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Portada del relato La casa de la última palabra
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Fragmento:


El Ministro levantó una carpeta de manila, la agitó como quien muestra la pistola bajo el abrigo.

Duración: 04:46

La casa de la última palabra
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Dicen que todos los acuerdos nacen en habitaciones demasiado pequeñas para contener la verdad. En una de esas, al piso trece de un edificio sin placas en el centro de Madrid, una figura afilada de mujer ajustó el nudo de su bufanda mientras contemplaba la pared opaca por el humo de tabaco y las noches de confesiones obligadas. Lourdes Escudero aprendió en su primer mes en el Congreso que los secretos pesan más que las leyes.

La noche había comenzado con la práctica normalidad de una jornada de invierno—calles mojadas, la ciudad palpitando bajo la lluvia fina, y un taxi amarillo trasladando a Lourdes a lo que su asistente había llamado, con un matiz de temor, una ‘reunión de consolidación’. Antes de entrar, Lourdes había limpiado de sus gestos cualquier rastro de simpatía, durmiendo a la perfección su mirada amplia de zorra vieja: su mejor defensa.

Al cruzar el umbral, encontró a cuatro hombres sentados con las manos cruzadas, los rostros cortados por la escasa luz desde una lámpara sin pantalla. El Ministro de Interior, su oppugnador más reciente, le sonrió mostrando unos dientes perfectos, de rico nervioso. Todos sabían por qué estaban allí, pero nadie comenzó a hablar. En las paredes, cuadros torcidos: fotos de hombres muertos y colgados enmarcando promesas incumplidas. El hedor del whisky barato era el perfume de los poderosos aquella noche.

El Ministro la invitó a sentarse a su lado. Lourdes eligió la silla contraria, cerca de la ventana, con la calle como testigo. El silencio se convirtió en un animal imposible de ignorar.

–¿Sabes por qué te hemos llamado, verdad? –el Ministro casi susurró, con esa voz tan bien entrenada para el escándalo–. Se rumorea demasiado.

A Lourdes le temblaron los dedos, casi imperceptiblemente, bajo la mesa. Saber y admitir son actos distintos. Ella sabía. Pero admitirlo era otra guerra.

–Los rumores son la sangre de este edificio. –replicó, mirando lentamente al resto de la mesa–. Si lo que buscan es la verdad, podrían empezar a permitirse menos cábalas y más cifras.

Uno de los hombres, el jefe de gabinete, soltó una risa áspera.

–Le convendría un poco de temor, diputada. Lo que encontramos en su despacho no se puede desmentir.

El Ministro levantó una carpeta de manila, la agitó como quien muestra la pistola bajo el abrigo.

–Papeles, Lourdes. Nombres y fechas.

Ahí estaba. El fruto podrido de su más reciente estrategia: los contratos de los últimos meses, firmados en la sombra, adjudicaciones cruzadas, una madeja de alianzas que amenazaba con colapsar en cualquier momento. Y ella, hilando a todas horas, ya sin recordar quién la había empujado a empezar.

El Ministro se inclinó hacia adelante, con un leve temblor de placer en la voz:

–No busco que renuncies, Lourdes. No te equivoques. Solo quiero que recuerdes quién sostiene tu silla.

Atravesó la mirada de los otros tres. Había terror en uno, aburrimiento en otro y odio en el tercero. Ella sonrió, una mueca tan pequeña que podía romperse con una verdad mal dicha.

–Mañana presentaré una enmienda.

No fue pregunta, fue advertencia. El peligro de las palabras lo aprenden los que sobreviven en política, no los que la observan.

–No me vas a destruir con lo que tienes ahí. Si lo haces, este edificio arde.

El Ministro dejó la carpeta en la mesa, suavemente.

–Veremos cuán inflamable eres.

Las siguientes doce horas fueron un descenso controlado por sus propios nervios. Lourdes salió del edificio sabiendo lo que debía hacer. El instinto le ordenó correr, abandonar. Pero lo que ardía en realidad era su promesa de no retroceder nunca.

Al amanecer, se sentó ante su ordenador. En su bandeja, un correo incrustado con cinco remites anónimos y tres archivos adjuntos, uno cifrado. El primer archivo: una lista de transferencias firmadas desde el partido del Ministro hacia una cuenta en Ginebra. El segundo: grabaciones de una conversación escuchada tras la pared de la misma sala donde estuvo la noche anterior. El tercero, aún cerrado.

El teléfono sonó a las 7:00 en punto. No contestó. Prefirió escuchar al miedo retorciéndosele en el vientre.

Un mensaje de texto emergió: “Lo que abras, será el fin”.

Eligió el silencio. No abrió el tercer archivo. Lo reenviaría a tres periodistas diferentes, sin leerlo. Resguardó las otras pruebas en la sombra. Tomó un taxi hacia el Congreso.

Al llegar, saludó a todos con la naturalidad que solo los temerarios o los condenados logran mostrar. El Ministro ya estaba ahí, escoltado por la prensa y los leones de piedra.

La mirada de ambos se cruzó, eligiendo, perfilando. Lourdes sonrió porque, pese al vértigo, sabía algo vital: los secretos no pesan hasta que se hacen públicos. En ese instante, todo el edificio era una mecha encendida.

Solo quedaba ver quién tendría el pulso de soplar primero.

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