Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
La inspectora gitana
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato Susurros de Medianoche
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Fragmento:


Giró con lentitud y sus ojos se posaron en el hombre. No era extraño a esos caminos, ni mucho menos a los peligros que emblemaba la tormenta. Cabello oscuro, barba corta, gotas de agua deslizándose por la línea de su mandíbula. Había calor en su presencia, un calor que la hizo apartar la mirada, rápidamente, hacia la insignificancia de la madera en el suelo.

Duración: 05:37

Susurros de Medianoche
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El crepitar del fuego era apenas un murmullo frente al concierto incesante de la lluvia. Afuera, las ramas se arqueaban bajo el peso del agua y el mundo parecía tan lejano como un recuerdo. Ellen permanecía quieta, de pie junto a la ventana pequeña, observando cómo la tormenta se adueñaba de la noche. La posada, perdida entre las colinas húmedas de ese rincón de la campiña, estaba casi vacía. Sólo el sonido de un par de viajeros y el escurrir del vino en las copas la acompañaban, o eso creía, hasta que sintió una presencia a su espalda.

—¿Esperas a alguien? —La voz era baja, áspera por el viaje y la melancolía.

Giró con lentitud y sus ojos se posaron en el hombre. No era extraño a esos caminos, ni mucho menos a los peligros que emblemaba la tormenta. Cabello oscuro, barba corta, gotas de agua deslizándose por la línea de su mandíbula. Había calor en su presencia, un calor que la hizo apartar la mirada, rápidamente, hacia la insignificancia de la madera en el suelo.

—No suelo esperar —respondió, aunque notaba cómo le temblaba la voz—. Pero parece que la noche insiste, y la lluvia no cede.

Él sonrió, desnudando un destello de dientes, y se acercó al fuego. Ellen percibió el aroma de su ropa húmeda, mezclado con cuero y una insinuación de tabaco. Había visto demasiados hombres de paso, huyendo de la ley o de los recuerdos, y sin embargo aquel tenía algo diferente. Una calma, casi, o tal vez una furia contenida en las venas.

—Es en noches así cuando uno revela lo que no debería enunciar en la luz del día —dijo él, sin mirarla—. ¿Te molesto?

Ella negó con un ligero movimiento de cabeza. Su pecho latía con violencia secreta. No quería compañía, y en el fondo la anhelaba. La lluvia golpeó con más fuerza los cristales. Él se sentó a su lado, y por un instante ambos compartieron ese silencio tejido por el fuego y el agua que cae.

—Dicen que esta posada es un refugio contra todo tipo de tormentas —comentó él, quitándose el abrigo empapado y extendiéndolo cerca de las llamas—. Las del clima, las del corazón…

Ellen sonrió, sorprendida por la intimidad repentina en el tono del extraño.

—¿Y de qué tormenta huyes tú? —preguntó, aún sin osar mirarlo a los ojos.

El hombre pareció meditar la respuesta. Juntó las manos ante sí, y sus dedos, largos y firmes, jugaron distraídamente con la hebilla de su cinturón.

—Una que empecé yo mismo, hace mucho tiempo —confesó finalmente, con la voz ronca—. A veces uno sólo necesita dejar de correr.

No había motivos para confiar en él, pensaba Ellen. Y sin embargo, la sinceridad de esa confesión casi la hizo estremecerse.

Durante un largo rato no hablaron. Sólo el fuego, la lluvia, el palpitar del propio pecho. La posadera, una anciana de cabello recogido en un moño, les trajo vino tinto, y al ofrecérselo a Ellen, sus dedos rozaron, apenas, los del hombre. Un toque mínimo, eléctrico, pero suficiente para cruzar un umbral tácito.

—¿Vas lejos, cuando amaine la tormenta?

Él negó con la cabeza.

—Pienso quedarme hasta que escampe… o hasta que encuentre razones para partir.

Ahora sí se miraron. Ojos marrones, profundos, y los de ella, verdes como la turba mojada. Había algo ineludible en ese cruce de miradas, un entendimiento silencioso, un deseo contenido que la lluvia y el vino comenzaban a liberar.

La posada se quedó en calma; sólo ellos y el crepitar del fuego. El hombre se atrevió a acercarse más. Tomó una de las manos de Ellen, cálida y pequeña en la suya, y la besó en los nudillos.

—¿Cómo te llamas?

—Ellen —susurró, sintiendo cómo su nombre se convertía en una caricia al abandonar su boca.

—Yo soy Robert.

No hubo palabras después. El lenguaje cambió: los dedos acariciando las mejillas, el roce de las narices, el primer beso tardío y urgente, húmedo como la tormenta tras las ventanas. El deseo acumulado en ambos se abrió paso rápidamente, su respiración entrecortada llenó cada rincón mientras el fuego crecía en intensidad.

Robert la condujo hacia la escalera. Ellen se dejó guiar, sintiendo cómo las emociones la arrastraban con más furia que cualquier río crecido. Subieron entre susurros, tropezando suavemente contra la pared, risas ahogadas por el anhelo.

La puerta de la habitación se cerró a sus espaldas. Afuera, la tormenta rugía. Adentro, sus cuerpos se encontraron, primero tímidos, luego desatados. Las ropas mojadas se deslizaron al suelo; las pieles desnudas se reconocieron, temblorosas y valientes.

Él besó el hueco de su clavícula, descendiendo con lentitud hasta los pechos, donde su lengua, tibia y ávida, se demoró en descubrir territorios ocultos. Ella presionó sus muslos contra las caderas de él, ansiando una invasión lenta pero inevitable.

El tiempo se tornó irrelevante. Quizá fuese una noche, o la eternidad contenida en el viaje del placer. Ellen arqueó la espalda y Robert descendió, adorando cada pliegue de su carne, susurrando palabras que sólo ella podría oír.

Cuando finalmente se fundieron, piel contra piel, estremeciéndose y gimiendo con el fragor de la tormenta, ambos supieron que ningún refugio podría protegerlos de ese mismo deseo. El placer los quebró y los reconstruyó, una y otra vez, hasta que la noche se rindió y la lluvia cesó, entregando al alba el secreto de lo que había nacido allí, entre las cenizas y la miel de la madrugada.

Y mientras la luz cruzaba tímida la ventana, Robert acarició el rostro de Ellen y sonrió, sabiendo que, bajo la lluvia o el sol, ya no habría marcha atrás.

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