La grieta del silencio
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Novela El calendario del amor
Portada del relato Ecos de Poder
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Se apartó del escritorio, abrumada. Tenía miedo. No solo por ella. En las últimas semanas, dos colegas habían desaparecido tras investigar al ministro Saldívar. La policía lo llamaba coincidencia. Ella lo llamaba advertencia.

Duración: 08:05

Ecos de Poder
-a / +A

El reloj marcaba las tres de la mañana cuando Nadia Rivera se despertó de golpe, empapada en sudor. El eco de las últimas palabras de su mentor aún rebotaba en su mente: "La verdad te perseguirá, incluso en la oscuridad". Arrastrándose fuera de la cama, cruzó el estrecho pasillo de su apartamento, la madera crujía bajo sus pies descalzos. Desde la ventana, las luces del Ministerio titilaban en el horizonte, como faros interminables en una ciudad que nunca dormía.

En la mesa de la cocina, reposaba el sobre cuya llegada no esperaba, un simple rectángulo blanco con su nombre escrito a mano en tinta azul. Había aparecido sin aviso minutos después de la medianoche, según la cámara de seguridad que revisó una y otra vez. Nadie se veía en las grabaciones. Y aún así, el sobre estaba allí, tangible, casi palpitante.

Nadia era reportera en El Destino, una periodista curtida en las arenas movedizas del poder, habituada a textos codificados, amenazas veladas y fuentes que solo hablaban en la penumbra. Pero el sobre era diferente; olía a peligro, y eso la asustó más que cualquier enemistad política. Lo abrió con una navaja pequeña, casi temblorosa. Dentro, solo una nota: "El cuervo anida esta noche. El dosier está en tu buzón. No confíes en Alice".

Un escalofrío la recorrió. Alice era su editora, pero también amiga. O eso había creído. Respiró hondo antes de encaminarse hacia el ascensor y bajar los cinco pisos hasta el vestíbulo, vacilando cada vez que escuchaba un ruido, imaginando sombras que acechaban entre columnas de mármol y muebles antiguos.

En el buzón también había un sobre, negro esta vez, pesado, sellado con cera roja. Nadia lo metió bajo su abrigo y subió de nuevo, esperando que nadie la viera. El peso del secreto amenazaba asfixiarla. En la soledad de su apartamento, lo abrió con cuidado. No eran documentos, sino una memoria USB y una foto. Reconoció de inmediato lo que veía: una sala de reuniones, políticos sonrientes alrededor de una mesa, vasos de whisky, cigarrillos en mano. Pero había un detalle sutil: en el fondo del cristal, se reflejaba una figura encapuchada, casi imposible de identificar.

Insertó la memoria en su portátil, rezando por no activar algún virus. Había solo un archivo, sin nombre. Pulsó play.

La voz distorsionada llenó la habitación: "Creen que el sistema es infalible. Creen que están seguros. Pero la noche que cayó el ministro Saldívar, comenzó la verdadera cacería. Han usado la máquina para inclinar el destino del país. Esto es sólo el principio".

Nadia tragó saliva, las palabras grabadas parecían envolverla. La máquina… Había escuchado rumores: una inteligencia artificial capaz de analizar y anticipar movimientos políticos, prever crisis, chantajear adversarios, manipular resultados electorales.

La grabación continuó, revelando nombres, fechas, cuentas bancarias. Pruebas de corrupción sistemática que ascendía hasta los altos despachos del gobierno, cruzando fronteras, comprando silencios. Si esto salía a la luz, no solo colapsaría el gabinete, sino que podrían destaparse alianzas ocultas con naciones extranjeras.

Se apartó del escritorio, abrumada. Tenía miedo. No solo por ella. En las últimas semanas, dos colegas habían desaparecido tras investigar al ministro Saldívar. La policía lo llamaba coincidencia. Ella lo llamaba advertencia.

El teléfono sonó. Número privado. Dudó, pero respondió.

—Sé lo que recibiste —la voz, profunda, apagada—. Si hablas, firmarás tu sentencia de muerte.

Nadia no retrocedió. —¿Quién eres?

—Alguien que sabe que tu tiempo se agota. No confíes en nadie, ni siquiera en Alice. Escapa mientras puedas.

La línea se cortó. El silencio, ahora opresivo, era peor que cualquier amenaza manifiesta.

Pasaron las horas. Amanecía cuando Alice la llamó, voz jovial, queriendo un adelanto de la próxima portada.

—¿Algo interesante esta noche? —preguntó.

Nadia vaciló. —Me llegó algo raro. Tal vez nada. Te lo muestro en la redacción.

Sabía que debía recordar la advertencia, pero también sabía que enfrentarse sola a esa información era jugar a la suicida. Programó un correo cifrado con el archivo, preparado para enviarlo a varios contactos si algo le pasaba.

De camino a la redacción, sintió que la seguían. Un coche oscuro, dos pares de ojos detrás del parabrisas. Podía estar paranoica… o no. Doblando en una esquina, apretó el paso, buscando atajos conocidos solo por los viejos periodistas.

Al llegar, Alice la recibió con una sonrisa demasiado amplia.

—¿Te pasa algo? Pareces cansada.

—No dormí bien —mintió. Notó, a sus espaldas, que las cámaras de seguridad titilaban.

—El editor jefe quiere verte.

Alice guiaba el paso, como pastoreándola. En el despacho, él la esperaba, junto con dos hombres con gafas de sol y rostros implacables.

—Toma asiento, Nadia —dijo el jefe, tono grave.

Uno de los agentes cerró la puerta. El otro se sentó a su lado y extendió la mano.

—El dosier, por favor.

Nadia forzó una sonrisa.

—¿Qué dosier? No sé de qué me hablan.

Los hombres la miraron sin pestañear.

—No subestimes lo que sabemos. Estás involucrada, y tus movimientos han sido vigilados.

En ese instante, entendió la magnitud de la trampa. Alice miraba al suelo; no la ayudaría.

Nadia estiró la espalda, la voz firme tras años entrenando el miedo.

—Pueden buscar todo lo que quieran. No tengo nada.

El hombre la observó en silencio, luego abrió una carpeta repleta de fotos: Nadia saliendo de su casa, el sobre en la mano, revisando el buzón.

—Queremos el original. Y lo queremos ahora.

El corazón golpeaba el pecho veloz. No tenía salida fácil. Buscó en su memoria cada palabra de la advertencia. Silencio. Precaución. Fuga.

Al fin, sonrió débilmente.

—Está en la nube. Si no salgo de aquí en veinte minutos, se enviará a todos los grandes medios internacionales.

El jefe apretó los puños. Alice murmuró algo, apartando la mirada.

El agente asintió, casi divertido. —¿Crees que no podemos pararlo?

Nadia levantó la barbilla.

—Quizá. Pero no tienen tiempo suficiente para averiguarlo.

Los hombres se miraron entre sí, midiendo los riesgos. Finalmente, uno habló:

—Vas a acompañarnos. Vamos a hablar con alguien que puede ayudarte a tomar la decisión correcta. No se te ocurra intentar nada estúpido.

La obligaron a salir, sintiendo el frío del cañón de la pistola hundido en la espalda. Mientras la conducían, pensaba rápido. ¿Serían capaces de matarla de día, en pleno centro? ¿Alice habría traicionado a propósito, o no tenía opción?

Bajaron en el sótano. Una sala gris, sin ventanas, mal iluminada. Frente a ella, el secretario de seguridad personal del ministro Saldívar.

—Señorita Rivera —dijo él, con una voz arrulladora y peligrosa—. La curiosidad es una droga mortal.

—La verdad es peor —dijo ella, sin temblar.

El hombre sonrió con amargura. —¿Sabe que tiene una hora para decidir entre una vida tranquila en el exilio y una muerte horrenda en el olvido?

Nadia le devolvió la mirada. Un destello de orgullo se coló en su expresión.

—Prefiero el exilio a ser cómplice.

El hombre asintió.

—Entonces, será exiliada. Pero le advierto: hay secretos que incluso la distancia no protege, señorita Rivera.

La dejaron sola unos minutos. Alice se asomó antes de marcharse, los ojos anegados de culpa.

—Lo siento, Nadia.

Nadia apenas la miró. Sabía que la culpa era un lujo que ya no podían permitirse.

Esa noche, un avión privado la llevó fuera del país. El dosier estallaría en la prensa días después, pero Nadia nunca pudo volver a casa. Sabía que su decisión había dejado una herida irreversible, pero todavía escuchaba la voz de su mentor en sueños: “La verdad te perseguirá, incluso en la oscuridad”.

Respiró hondo, perdida en una ciudad extraña, con la certeza de que el juego de las sombras nunca terminaba, y ella —también— era ahora, una de ellas.

La grieta del silencio
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Novela El calendario del amor

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.