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Portada del relato El Jardín de los Espejos
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Duración: 05:52

El Jardín de los Espejos
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En los días en que las estaciones no se reconocían en los frutos ni en las hojas, y la luz fluctuaba con indecisión entre la madrugada y el ocaso, hubo una villa edificada sobre las laderas de una colina olvidada por los mapas, donde los hombres y las mujeres vivían entre reliquias y murmullos. No poseían relojes ni campanas; el tiempo lo medían por la largura de las sombras y por el grosor de las telarañas en las esquinas de sus salones. Era, dicen, un lugar consagrado a ese silencio pesado como losas, el silencio que sólo acompaña a quienes se han acostumbrado a mirar hacia adentro más que hacia afuera.

En el centro de la villa se alzaba una casa que, aunque semejaba a las de sus vecinos, parecía haberse construido no tanto de ladrillos o maderas como de una materia más tenue, como si el aire mismo hubiese decidido densificarse y asumir la apariencia de una morada. Nadie recordaba a los primeros habitantes de esa casa; algunos suponían que había nacido ya habitada, que no había conocido nunca el vacío. Sus ventanas, oscurecidas y polvorientas, mantenían siempre el mismo resplandor ambarino en el crepúsculo, un halo que inspiraba respeto y alarma entre quienes pasaban junto a ella.

Decían que el dueño de la casa era un hombre tan anciano que hasta sus recuerdos se habían vuelto frágiles. Se le veía poco, y apenas en las mañanas brumosas, cuando salía al zaguán, inclinaba levemente la cabeza a los transeúntes –sin mirarlos jamás a los ojos– y regresaba al interior, apenas dejando una estela de perfume indefinible, a medias dulzona, a medias fría y agria.

Cierto día, llegó a la villa una mujer procedente de alguna comarca lejana, que al parecer, había olvidado también su propósito. Caminaba con la quietud elástica de un felino, observando con ojos demasiado lúcidos para el ambiente somnoliento del lugar, y preguntaba por los senderos en dirección a la casa peculiar. Fue recibida con ese recelo propio de comunidades cerradas, pero la mujer, con un gesto de quien ve más allá de lo visible, sonrió y siguió su paso hasta la puerta traslúcida de la mansión.

Al tocar la aldaba, sintió una vibración que le habló en palabras sin sonidos, invitándola a cruzar el umbral. Dentro, descubrió un vasto vestíbulo repleto de espejos, dispuestos de tal modo que ningún reflejo era completo, ni simétrico, ni verdadero. Vio su rostro fragmentado en mil ángulos y comprendió que estaba siendo juzgada por su propia imagen dispersa, por todos los aspectos de sí que jamás hubiese querido mirar. Unos instantes pensó retroceder, pero la puerta ya había desaparecido a su espalda. El aire se ondulaba como agua y desde algún recodo oculto, la sombra del anciano se proyectaba, extendiéndose lentamente hacia ella.

En voz baja, él le habló: “Bienvenida a la sala donde las cosas aparecen tal como son, una vez que han dejado de ser como parecen. Aquí podrás quedarte cuanto gustes –pero cada verdad que recojas aquí será, ineludiblemente, tuya para siempre.”

La mujer visitó una estancia tras otra, cada una poblada por figuras imposibles de catalogar: libros sin letras, relojes sin manecillas, estatuas que cambiaban de postura según cómo se las mirara. Había puertas diminutas demasiado pequeñas para ser cruzadas, y ventanas demasiado altas para ver a través de ellas. Pronto comprendió que cada objeto era el símbolo de una historia no dicha, cada rincón una bifurcación de destinos. Lo que sobraría para unos, era carencia para otros. Se preguntó entonces si podría desear algún final, y por primera vez, sintió el peso de todas aquellas vidas no vividas condensándose en su pecho.

El anciano la condujo al invernadero, un jardín silente poblado de flores de cristal y árboles cuyos frutos eran corazones palpitantes; al pisar la tierra, el rumor de pasos antiguos llenó sus oídos y cayó en una especie de ensueño, donde toda la villa se reflejaba infinitamente en los umbrales de la casa. “Este lugar es el eco de tus elecciones”, murmuró el anciano. “Cada sendero que no tomaste, cada palabra que no dijiste, cada gesto contenido, cristaliza aquí, alimentando el jardín que nunca verás crecer en el mundo de afuera.”

La mujer sintió la tentación de recoger uno de aquellos frutos aún palpitantes, pero al tocarlo, una voz dentro de su mente le susurró todos los secretos que había guardado, todos los deseos reprimidos, los miedos acallados y las verdades que había dejado cuajar sin dolor ni gloria. Comprendió entonces que la vida, como ese jardín, estaba tejida de todo aquello que había dejado de ser y también de lo que nunca tuvo el valor de llegar a ser.

Absorta, comprendió que aquello no era tanto una condena como una oportunidad: podía salir, podría quedarse, podría perderse y hallarse entre aquellas salas, podría buscar y quizá encontrar la última puerta, el último espejo donde ya no se viera reflejada, sino que atravesara la superficie y emergiera limpia al otro lado.

Volvió sobre sus pasos, cruzando de nuevo las salas de imágenes dispersas, de recuerdos evadidos y promesas ahogadas. Y en cada espejo, en cada ventana, en cada umbral, agradeció con una reverencia grotesca y bella, como agradecen los que han logrado reconciliarse con su propia sombra. Finalmente, en lo más recóndito de la casa, descubrió una pequeña rendija bajo la escalera. Era la única senda que jamás hubiese considerado tomar; sin embargo, de pronto, era el único camino posible.

Afuera, la villa seguía tendida bajo la luz indecisa. Nadie supo nunca si la mujer se marchó, si simplemente se volvió invisible a los ojos de quienes no pueden mirar más allá de sus párpados. Sólo se dice que, de vez en cuando, en las noches en que ni la luna ni el aire se atreven a moverse, aparece una figura tras la ventana ambarina de la casa, y que desde entonces, los caminos de la colina parecen multiplicarse y perderse en sí mismos. Porque en verdad, todo quien haya mirado de frente el núcleo de su propio laberinto, nunca regresa al mundo exactamente igual.

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