Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Edición limitada de la novela Anatema.
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Novela El calendario del amor
Powerless (edición especial limitada)
Portada del relato Sombras en Rua da Bica
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Fragmento:


Había terminado el turno nocturno en el restaurante – otra vez platos, otra vez pescado y vino derramado – y, aún sin quitarse la camisa, había sentido la urgencia de caminar por la ciudad antes de volver a casa. En sus manos los nudillos eran motitas blancas, manchas de jabón industrial, pero también de años malgastados. Lisboa lo había visto crecer, como se ve crecer la hiedra o la herrumbre en las verjas. Sabía cada recodo, cada esquina donde el silencio se volvía apretado. A veces pensaba que las piedras mismas lo reconocían. Él les devolvía el saludo con una punzada de resignación.

Duración: 10:46

Sombras en Rua da Bica
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Cuando Mário cerró la puerta y bajó los tres escalones que separaban el zaguán del adoquinado, Lisboa aún dormía bajo una gasa de neblina filtrada por los faroles amarillos. Era temprano incluso para los gatos, y la calle Rua da Bica, silenciosa y expectante, parecía una maqueta montada para un sueño disperso. El tranvía, allá arriba, vibró con un traqueteo breve, y Mário asintió para sí: el primer carro de la mañana ya trepaba las venas empinadas de la ciudad.

La decisión había madurado en su pecho durante semanas, como la humedad en los muros centenarios de su pequeño apartamento. Cada escalón de aquel barrio era un recordatorio de las cosas que nunca había dicho. Allí su juventud había compartido esquina con la vejez anticipada por la pobreza, los trabajos apurados, el roce constante de cuerpos en calles angostas. Quizá fue ese roce incesante de recuerdos lo que lo llevó, casi sin darse cuenta, hasta la pequeña cabina amarilla y madera del funicular.

Había terminado el turno nocturno en el restaurante – otra vez platos, otra vez pescado y vino derramado – y, aún sin quitarse la camisa, había sentido la urgencia de caminar por la ciudad antes de volver a casa. En sus manos los nudillos eran motitas blancas, manchas de jabón industrial, pero también de años malgastados. Lisboa lo había visto crecer, como se ve crecer la hiedra o la herrumbre en las verjas. Sabía cada recodo, cada esquina donde el silencio se volvía apretado. A veces pensaba que las piedras mismas lo reconocían. Él les devolvía el saludo con una punzada de resignación.

El funicular de la Bica es, para quien lo mira desde fuera, casi un elemento decorativo. Como si la ciudad necesitase recordarse a sí misma que es antigua y obstinada, que sube y baja no solo su geografía sino sus historias. Pero para algunos, como Mário, aquel pequeño viaje, breve y chirriante, era toda la épica que le quedaba a una jornada. El gesto de entrar, de sentarse sin mirar a nadie, de marcar el billete, era como encender un ritual.

La mañana en que empezó este relato, una vieja sentada en la parada bajó su bolso al verlo llegar. Era Doña Graça, que vendía lotería cerca del muelle. A Mário siempre le sorprendía su constancia, sus palabras justas, como si escogerlas fuera parte de su dignidad cotidiana. Se saludaron con una inclinación casi militar. Nada más, por consideración a la hora y la prudencia. Había una complicidad tácita entre quienes viajan temprano: un acuerdo tácito de no romper el hechizo de la ciudad todavía a medio despertar.

Mário subió al funicular justo cuando despuntaba el día. El interior olía a polvo antiguo y a esperanza, esa mezcla extraña que da la certeza de un día más, aunque todos se parezcan entre sí. Frente a él, un tipo joven con gafas de montura gruesa hojeaba un cuaderno y escribía, absorto. A espaldas de todos, la ciudad echaba a andar, escupiendo a trompicones la luz entre las casas y los cables eléctricos. El funicular arrancó, las poleas gimieron, y Lisboa bajó o subió con ellos; nunca supo bien qué dirección prefería: si la derrota dulce de bajar o el esfuerzo exasperado de subir cada día.

Cuando llegaron a la parte alta, Doña Graça descendió sin mirar atrás. Mário se quedó un instante sentado, como si quisiera prolongar su trayecto. Pensó en quedarse una vuelta más, perderse entre la multitud que comenzaba a desperezarse, desaparecer en la monotonía de una mecánica mil veces repetida. Pero la inercia pudo más. Afuera, una cuadrilla de obreros gritaba instrucciones; uno de ellos, de brazos anchos y cara de niño, se volvió y le sonrió, como si lo reconociera. Mário bajó la cabeza antes de que pudieran cruzar palabra.

Anduvo sin rumbo y se dejó llevar por el laberinto de calles. Lisboa tiene la forma de una telaraña húmeda donde es fácil enredarse. En la plaza de Camões, el bullicio tímido del mercado lo devolvió al presente. Entró en la cafetería habitual y pidió un café fuerte y un pastel de nata. La camarera, joven y risueña, le preguntó si quería el café largo o corto. Mário optó por largo, evadiendo la inmediatez amarga de las cosas cortas, como si el sabor extendido de la bebida pudiera suavizarle el día.

Observó durante minutos la rutina minúscula del lugar: el tintinear de las tazas, las conversaciones atrapadas en murmullos, las manos robustas de las mujeres sirviendo con eficiencia resignada. Allí, entre los parroquianos, divisó a Inês. Sola en una mesa junto a la ventana, repasaba unas hojas impresas, con el ceño ligeramente fruncido. Hacía meses que no la veía. Mário sintió una nostalgia que le erizó el torso. Inês había sido, durante años, el faro inclemente de sus desvelos. Compartieron risas, discusiones y el amago de una alegría que siempre los traicionaba al amanecer.

Tomó su bebida con lentitud, tanteando decidir si saludar. Pero ella no levantó la vista, apenas ocasionalmente tomaba un sorbo de café y tachaba palabras en sus papeles. De repente, el Funicular chirrió nuevamente al iniciar su viaje pendular hacia la parte baja de la Bica. El sonido, inconfundible y persistente, le devolvió la sensación de tiempo suspendido entre la costumbre y la espera. En ese instante, casi por reflejo, imaginó cómo sería bajar y regresar a casa, dejarse vencer por la gravedad, abandonar el juego de equilibrios que suponía vivir.

Pero no se movió. La fuerza que lo anclaba al asiento era más incisiva que cualquier voluntad: los años, el cansancio, y la familiaridad creaban una inercia imposible de desafiar. Algo en la mirada de Inês, aunque invisible, le decía que nada había cambiado ni cambiaría. Ella levantó la vista por un instante, con ese gesto neutro de quien ha conocido la ternura y el rencor a partes iguales y ya no espera sorpresas. Fue suficiente para que Mário apurase el café y saliese a la calle.

Se echó a andar cuesta abajo, el adoquinado irregular bajo sus pies temblorosos. Un par de turistas fotografiaban el funicular, despreocupados del trajín cotidiano de quienes vivían allí. Para ellos, el viaje era postal; para Mário, rutina. Sentía el peso de todas esas imágenes superpuestas a su vida: la Lisboa de los folletos y la real, la del sudor, la de la incertidumbre. Siguió andando, sin un rumbo claro, sólo la gravitación de sus propios fantasmas empujándolo de aquí a allá.

De pronto, un grupo de trabajadores cargaba cajas apelotonadas en el camión. Uno de ellos, un joven moreno de mirada viva, le pidió fuego para un cigarrillo. Mário, que no fumaba desde hacía veinte años, buscó automáticamente en el bolsillo. Nada. Los ojos del joven destilaron desilusión y cordialidad al mismo tiempo. “Obrigado, tio”. No era un insulto, ni siquiera una observación. En Lisboa, “tio” es un guiño, una absolución. Mário se sintió mayor, reconoció en ese instante el paso irreversible del tiempo que no deja lugar a maniobras.

Para ahogar el eco de esa conciencia, bajó hasta la Ribeira. El río era una lengua grisácea bajo la niebla. Se sentó en un banco, mirando el agua y las gaviotas. Un mendigo pasó silbando una melodía descompuesta, los restos de un bolero improvisado. El disfraz del día era la cotidianidad vista de cerca: la tristeza en los ojos de quien no sueña, la ternura en manos que no esperan.

Entonces recordó el viaje de la mañana, el funicular y su ruido persistente. Se preguntó cuántas veces repetimos trayectos sin plantearnos la necesidad de llegar a ningún sitio diferente. Lisboa era, para los viejos como él, una momia hermosa que aprendimos a amar por costumbre. La nostalgia era el idioma oficial, y quienes no lo hablaban terminaban yéndose. Se preguntó si el joven del cigarrillo, la muchacha del café, siquiera sabían cuánto de sí mismos quedaría atrapado aquí, si vivirían arrastrando sensaciones sin nombre.

El viento del río trajo consigo el aroma de los cascos viejos y de los fritos entibiados en los puestos cercanos. La ciudad parecía desperezarse a regañadientes y, sin embargo, en cada cara, en cada saludo apenas murmurado, latía una promesa de rutina compartida. Eso era Lisboa para él, pensó Mário: una promesa enterrada bajo capas y capas de cansancio y supervivencia. Se volvió hacia el interior, subiendo nuevamente hacia las colinas.

El funicular, visto desde abajo, era apenas una silueta sobre los raíles relucientes. Mário dudó si subir otra vez, si darse el permiso de no ir a ningún sitio. Le tentó la idea. Cuando llegó a la parada, se topó con Doña Graça de nuevo. Ahora vendía cupones de lotería a un grupo de empleados del puerto. Al verlo, le guiñó el ojo. “Tal vez hoy sea tu día, Mário”. Él sonrió. No por la posibilidad de acertar, sino por el simple hecho de ser recordado, nombrado, integrado por un momento en el paisaje humano de la ciudad.

Compró un billete – la promesa inútil de la fortuna – y subió al funicular. Esta vez lo acompañaban dos escolares uniformados y una mujer con bolsas de la compra. El viaje le pareció más breve, o quizá solo fue el tiempo que retrocedió o avanzó sin avisar. Cerró los ojos por un instante y pensó en todas las cosas que había querido decir y nunca dijo: a su padre, la necesidad de ternura; a Inês, el miedo a quedarse solo. El funicular chirrió y subió, tejiendo el trayecto cotidiano de los sueños no realizados.

Cuando descendió, se mezcló con la muchedumbre que poco a poco inundaba el barrio. Ya no quedaban rastros de la neblina ni del silencio. Una lluvia fina comenzaba a caer y las piedras brillaban bajo las suelas. Lisboa ya estaba plenamente despierta, y Mário, por un momento, sintió que también lo estaba él. En la acera, el chico de las gafas gruesas de la mañana ahora discutía animadamente con una mujer, señalando páginas de su libreta. Doña Graça compartía dulces con otra anciana en el portal.

Mário se detuvo a mirar esa escena, consciente de su irrelevancia, de que la historia de la ciudad seguiría girando con o sin él. Sintió la tentación de entrar al bar y volver a intentarlo con Inês, o de cruzar la calle para hablar con el joven que buscaba fuego. Pero no lo hizo. Siguió caminando hacia su casa, subiendo a pie la cuesta, empapado por la llovizna y el cansancio, como si cada paso fuera una resistencia y una afirmación silenciosa.

En el rellano de su edificio, antes de entrar, escuchó por última vez el traqueteo del funicular. Pensó que tal vez mañana cambiaría algo. O quizás no. Quizás la verdadera épica estaba en seguir moviéndose, en encontrarse cada mañana con los mismos rostros, los mismos pasos, el mismo rumor de una ciudad que, como él mismo, avanzaba despacio, hacia ningún sitio, pero siempre en movimiento.

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