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Portada del relato Luz Mortal
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Fragmento:


Por un momento, el sueco palideció. “¿Por qué tú?”

Duración: 05:47

Luz Mortal
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Una noche de octubre, el aire en Bruselas era una mezcla inquietante de neblina y miedo. En un lujoso piso a pocos metros del Parlamento Europeo, Daniel Rowe, antiguo agente de inteligencia británica y actual analista freelance, repasaba por enésima vez los documentos filtrados. El código Diecisiete Mantis aparecía repetido en informes de los servicios secretos franceses, alemanes y estadounidenses. Algo grande se cocía entre los despachos climatizados y las salas de máquinas oscuras de la política global, y Rowe sentía cerca la amenaza inminente como una corriente eléctrica en la piel.

Afuera, el tráfico era apenas un rumor amortiguado; adentro, el reloj sobre la chimenea marcaba las dos y catorce de la madrugada. Nadie debería saber que estaba allí, pero Daniel lo intuía: alguien lo seguía desde hacía días. ¿Quién lo había delatado? No tenía tiempo que perder. El archivo filtrado hablaba de una votación crítica al día siguiente, un tratado energético a punto de ser manipulado. Lo que lo crispaba era una lista corta al final del informe: seis nombres, todos miembros de la comisión clave, y la palabra ASESINATO escrita en código hexadecimal.

Apretó los dientes y revisó su móvil: el mensaje de Sofía, periodista española con contactos en el GCHQ, había sido escueto: “Han visto tu foto. Lárgate.” Nadie podía confiar en nadie, eso lo sabía mejor que nadie. Pero esos nombres… Si uno moría esa noche las piezas caerían en cadena. Tenía que moverse rápido. Sin hacer ruido, tomó la pistola de la mesilla y bajó las escaleras secundarias del edificio.

La calle estaba desierta al menos a simple vista, aunque Daniel percibía los flashes de una cámara desde algún coche aparcado. Se desvió por una calle lateral y usó su móvil para enviar el archivo a Sofía, protegiendo el envío con doble capa de cifrado. Luego, casi sin aliento, se dirigió al hotel donde se alojaba uno de los objetivos del complot: un político sueco reformista, Björn Lundqvist.

En el vestíbulo, una pareja de turistas rusos discutía en voz baja. Las cámaras de seguridad hacían su trabajo, pero nadie reparó en el hombre de chaqueta gris que cruzó directo al ascensor. Subió al séptimo piso, donde el guardaespaldas de Lundqvist guardaba el pasillo. Daniel murmuró una contraseña convenida meses atrás con la embajada sueca y entró.

Lundqvist estaba pelando una manzana, ansioso. “¿Han venido?”, preguntó en voz baja.

Daniel asintió. “Tienes treinta minutos. Debemos salir antes de que activen el protocolo de limpieza.”

Lundqvist se puso de pie. “¿Cuántos somos?”

“Seis en la lista. Pero yo soy el número siete.”

Por un momento, el sueco palideció. “¿Por qué tú?”

“Porque sé lo suficiente para arruinarles el plan. Y eso no lo toleran nunca.”

Salieron por la escalera de incendios en silencio, mientras el eco de pasos retumbaba por el hueco de las escaleras. Un piso más abajo, una sombra se recortó. Daniel disparó antes de pensar. El hombre cayó con un quejido seco: silenciador, guante de látex en la mano izquierda, credencial diplomática de Eslovaquia en el cuello. Todo muy limpio, nada rastreable.

En la calle, Lundqvist apretó el paso. Daniel tecleó un mensaje para Sofía: “Contacto +2, drop República.” Dejó caer el móvil en una alcantarilla y se internó con Björn en el bullicio nocturno. Frente a la estación de Midi, abordaron un taxi y Daniel ordenó en francés: “Aeropuerto, rápido.”

En el espejo retrovisor, los ojos del taxista se encontraron con los de Daniel. Pequeño detalle, un parpadeo fuera de compás.

“Desvíate al parque Duden, tenemos otro pasajero,” ordenó Daniel, sin asomo de vacilación.

El taxista obedeció, sudando.

Cuando se detuvieron junto a la verja, una figura encapuchada abordó el vehículo: era Anaïs, analista de contrainteligencia belga y antigua amante de Daniel.

“No hay tiempo,” murmuró ella, “el voto se adelantó. Tienen el resultado y, según mi fuente, los seis están en riesgo allá.”

“Entonces vamos a por ellos,” respondió Daniel.

En ese instante, tres coches de policía aparecieron en la entrada del parque; los faros cortaron la noche. El taxi arrancó y jugó a esquivar las sombras mientras Anaïs tecleaba algo en un móvil de aspecto militar.

“La sala de reuniones blindada está bloqueada, solo podré abrir el acceso durante dos minutos,” susurró ella.

Daniel chequeó su arma, miró a Björn y advirtió: “Cuando entremos, ni una palabra. Si uno duda, estamos muertos.”

Entraron por una puerta lateral del Parlamento, eludiendo cámaras y sensores con la destreza de quien sabe dónde mirar y cómo moverse. Avanzaron por los pasillos silenciosos y se encontraron frente al acceso seguro. Anaïs abrió la cerradura electrónica y Björn, Daniel y ella mismase escabulleron hacia la sala.

Adentro, la luz era ínfima: seis figuras, todas con la mirada petrificada.

“Tapad los móviles. Hay escuchas,” indicó Anaïs y todos obedecieron.

Daniel expuso todo sin rodeos: las muertes planeadas, la manipulación inminente, la red internacional que los usaba como peones.

“Algunos de ustedes han sido cómplices para forzar el tratado. Ahora decidan: o les hacemos frente juntos, o aquí mismo terminamos.”

El silencio duró segundos. Luego, Björn habló:

“Estamos con vosotros. Llevadnos fuera.”

La noche se tragó las huellas de su huida. Los periódicos de la mañana titularían sobre un acuerdo milagroso, sin saber que siete sombras lo habían salvado al precio de sus pasados y, quizá, de sus futuros.

Daniel sonrió apenas, resignado. Sabía que esa batalla se había ganado, pero que la guerra continuaba, siempre en la sombra, siempre al filo del poder.

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