó en el camino de regreso a su casa. Por días, las palabras se deslizaron como agua entre sus pensamientos, hasta que todo lo que alguna vez habitó su memoria parecía fluir en dirección a esa ventana: ¿por cuántos años había creído mirar sin ser observado? ¿Y si todo lo que había considerado privado no era más que el refinado juego de un observador externo, ausente y, sin embargo, omnipresente?

Los días siguientes se llenaron de una secreta inquietud. Notó que los demás habitantes, sus compañeros de costumbre, también empezaban a mirar de reojo a las ventanas, nunca directamente, como temiendo descubrir una cartografía oculta sobre las fachadas. No hubo rebelión, ni siquiera protesta; cada uno aceptó, con una resignación teñida de alivio, que la transparencia no era un derecho sino una condena mutua.

Se encontró entonces con una joven, distinta de las otras figuras perpetuamente anodinas. Llevaba un cuaderno de notas en el que, según confesó, anotaba los sueños de los vecinos y los pegaba en los postes de la plaza para que nadie creyera que aquellos fragmentos pertenecían solo a sí mismo. “El sueño compartido se pudre más despacio", le explicó con una sonrisa esquiva. Juntos recorrieron la ciudad buscando nuevas ventanas, escribiendo en silencio lo que nadie había osado mirar.

Una noche, mientras observaban el lento encender y apagar de las luces en los edificios, ella le pidió que cerrara los ojos y describiera la ciudad tal como la desearía, no como la veía. Dudó, balbuceó algunas palabras sin forma, hasta que reconoció su incapacidad: había olvidado imaginar porque nunca había dejado de observarse desde fuera, atrapado en la imagen que suponía devolvía la ventana.

La joven le entregó entonces una llave diminuta, imposible de insertar en cerradura alguna, y le dijo: “Esta abre la puerta que no podrás encontrar mientras busques con los ojos abiertos”. Se guardó la llave y se marchó, sin promesas ni despedida.

El hombre siguió viviendo en aquella ciudad donde las ventanas eran espejos de lo oculto y lo evidente. Algunos días buscaba la puerta prometida, recorriendo las calles en espiral, leyendo sueños ajenos en los postes. Otros días, simplemente se sentaba bajo una acacia junto al anciano de las plantas y miraba cómo las sombras crecían sobre la acera, sin atreverse nunca a utilizar la llave.

Así terminó por entender que la alegoría no era la historia de su búsqueda ni de la ciudad, sino la inútil persistencia de mirar tras los cristales, esperando encontrar el rostro que, desde el otro lado, ilumine la penumbra de sus propios secretos. Y quizás, comprendió, el secreto más profundo de los adultos es esa íntima complicidad con el misterio, ese fingimiento de saber mientras se aguarda, en el fondo, que una ventana devuelva no la respuesta, sino la caricia fría y muda de una pregunta intacta.

Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Novela romántica Antes del amor
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.