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Portada del relato La sombra del Sol de Medianoche
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Fragmento:


La plaza estaba desierta. Lucía bajó con cautela la mirada, buscando algún reflejo ajeno en los escaparates, alguna sombra que no le perteneciera. Las luces del teatro, azuladas y mudas, pintaban círculos en el pavimento. Un mensaje vibró en su móvil: una dirección en las afueras de la ciudad.

Duración: 04:49

La sombra del Sol de Medianoche
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El desván de su apartamento crujía con el viento de noviembre cuando Lucía Razzetti recibió la llamada. Siete años en el Congreso no le habían enseñado a diferenciar entre amenazas veladas y auténticas bombas de relojería, pero sí a escuchar el tono sutil en la voz de quien llama a las 2:13 de la madrugada. La pantalla solo mostraba “Número oculto” y una advertencia: "No ignore lo que sabe". Le temblaron las manos cuando colgó. Abajo, en la calle, los faros de un sedán negro atravesaban la niebla, y Lucía sintió, por primera vez desde aquel escándalo olvidado, que la seguridad es siempre prestada.

Todo había empezado una semana atrás, en una reunión a puerta cerrada donde el ministro de Defensa, Herminio Blázquez, dejó caer inocentemente una carpeta manchada de café sobre la mesa. Nadie la abrió entonces; eso vendría después. Ahora Lucía repasaba las doce páginas perforadas con iniciales, sellos y una firma ilegible que, de algún modo, todos sabían identificar. Los informes apuntaban a una compra de armas, pero el verdadero contenido estaba en los márgenes: listas de transferencias, apellidos duplicados, fechas que se solapaban con ciertas muertes aparatosas. Y el nombre de su partido, impreso como una sombra tras cada cifra negra.

Aquella noche, Lucía miró por la ventana esperando ver algún movimiento, pero la ciudad parecía tan inofensiva como siempre. Decidió vestirse, descolgó el abrigo y bajó las escaleras con la ligereza de quien huye de algo que aún no comprende. Calculó cada paso mientras marcaba el número de Camilo, su asesor, quien contestó al segundo tono, el miedo cosido en la garganta.

—Activa el protocolo tres —dijo ella, y lo oyó teclear al otro lado, sin preguntas.

La plaza estaba desierta. Lucía bajó con cautela la mirada, buscando algún reflejo ajeno en los escaparates, alguna sombra que no le perteneciera. Las luces del teatro, azuladas y mudas, pintaban círculos en el pavimento. Un mensaje vibró en su móvil: una dirección en las afueras de la ciudad.

El botón de pánico en el coche funcionaba como debía, pero Lucía no se engañaba: ningún dispositivo podía protegerla si el enemigo estaba sentado en la mesa del Consejo de Ministros. La dirección la llevó a un descampado donde la niebla cubría todo menos un farol titilante. Un coche la esperaba. La puerta se abrió y una figura familiar bajó: Aurora Salcedo, líder de la oposición, vuelta aliada por la fuerza del miedo común.

—No tenemos mucho tiempo —dijo Aurora, con los labios fríos y decisivos—. Sé que tienes los informes. También sé que ya sospechan.

Compartieron, en silencio, la mezcla de furia y pánico. Lucía le pasó la carpeta por encima de la guantera.

—No son solo armas, Aurora. Es algo más grande. Países que no existen, dinero canalizado a campañas de ambos lados. Un pacto para fingir rivalidades, para seguir repartiendo poder.

Aurora hojeó los papeles; su rostro no traicionó sorpresa, solo un matiz de cansancio vital.

—Y ya han elegido a quién sacrificar —murmuró.

Sintieron el motor de otro coche antes de verlo. Lucía cerró los ojos por un segundo, solo uno, y al abrirlos supo que la esperanza era otro lujo pospuesto. Las puertas del coche se abrieron a la vez por ambos lados. De ellas descendieron dos hombres enormes y mudos; ni los esbirros de un escándalo parecían realistas a esas horas, pensó Lucía con amarga ironía. Intentó recordar algún artículo de prensa sobre desapariciones, dónde solía encontrarse el último registro de llamadas, cuánto tardaría Camilo en filtrar la información si ella no aparecía antes del amanecer. Aurora apretó su mano bajo la chaqueta, justo donde Lucía guardaba el bolígrafo con grabadora incrustada, el último recurso de sobrevivencia política.

Cuando la luz del farol cayó sobre ellos, los rostros de los hombres se revelaron, tan inofensivos como cualquiera en la fila de un supermercado. Pero trajeron consigo una advertencia: “Olviden lo que han visto. O lo que perderán será todo”. Una amenaza aprendida en aulas de mármol y despachos con vistas a la ciudad.

Aurora solo asintió, los labios apretados, el músculo de la mandíbula marcado.

Al cabo de unos minutos, el coche se alejó y ellas quedaron solas. El silencio no era un alivio; era una promesa.

—¿Y ahora? —preguntó Lucía, mientras la primera luz del alba arrancaba las sombras de la autopista.

—Ahora, vivimos con lo que sabemos —respondió Aurora—. Y esperamos el siguiente movimiento, porque en este tablero nadie deja de jugar hasta que ya no quedan piezas.

El sol asomaba, tibio y cruel, cuando ambas se alejaron en direcciones opuestas, cada una con una copia de la verdad y la sensación íntima de que esta vez no habría regreso posible.

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