Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Portada del relato La distancia entre la huella y la memoria
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Me llamo Andrea. A los cuarenta y seis años supe que el tiempo podía plegarse. No lo supe como se comprenden las teorías, con diagramas y cuadro sinóptico, sino con la pavorosa certeza de que algo en el mundo podía desobedecer su curso. Esta historia comienza un martes, aunque bien podría decir que comenzó catorce años atrás, en la misma cocina, con las mismas palabras malditamente predecibles.

Duración: 03:46

La distancia entre la huella y la memoria
-a / +A

Hay una forma en que las tardes adquieren peso, una gravedad alternativa tejida por los arrepentimientos. Te diré cómo lo descubrí yo: no fue ni en un laboratorio ni tras años de ecuaciones, sino en la rutina misma del desgaste, en ese umbral donde la curiosidad acaba siendo una necesidad de reparación.

Me llamo Andrea. A los cuarenta y seis años supe que el tiempo podía plegarse. No lo supe como se comprenden las teorías, con diagramas y cuadro sinóptico, sino con la pavorosa certeza de que algo en el mundo podía desobedecer su curso. Esta historia comienza un martes, aunque bien podría decir que comenzó catorce años atrás, en la misma cocina, con las mismas palabras malditamente predecibles.

Si alguna vez has sentido el anhelo de regresar, no por nostalgia sino por la posibilidad de haber entendido mal—quizá olvidaste un matiz en cómo alguien te dijo “volveré tarde”—, entonces comprenderás mi error. Porque mi motivación no era la ciencia. Era Gabriel.

Gabriel, mi hermano, murió a los veintiséis años, y yo he contado desde entonces los cumpleaños que no tuvo, las Navidades en las que su silla quedó al lado del radiador. La culpabilidad, ese reloj viscoso, es mejor maestro que el amor.

El mecanismo era sencillo, demasiado sencillo para inspirar confianza: un vestigio de una investigación frustrada en la universidad, un aparato apenas más complejo que una caja de fusibles. La paradoja, decían los teóricos, no es un riesgo, sino una ilusión—y ningún viajero ha vuelto para quejarse.

La primera vez que retrocedí fue tres minutos. Solo tres minutos. Vi la gota de café caer al suelo, advertí la contracción del músculo que precede al remordimiento. Nada cambió; la gota volvió a caer, la palabra volvió a ser dicha. La trivialidad del viaje fue en sí misma el mensaje: la persistencia de lo inevitable.

Pero el impulso de ajustar el guion de tu vida es más tenaz que la razón. Por eso, la segunda vez, programé la máquina para volver exactamente catorce años, al último día que vi a Gabriel. El aparato no produce vértigo, sólo un vacío que recuerda a la falta de sueño.

Me encontré en mi propio pasado, ocupando un espacio distinto—una versión semitransparente, desplazada. Nadie me veía. Podía escuchar, observar, incluso oler la inminencia de la tragedia. Gabriel reía, con ese tipo de risa que convierte a todos los demás en conspiradores inocentes.

Intenté advertirle. Le grité—los sonidos fueron absorvidos en el tejido mismo de lo posible, ni el perro levantó la cabeza. Me vi a mí misma, inflexible e inocente, cruzando el pasillo con los zapatos mojados. Una sucesión implacable de hechos.

Fui y volví tantas veces que empecé a sospechar que el viaje era la condena: observar, sin intervenir, hasta que la propia memoria deviniera en una llanura yerma. Sentí cómo mi yo de ese entonces, ajena y ferozmente joven, se alejaba de mí en cada intento, hasta que la escena perdió cualquier promesa de salvación.

Regresé, por fin, al presente, una tarde más densa que todas. Descubrí lo que nunca quise admitir: que la memoria no necesita corregirse; sólo ser habitada, una y otra vez, como esas casas que visitamos no para mudarnos sino para recordar que pertenecimos allí.

Dejé la máquina bajo la tarima del salón. Cada vez que suena la madera bajo mis pies recuerdo su existencia, y las incontables repeticiones que jamás detendrán el curso de aquello que más quisiéramos cambiar. El verdadero viaje, entendí por fin, no es el que me llevó al pasado, sino el que me deja permanecer aquí, añorando y perdonando, a la distancia exacta en que la huella y la memoria nunca terminan de coincidir.

Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.