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Portada del relato Los Jardineros de los Siglos
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Fragmento:


Madeline Hinton, cuyo apellido ya figuraba en la escueta mitología científica, aguardaba en el salón central con un bolsón pesado de instrumentos y tres hojas de instrucciones escritas a mano. Siempre se decía que los viajes temporales podían reunirnos con aquello que nunca vivimos. Por eso, Madeline había aceptado su destino: ir al 2043, a un mundo que apenas recordaba por relatos fragmentarios, cuando la penumbra de las ciudades se aligeraba antes de la gran retroceso climático, antes que las aguas consumieran las últimas fronteras.

Duración: 04:49

Los Jardineros de los Siglos
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Era el undécimo invierno desde que se abriera el paso —o el desgarro, según los físicos más inclinados al drama—. Las rutas temporales se ramificaban desde la vieja estación de Mireille, una estructura circular de vigas oxidadas y cristales lechosos habitada por tantos fantasmas como viajeros. Cuando la disciplina aún era joven, los crononautas sellaban sus misiones con secreto y nostalgia; ahora, el viaje se había vuelto un lento oficio, una manera de enfrentar el peso del presente.

Madeline Hinton, cuyo apellido ya figuraba en la escueta mitología científica, aguardaba en el salón central con un bolsón pesado de instrumentos y tres hojas de instrucciones escritas a mano. Siempre se decía que los viajes temporales podían reunirnos con aquello que nunca vivimos. Por eso, Madeline había aceptado su destino: ir al 2043, a un mundo que apenas recordaba por relatos fragmentarios, cuando la penumbra de las ciudades se aligeraba antes de la gran retroceso climático, antes que las aguas consumieran las últimas fronteras.

El procedimiento seguía siendo brutal. El cuerpo era desintegrado a nivel molecular y reconstituido al final de la línea, insuflándole las memorias justas, borrando las irrelevantes. Nadie volvía realmente el mismo. Lo sabían, lo temían, pero nunca lo admitían en voz alta.

Cuando abrió los ojos en el 2043, Madeline se encontró en una playa anónima, empañada por nieblas eléctricas. Las estructuras de la estación de llegada parecían erigidas por una civilización más cansada, barnizada por el salitre y la resignación. Había algo extraño en la textura del aire, como una sinfonía de partículas vibrando justo fuera del espectro audible. Allí la esperaba Lucien, miembro de los Jardineros —los guardianes oficiosos de las líneas temporales.

Lucien la saludó con una sonrisa pálida. “Puedes caminar por la orilla hasta que sientas la discordancia”, le dijo. “Aquí el suelo todavía recuerda lo que será, y olvida lo que ya no fue.” El enigma era típico de quienes vivían entre las fisuras del tiempo. Madeline dejó sus huellas en la arena, sintiendo cómo cada paso reverberaba con una leve resistencia. ¿Quiénes son ustedes, preguntó. “No tenemos nombre propio”, respondió Lucien. “Nosotros podamos las ramas muertas de la historia. Cada anomalía, cada salto, crea posibilidades. Debemos elegir cuáles dejar crecer.”

La misión de Madeline era sencilla en apariencia: localizar a un hombre llamado Calvin, portador de una mutación genética crucial para los sobrevivientes del colapso climático. No debía intervenir, solo presenciar el cruce de dos linajes en una casa cercana. Sin embargo, la tentación del cambio era el veneno íntimo de cada crononauta. Buscando en las calles semidesiertas, vio la ciudad exhausta de futuro, plagada de anuncios desvaídos, niños jugando en charcos de aguas ácidas, rostros que no pertenecían a los recuerdos que tenía almacenados.

Encontró la casa tras dos días. Dentro, Calvin conversaba con una mujer de facciones suaves y ojos rotos por la esperanza. El simple encuentro bastaría para encauzar una generación de supervivientes. Madeline, contra toda lógica, tocó la puerta, arrastrada por la soledad de saberse borrada en su viaje. “No debes entrar”, murmuró Lucien por el comunicador implantado. Pero el vértigo del tiempo la empujó.

El interior olía a polvo y granos de café frío. Calvin la miró como si la esperara. “No puedes cambiarme”, dijo sin rencor. “Ya has estado aquí antes.” Madeline sintió un escalofrío. “No, esta vez será distinto.” Le entregó un fragmento de papel, una fórmula escrita con tinta tambaleante, los nombres de los descendientes que aseguraría la redención de la línea más vulnerable.

En ese momento, la playa —y toda la orilla del tiempo— titiló. La estación-temporal de Mireille apareció en un instante detrás de los ventanales. Madeline supo lo que significaba: su huella había sido demasiado profunda. Lucien apareció a su lado, esta vez envejecido. “No podemos hacerlo siempre bien”, dijo. “Pero cada error es otra bifurcación que aprendemos a cuidar.”

Los regresos nunca eran completos. En su propio presente, Madeline notó que la estación ahora tenía tres plataformas en lugar de dos. Fotografías en las paredes mostraban una familia que no reconocía, pero que sentía parte de su pecho. Entendió —al menos por un momento— que los viajes en el tiempo no eran una réplica exacta, sino un jardín ensombrecido por posibilidades, donde las sombras de cada elección tejían el tapiz del mundo.

Al cerrar los ojos, supo que regresaría. Porque incluso los jardineros vuelven a sus ramales, no por control, sino por amor a lo que alguna vez pudo haber sido. Porque cada viajero encuentra, en la maraña de sus huellas, el reflejo secreto de su destino.

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