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Fragmento:


Mientras las lámparas antiguas dibujaban zonas de penumbra donde el temor reptaba, Leonard recordó por última vez el pacto tácito de los “Cronistas”, quienes sólo viajaban por estrictas razones científicas. Y sin embargo, el motivo de su experimento no era ciencia, sino amor —ese estremecimiento brutal, que echa raíces en la desesperación—.

Duración: 04:38

El tapiz de las horas
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La lluvia golpeaba con terquedad los ventanales de la biblioteca del Instituto Tempora. Afuera, la noche era un espejo reflejando sólo las luces distantes de una ciudad que prefería olvidar, antes que recordar. Al interior, el doctor Leonard Halberg repasaba, como tantas veces, el crujir de hojas en viejas encuadernaciones, buscando no siquiera respuestas, sino certezas a medias que se le escapaban. Era un hombre mayor, aunque su rostro no reflejaba el paso de los años, porque había aprendido que el tiempo podía ser enseñado a caminar en direcciones opuestas a su voluntad.

Aquella noche, el umbral del experimento definitivo se hallaba tan cercano como el temblor de las manos de Leonard junto al interruptor. En la mesa relucía la esfera de sincronía, como un corazón alienado late bajo el frío acero, conectada al emisor de corrientes cronológicas, un artilugio que había exigido la cordura y juventud de demasiados colegas.

Mientras las lámparas antiguas dibujaban zonas de penumbra donde el temor reptaba, Leonard recordó por última vez el pacto tácito de los “Cronistas”, quienes sólo viajaban por estrictas razones científicas. Y sin embargo, el motivo de su experimento no era ciencia, sino amor —ese estremecimiento brutal, que echa raíces en la desesperación—.

Irene había muerto hacía trece años, una breve llamarada en un calendario que, para Leonard, carecía del pulso y la ternura necesaria desde aquel momento. Había intentado las rutas convencionales: psicólogos, químicos, religión. Pero ninguna disciplina ofrecía otra cosa salvo resignación, y a Leonard la resignación le parecía equivalente a la muerte.

Aquella noche, entre la lluvia que golpeaba los cristales y el zumbido grave de la máquina que encendía, Leonard se permitió pensar que, aunque todas las advertencias dijeran lo contrario, él sí podría burlar al destino. Introdujo la secuencia en la consola, ajustando delicadamente el campo esférico. Abrió la caja de madera, desenterrando el pañuelo azul que Irene le había bordado en su última primavera.

El salto fue sutil, como una voluta de humo en el rincón más allá de la razón. El mundo titiló, se comprimió, y la biblioteca volvió a llenarse del aroma de cera y madera barnizada. Pero Leonard no estaba ya allí. Había retrocedido exactamente 4769 días, apenas unas horas antes del accidente que arrancaría a Irene de su mundo.

Fue al encuentro de su esposa sin saber si seria un espectro, un eco, o un monstruo disfrazado de esperanza. La encontró en el jardín trasero de su antigua casa, inclinada sobre los geranios, el cabello salpicado de horizonte y rocío, la sonrisa intacta de vida.

Entablaron conversación apenas con palabras, porque los gestos lo decían todo: la familiaridad de dos cuerpos que alguna vez creyeron en la eternidad. Leonard supo, mientras la observaba, que aquello no era una ilusión ni un sueño lúcido, sino la brutal certeza del reencuentro. Durante unas horas, dejó que el mundo fluyera, sencillamente, con la promesa latente de que podría evitar el accidente, que podría quizás robarle un destino distinto al universo.

Pero el tiempo, lo sabía, era más astuto aún que el amor. Cuando intentó cambiar la ruta que Irene debía tomar en coche, surgieron pequeños desajustes: la llamada telefónica no llegó, la charla con la vecina no se produjo. Leonard insistió, desesperado, hasta la extenuación, intentando modificar variables.

En cada intento, la tragedia se desplazaba, el accidente mutaba de forma e intensidad, pero la consecuencia se mantenía inalterable. Las matemáticas del desastre eran inmutables. Entendió, por fin —con el dolor de quien ha desentrañado una ecuación irresoluble—, que la existencia no era una simple hilera de piezas a encajar.

Regresó al presente exhausto, el alma erosionada por la maquinaria de los días. Más sabio, y más solo. Comprendió que no podía mover los cimientos de su historia de amor, sólo recordar con nueva ternura cada instante.

El cronómetro de la esfera marcó la posición original. Afuera, la lluvia seguía golpeando el cristal, indiferente al drama de los hombres. Leonard apagó la máquina con un gesto, consciente de que el futuro no es más que el eco de lo que no pudimos cambiar, pero aún así, cada instante vivido —aunque fugaz, aunque condenado—, era una constelación brillando en la memoria inalterable del deseo.

A la mañana siguiente, mientras la ciudad se desperezaba bajo la niebla, Leonard salió al jardín de su nueva casa y plantó un geranio. No era mucho, pero era suficiente.

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