Fragmento:
Entre ellos, ese viernes llegó un extraño, a lomos de un caballo ensillado a desgana, el sombrero bajo y la mirada dura. Sólo le prestaron atención unas pocas figuras, desperdigadas entre las mesas, y la camarera de gestos cansados que limpiaba un vaso con más esperanza que eficacia. Nadie preguntó su nombre, pero todos comprendieron que era de esos hombres que arrastran un secreto como herida abierta y buscan la redención en el whisky barato. Entró despacio, dejándose observar, y pidió una botella sin pronunciar palabra. Ni siquiera el pianista se atrevió a mirar.
Duración: 04:32
Las nubes recorrían el horizonte como bestias oscuras, extendiéndose sobre los llanos áridos del noroeste de Arizona, y el viento traía consigo el seco lamento de la arena. Bajo el firmamento enrojecido, el saloon de Burnt Hollow se erguía como un púlpito silencioso, las ventanas repletas de un polvo que jamás se quitaba. Era el tipo de tarde en que los coyotes aullaban desde lejos, sin acercarse demasiado, incluso ellos prudentes ante el calor y los hombres que vivían de la violencia y la soledad. Nadie de buen juicio buscaba refugio aquí, pero los que no lo tenían, acudían como polillas a una lámpara oscura, ansiosos por quemarse o, si tenían suerte, por empezar de nuevo.
Entre ellos, ese viernes llegó un extraño, a lomos de un caballo ensillado a desgana, el sombrero bajo y la mirada dura. Sólo le prestaron atención unas pocas figuras, desperdigadas entre las mesas, y la camarera de gestos cansados que limpiaba un vaso con más esperanza que eficacia. Nadie preguntó su nombre, pero todos comprendieron que era de esos hombres que arrastran un secreto como herida abierta y buscan la redención en el whisky barato. Entró despacio, dejándose observar, y pidió una botella sin pronunciar palabra. Ni siquiera el pianista se atrevió a mirar.
La noche se instaló densa y calurosa. Afuera, los grillos desafiaban a la muerte con su canto, ajenos a la tensión sorda que palpitaba entre maderas crujientes y paredes mal pintadas. Un par de jugadores de póker lanzaban miradas rápidas, como si temieran que el forastero pudiera leerles las cartas. La camarera dejó la botella sobre la barra, rozándole los nudillos cuando cobró la moneda de plata, y le clavó la mirada de quien ha visto demasiados hombres desmoronarse en el alcohol o la pasión.
Pasó menos de una hora antes de que el silencio se rompiera. Tres jóvenes rancheros, arrogantes en la juventud y el tequila, entraron entre carcajadas. Ninguno superaba los veinticinco años, pero todos llevaban pistolas y buscaban una excusa para sacarlas. El mayor, rubio y pecoso, enfocó al forastero con sonrisa torcida. "No hemos visto tu cara por aquí antes, amigo", dijo. El forastero no contestó, sólo bebió un trago y siguió observando la botella casi vacía.
“¿No eres hablador? Bueno, igual sólo necesitas otra ronda”, insistió el rubio, empujando la mesa y haciendo que la botella se tambaleara. El forastero levantó la vista lentamente. Había en su mirada frío de invierno, de esos que nadie en Burnt Hollow había conocido jamás. “A veces, hablar más es morir antes”, murmuró, y su voz era como arena rasposa.
La tensión se volvió tangible, casi visible, como vapor saliendo del suelo abrasado. El segundo ranchero, ansioso de espectáculo, se adelantó y se mofó de los harapos del forastero, de la cicatriz que cruzaba su ceja, de la tristeza pesada que llevaba en los hombros. El forastero no se inmutó. Sólo cuando el más joven de los tres tropieza con su silla, se pone de pie y acerca una mano a la culata, la noche entera contenida en un suspiro.
Todo sucede en menos de un parpadeo. El forastero gira la muñeca y la pistola surge de ninguna parte, tan rápida y letal como un latigazo. Un disparo, seco como una sentencia. El más joven cae, un agujero oscuro manando entre los pliegues de la camisa. Los otros dos quedan helados. Los naipes caen, el pianista deja de tocar. Nadie grita: aquí están acostumbrados al eco de la muerte.
El forastero termina su trago, guarda el revolver y sale sin mirar atrás, mientras la sangre humedece la madera agrietada. Afuera, la tormenta finalmente descarga su furia, el cielo partiendo la noche en dos con tambores de trueno y relámpagos lejanos. Monta despacio, consciente del peso del acto y de la memoria. Nadie sale tras él; Burnt Hollow ya ha perdido suficientes hijos esa semana.
Cabalga bajo la lluvia, los relinchos de su caballo ocultos por los truenos, y piensa en otros pueblos, en otros nombres, en el amor perdido bajo una lápida sin fecha. Piensa que la muerte nunca busca a los valientes, sino a los cansados, y que el único pecado que no se perdona en el oeste es el de sobrevivir a otro hombre que no podía evitarlo.
Cuando la mañana llega, sólo quedan charcos de sangre y de agua en el saloon. Alguien enterrará al chico, alguien jurará venganza o silencio. El forastero se pierde hacia el horizonte, una mancha más allá de la línea dorada, sabiendo que los recuerdos le alcanzarán, tarde o temprano, como el sol alcanza a la sombra, y nadie puede cabalgar toda la vida huyendo de sí mismo.
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