Fragmento:
Dentro, el silencio era minucioso. Sólo se oía el latido de su propio corazón, un tambor desafinado. A cada paso, esperaba tropezar con paredes, pero los límites retrocedían ante su avance; la montaña, que desde fuera parecía pétrea e implacable, era sólo una membrana: límites, pero no barreras. A medida que avanzaba, empezó a escuchar ecos. Primero sus propios pasos, luego los ecos de palabras no pronunciadas, recuerdos y ansias que no recordaba haber sentido. Voces llenaban la caverna, voces de aquellos que no habían atrevido a entrar y cuyas frustraciones, esperanzas y resentimientos flotaban, ligeros como humo, en la penumbra.
Duración: 04:36
En la región donde el horizonte es un ceño plomizo y las nubes se recortan con la precisión de una navaja desafilada, se yergue una montaña. No es más alta ni más escarpada que otras; su lomo árido no atrae sino a las cabras más testarudas. Sin embargo, todos aquellos que caminan bajo su sombra sienten una incomodidad inexplicable, como si el aire fuera más denso y se depositara sobre la lengua un sabor a hierro oxidado. Los campesinos, que nunca se permiten la frivolidad del asombro, la llaman la “Colina Vacía”; sólo los niños se atreven a sugerir, casi en susurros, que la montaña está hueca.
Hay una puerta, por supuesto. Jamás falta una puerta cuando se trata de enigmas. Nadie recuerda cuándo se formó en la roca aquel arco, si fue voluntad de alguna bestia inquieta del subsuelo o el resultado de una grieta que el invierno, con su rencor, desgarró. Los aldeanos incluso han llegado a incorporarla en la rutina de sus caminatas: la bordean sin mirar o le lanzan piedras cuando el calor adormece sus carreras. Se ha convertido en un rasgo más del paisaje, como un lunar en el antebrazo. Y, sin embargo, jamás la cruzan.
Una noche, un hombre de la aldea –algunos decían que era poeta, otros sólo borracho– regresaba a su casa cuando la niebla ahogó el último sendero. Tropezó, maldijo, y allí, ante la piedra, vio la puerta. Pero no era la misma: bajo el titilar de la luna, parecía abrirse hacia una profundidad imposible, un abismo de negrura que absorbía el débil murmullo del mundo. El hombre, cuya vida había sido la trayectoria de un guijarro cayendo en la corriente, dudó, pero la duda es el susurro insistente de la libertad, así que se adentró.
Dentro, el silencio era minucioso. Sólo se oía el latido de su propio corazón, un tambor desafinado. A cada paso, esperaba tropezar con paredes, pero los límites retrocedían ante su avance; la montaña, que desde fuera parecía pétrea e implacable, era sólo una membrana: límites, pero no barreras. A medida que avanzaba, empezó a escuchar ecos. Primero sus propios pasos, luego los ecos de palabras no pronunciadas, recuerdos y ansias que no recordaba haber sentido. Voces llenaban la caverna, voces de aquellos que no habían atrevido a entrar y cuyas frustraciones, esperanzas y resentimientos flotaban, ligeros como humo, en la penumbra.
Fue entonces cuando comprendió: la montaña estaba hueca porque así estaban quienes la rodeaban. En aquel espacio vacío, la esencia de la aldea, hecha de conformismo, miedo y deseo reprimido, se acumulaba y resonaba, creciendo hasta formar un océano invisible. Afuera, cada hombre y mujer caminaba como una roca cerrada; dentro, sus vacíos individuales se congregaban, expandiéndose hasta ocuparlo todo. El hombre sintió en su pecho el vértigo de la revelación y temió que ese hueco pudiera tragárselo. Pero no lo hizo. En cambio, el eco de sus propios pensamientos comenzó a retornar, amplificado y transformado, mezclado con los de sus semejantes. Ya no estaba solo, ni realmente acompañado. Era, simplemente, uno más de los ecos.
El hombre emergió al alba, con la piel frío y el alma despeinada. Pero algo había cambiado: ahora podía escuchar los huecos de los otros, los silencios pesados, los deseos no osados, como si una membrana invisible se hubiera roto entre su oído y el mundo. La vida en la aldea continuó, la montaña siguió allí, inexplicablemente liviana. El hombre había aprendido que la verdadera montaña no era la de piedra, sino el hueco que los hombres llevan consigo y que, a veces, susurra más fuerte que cualquier roca.
A partir de ese día, el hombre dejó de temerle a la puerta. Comprendió que todos, en algún momento, atravesamos una montaña hueca: el trabajo repetitivo, el matrimonio que ya no es diálogo sino rutina, la mirada de unos hijos que se escapan. No hay paredes, no hay monstruos. Sólo vacío, resonando con el eco de lo que no nos atrevimos a ser.
Cierta noche, el hombre, viejo ya, sintió que el hueco dentro de sí demandaba un último eco. Se dirigió a la puerta como quien acepta el abrazo de una sombra amistosa. Lo vieron entrar y nunca salir. Algunas mañanas, cuando el sol es débil y la bruma se niega a disipar, los niños aseguran que resuena en la montaña la risa de un hombre que, al fin, se atrevió a llenar con su propio eco el vacío de todos. Y los adultos, por un instante, callan y escuchan.
Nada hay más hueco que una montaña colmada de secretos; nada más pesado que el vacío de los hombres que no se atreven a escuchar sus propios ecos.
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