Fragmento:
La atracción entre Lucien y Catherine no fue nunca de esas que ciegan, ni de las que toman por asalto todo recoveco del pensamiento al primer contacto. Fue un meandro largo, un escarceo de miradas a la luz melancólica de candelabros casi agotados. El deseo entre ambos, sin embargo, era una brasa: ardía silenciosa, sin humo, sin amenaza de incendio, pero existía. Una noche, en medio de un aguacero que parecía delatar todos los secretos y lavar todos los temores, Lucien la encontró en el invernadero, rodeada de las llamas de la bugambilia, azotadas por el viento.
Duración: 03:52
La niebla bajaba cada tarde sobre el jardín de espinos viejos, repitiendo la misma danza en el mismo lugar donde años antes se había sellado una promesa que el tiempo prefería olvidar. La mansión, herida pero erguida, era el territorio preferido de Lucien Deveraux, aquel caballero de ojos grises y cabello oscuro como el lomo de los gatos que en la noche cruzaban furtivamente el umbral de la verja de hierro. Él caminaba entre las sombras con la certeza de quien busca una respuesta pero teme hallarla. No era el instinto, ni siquiera la desesperación; era algo más antiguo, un presagio adormecido en los huesos desde la primera vez que vio a Catherine.
Ella había llegado una primavera incluyente, huyendo de un matrimonio asfixiante y de un apellido que la empujaba a marchitarse tras cortinas bordadas. Catherine traía consigo nada salvo un collar de ámbar agrisado, y la convicción de que aún quedaban historias por escribir en su vida, aunque fuera con tinta temblorosa. Eran dos almas desterradas en el mismo destierro, coincidiendo a la hora en que la casa entera respiraba como si la nostalgia fuera una brisa navegando por los pasillos.
La atracción entre Lucien y Catherine no fue nunca de esas que ciegan, ni de las que toman por asalto todo recoveco del pensamiento al primer contacto. Fue un meandro largo, un escarceo de miradas a la luz melancólica de candelabros casi agotados. El deseo entre ambos, sin embargo, era una brasa: ardía silenciosa, sin humo, sin amenaza de incendio, pero existía. Una noche, en medio de un aguacero que parecía delatar todos los secretos y lavar todos los temores, Lucien la encontró en el invernadero, rodeada de las llamas de la bugambilia, azotadas por el viento.
—Nadie encuentra belleza en los jardines arruinados, solo tú —musitó ella, recogiendo el borde de su vestido para avanzar entre charcos de agua turbia.
—La belleza persiste donde el fuego no consume completamente —contestó Lucien, su voz un eco profundo en la penumbra. Durante un segundo, un relámpago iluminó el rostro de Catherine; él vio entonces que no era la tristeza lo que rodeaba sus ojos sino un fulgor tranquilo, extraño. Un presagio latiendo en la cuerda floja entre el deseo y la entrega.
Esa noche, el fuego que nunca quema estuvo en las yemas de los dedos de Lucien cuando apartó con aire tembloroso un rizo húmedo de la frente de Catherine. No hubo prisas, ni promesas rotas por el ansia. La pasión flotó, etérea, manejando el tiempo como le place al humo de una vela antes de morir. Se miraron largos minutos, cada palabra no dicha ardiendo entre ambos con la promesa de que el deseo era mucho más profundo que un instante de lujuria.
Cuando al fin acercó sus labios a los de ella, Catherine no retrocedió, pero tampoco se abandonó del todo. El presagio era un escalofrío: la sensación de que nada después de ese beso sería igual, y sin embargo, el engañoso fuego no era uno que destruyera. Era uno que fundía los miedos, ablandaba la coraza del pasado. Dejó una marca invisible en la piel, como lo hace la luz del sol en los días nublados; pareció decirles que están a salvo, que pueden amarse sin devastarse, sin reducirse al humo de los días tristes.
De vuelta a la mansión, mientras la tormenta amainaba, alumbraron juntos una antorcha vieja en el vestíbulo. No para quemar la casa, sino para espantar la tristeza y el frío. Bailaron bajo la luz temblorosa: cerca, sí, pero sin perderse; juntos, pero invictos, cada uno sosteniendo una parte de la llama. Catherine sonrió, y en su sonrisa Lucien reconoció el futuro: un incendio que no se llevaría nada salvo las sombras de lo que nunca debieron ser. Complicidad, caricia, deseo… y la certeza inamovible de que ambos eran presagio y respuesta, deseo y contención. Quedaron así, en el crepúsculo de una noche sin llamas, explorando el fascinante milagro de un fuego que en vez de consumir, salvaba.
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