Fragmento:
Las primeras oscilaciones le arrancaron la piel del tiempo. No sintió mareo ni sufrimiento agudo, sino una expansión inexplicable, como si una sola célula de su conciencia se hubiera multiplicado para abrazar eones enteros. En ese estado liminar, la frontera entre la memoria y la ficción se tornó porosa. Escuchó risas de su infancia entreveradas con la voz antinatural del acelerador, que ronroneaba cálculos a velocidades inhumanas. Más allá del aparato, Everett sintió la ciudad exhalando en dos tiempos distintos: la Caracas que conocía se plegaba sobre una más antigua, una que olía a caucho y a promesa.
Duración: 04:44
Era la medianoche cuando Everett Alencar encendió, por última vez, el brillante anillo de cobre que rodeaba el acelerador en su laboratorio clandestino. Había pasado ocho años en la penumbra de una ciudad que nunca dormía, pero que tampoco acababa de despertar; Caracas, 2147, era una amalgama de promesas rotas y milagros tecnológicos. Encima del estruendo de la luz eléctrica y el zumbido de las torres de condensación, Everett tejió un propósito que era a la vez su condena y su única esperanza: enfrentarse al dios oculto en el vértice del Tiempo.
La máquina era un monstruo discreto, apenas visible entre los anaqueles de plomo y el polvo atómico que se acumulaba en las escamas de luz. A diferencia de los primeros pioneros, que soñaron con portales resplandecientes y pasajes de cristal, Everett conocía la violencia íntima del proceso: los cuerpos humanos no están hechos para abandonar la coherencia; el pasado y el futuro, esas quimeras, tienden a masticar despacio a los viajeros obstinados. Pero él no estaba motivado por el desafío científico ni el espasmo del autodescubrimiento: buscaba restaurar una sola jornada, corregir una decisión que había condenado a la mujer a la que amaba, y con ella, tal vez, a la mismísima humanidad.
Las primeras oscilaciones le arrancaron la piel del tiempo. No sintió mareo ni sufrimiento agudo, sino una expansión inexplicable, como si una sola célula de su conciencia se hubiera multiplicado para abrazar eones enteros. En ese estado liminar, la frontera entre la memoria y la ficción se tornó porosa. Escuchó risas de su infancia entreveradas con la voz antinatural del acelerador, que ronroneaba cálculos a velocidades inhumanas. Más allá del aparato, Everett sintió la ciudad exhalando en dos tiempos distintos: la Caracas que conocía se plegaba sobre una más antigua, una que olía a caucho y a promesa.
Reapareció—si es que se puede llamar así al destello gris que lo arrojó de nuevo a la materia—en el año 2113. Reconoció el apartamento todavía sin quemar; reconoció a Lucia Viloria dormida en la penumbra tibia, ajena al daño todavía latente en los pliegues de su destino compartido. Por un instante cedió al deseo de caminar hacia ella, de pronunciar su nombre y advertirle, tal vez, del diseño insidioso que le habían tejido en el ministerio de información. Pero el precio de esa tentación era prohibitivo: la paradoja era tan insaciable como cruel. Everett se vio a sí mismo convertido en un ladrón de su propio amor, dispuesto a todo y a nada, prisionero por anticipado de sus decisiones.
Pero más allá de la voluntad individual, algo mayor lo acechaba. El Tiempo, ese río multiplicado, había aprendido a defenderse. En la esquina más oscura del apartamento, surgió la silueta translúcida de otro Everett, uno que no había resistido la tentación, uno que ya había hablado, ya había gritado, ya había sido testigo del naufragio privado y colectivo de la línea temporal. Al encontrarse, los dos Everetts intercambiaron un vistazo idéntico, a la vez compasivo y despiadado. Supieron con certeza que nadie regresa igual de un viaje así; que el Tiempo, en el mejor de los casos, concede simulacros de redención y, en el peor, condena varias veces a la misma persona a la misma pérdida.
Lucia se despertó. La luz fraccionada entre ambos Everetts la mantuvo en calma un instante, hasta que la habitación colapsó en una geometría imposible, y el futuro y el pasado forcejearon por la supremacía. Entonces, por fin, Everett entendió la verdad más sencilla y más feroz: el acto de cambiar el Tiempo, como el amor, no tiene regreso ni garantía, solo un eco interminable de deseos insatisfechos y realidades desgarradas.
Emergiendo del vórtice muchos minutos—o centurias—después, Everett encontró la ciudad irreconocible. Había traído consigo la marca invisible de los intocables: nunca encajaría entre los que creen que el mañana sigue detrás del amanecer. Caracas respiraba de nuevo, sí, pero ahora era una ciudad que debía convivir con la sombra de sus viajeros y con una certeza terrible: toda utopía tiene un precio, y a veces ese precio es el eterno retumbo de los pasos de quienes, por amor o por desesperación, se atreven a cruzar el umbral del Tiempo.
En la soledad total, Everett comprendió que quizás el único sentido del viaje era el testimonio; que debía dejar constancia para otros, para sí mismo, de la herida casi abstracta que dejó en el mundo. Con voz quebrada, y sin esperar jamás respuesta, comenzó a susurrar a las paredes renovadas de la ciudad: “Aquí, en cada rincón, viven todos los que alguna vez viajaron y todos los que nunca volverán.” Seguramente el Tiempo, ese dios ciego y generoso, lo escuchó. Tal vez le sonrió.
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