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Portada del relato La Sala de las Sombras
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Fragmento:


Llegó a la terraza ritual cuando la neblina era todavía más densa, blanca y clemente, separándolo de la urbe allí abajo, ahora ya irrelevante. Se sentó ante una piedra redonda y pulida por siglos de contempladores, y cerró los ojos. Mientras el cuerpo cedía a la inmovilidad, la mente incomenzó su danza: una procesión de pensamientos, memorias profundas y anhelos reprimidos desfilaron ante sus sentidos. Gustav sintió, primero, que la ciudad se desvanecía; después, que las regiones de su propio corazón quedaban expuestas como un mapa sin velos, y que la montaña era ahora su único interlocutor.

Duración: 05:24

La Sala de las Sombras
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Había una ciudad, erigida en la ladera de una montaña cuya cima permanecía perpetuamente envuelta en nubes salobres. Sus habitantes jamás habían visto la cúspide; los ancianos decían que era invisible para quienes hubiesen consentido en mirar siempre al suelo para no tropezar. Las casas, estrechas y macizas, estaban pintadas en tonos ocres y gris azulado, y toda la vida pasaba a un ritmo lento, ceremonioso, dictado por una campana que tañía cada hora envuelta en un sonido que parecía más bien la respiración de algún titán dormido bajo la piedra.

A pesar de la aparente calma, reinaba en la ciudad una sorda inquietud: todos sabían, aunque nadie hablaba jamás de ello, que la montaña exigía un tributo. No se trataba de bienes materiales ni de sacrificios humanos; no había pruebas visibles ni ley alguna escrita sobre piedra o pergamino. Sin embargo, cada veinte años, al llegar el solsticio de invierno, una delegación debía ascender por la senda que conducía a la primera terraza del monte, para entregarse a lo que llamaban la Contemplación. Nadie hablaba jamás de lo que ocurría durante ese trance que se prolongaba durante siete días y siete noches. Aquellos que volvían lo hacían distintos: menos audaces, más sabios, pero con una mirada hueca.

Esa vez era el turno de Gustav. Había cumplido cincuenta y tres años y asumía, como todos antes que él, la responsabilidad como un destino inevitable. No tenía hijos y su único pariente, una hermana de genio ansioso, lo despidió con resignación fingida. Gustav subió la senda en la madrugada; la campana aún no había anunciado el alba. El frío de la mañana le calaba el alma, pero sabía, por rumor de los viejos, que lo peor era el silencio, ese silencio espeso que solo la soledad de la montaña sabía ofrendar.

Llegó a la terraza ritual cuando la neblina era todavía más densa, blanca y clemente, separándolo de la urbe allí abajo, ahora ya irrelevante. Se sentó ante una piedra redonda y pulida por siglos de contempladores, y cerró los ojos. Mientras el cuerpo cedía a la inmovilidad, la mente incomenzó su danza: una procesión de pensamientos, memorias profundas y anhelos reprimidos desfilaron ante sus sentidos. Gustav sintió, primero, que la ciudad se desvanecía; después, que las regiones de su propio corazón quedaban expuestas como un mapa sin velos, y que la montaña era ahora su único interlocutor.

Durante el segundo día, empezó a escuchar voces. No era la locura, sino el murmullo ancestral del monte, o quizás de los muchos que lo precedieron. Las voces le preguntaron por su vida: ¿Por qué habías callado ante la injusticia?, ¿por qué doblaste la cerviz cuando se reclamaba la firmeza? Cada pregunta era una piedra en el pecho, un agua fría en la frente. Gustav trató de justificar sus acciones, mas la montaña no aceptaba mentiras. Así, en la aspereza del autoexamen, Gustav comenzó a entender su papel en la urdimbre de las cosas.

En el cuarto día, aparecieron las sombras. Ya no eran ni el frío ni la soledad sus torturadores, sino figuras oscuras, a veces con su propio rostro, a veces con el de la gente amada o despreciada en el tiempo. Cada sombra representaba una decisión postergada, un valor negado, un acto de amor omitido por cobardía o puro cansancio. Gustav, inútilmente, trataba de abrazar algunas, de rechazar otras, pero todas lo atravesaban hasta envolverlo en un abrazo amargo. Supo, entonces, que la montaña no cazaba cuerpos; cazaba renuncias.

La noche anterior al fin de la contemplación, Gustav vio, en la más densa oscuridad de su espíritu, la sala secreta en la que cada vida se encuentra consigo misma. No había luz ni mobiliario, solo el eco de las preguntas antiguas: ¿Quién eres cuando nadie observa? ¿Qué sostienes cuando tu única audiencia es el silencio? Allí Gustav vio, proyectados en la pared desnuda, los actos de coraje de su juventud, pequeños y casi ridículos; vio también sus traiciones, sus hermosos sueños mutilados por la fatiga de los años. Comprendió finalmente que el tributo exigido por la montaña era el reconocimiento lúcido de la propia sombra, el acto casi insoportable de mirarse completo, sin excusas, allí donde nadie puede socorrerte.

El séptimo día, cuando la campana retumbó en la lejanía, Gustav descendió lentamente a la ciudad. En su rostro no había amargura ni júbilo, solo una serena aceptación. Sus vecinos lo rodearon en silencio, con respeto, sabiendo que algo profundo había cambiado, aunque jamás podrían comprenderlo de palabra. Aquella noche, Gustav soñó con la montaña: ahora la cima, incluso en la vigilia, parecía más cercana, menos hostil.

La ciudad prosiguió su vida, y otros ocuparon su turno en la senda del tributo. Pero el rumor de Gustav, que había aprendido en la soledad a mirar en la profundidad de la propia sombra sin derrumbarse, inspiró a unos pocos a buscar esa misma cima, no con los ojos, sino con la totalidad de su ser.

Quizás, entre las nubes densas y el silencio inexorable, aguardaba sólo aquello que los hombres eran capaces de soportar ver de sí mismos. Y la montaña, paciente y eterna, flotaba sobre ellos, esperando el día en que ya no quedasen tributarios, sino únicamente seres dispuestos a reconocerse, completos y vulnerables, ante su propio abismo.

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