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Portada del relato Bajo la Luz de los Robles
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Fragmento:


La puerta chirrió suavemente bajo su mano y el aire del recibidor le trajo un perfume familiar: madera envejecida, cera de abeja y el leve rastro del perfume de Gabriel. Él siempre llegaba antes del crepúsculo, recogía leña y encendía la chimenea como si el simple acto de avivar el fuego asegurase el regreso del sol. Esta noche él la esperaba, y Maite sintió la urgencia de correr y, al mismo tiempo, el deseo de demorarse, alargando el dulce sufrimiento de la incertidumbre.

Duración: 03:39

Bajo la Luz de los Robles
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Las luces de la casa de campo titilaban a través de la bruma azulada del atardecer, como si el viejo edificio, aferrado a su manto de hiedra, contuviera secretos que solo el tiempo entiende. Maite cruzó el sendero flanqueado de robles, dejando que la hierba húmeda rozara la piel desnuda de sus tobillos. Había vuelto después de tantos años, arrastrada por un impulso tan inexplicable como irreprimible, y mientras avanzaba sentía cómo un cosquilleo desconocido le recorría el cuerpo. Tal vez era la anticipación, o quizás el temor de revivir algo que nunca terminó de morir en su interior.

La puerta chirrió suavemente bajo su mano y el aire del recibidor le trajo un perfume familiar: madera envejecida, cera de abeja y el leve rastro del perfume de Gabriel. Él siempre llegaba antes del crepúsculo, recogía leña y encendía la chimenea como si el simple acto de avivar el fuego asegurase el regreso del sol. Esta noche él la esperaba, y Maite sintió la urgencia de correr y, al mismo tiempo, el deseo de demorarse, alargando el dulce sufrimiento de la incertidumbre.

Gabriel la esperaba en la penumbra del salón, de pie junto a la ventana empañada. Sus ojos, grises como la tormenta, se iluminaron al verla. No hubo palabras, solo una pausa en la que el mundo se detuvo para ambos antes de fundirse en el instante. Las manos se buscaron y se encontraron, tibias, temblorosas al principio. Maite sintió cómo su respiración se acompasaba a la de él, como dos olas que colisionan y se reconocen.

Cuando Gabriel acercó sus labios a los de Maite, fue como reescribir una historia sin final: el roce suave, la presión apenas perceptible, el latido salvaje de un corazón desbocado resonando en el pecho de ambos. Bajo sus caricias, el tiempo perdió sentido. Todo era piel, roce, deseo contenido que por fin encontraba cauce tras años de espera. Maite se rindió al placer de sentir, dejándose llevar por la promesa inquebrantable de la entrega.

Las chispas de la chimenea proyectaban sombras caprichosas en la habitación mientras él la conducía, lenta y cuidadosamente, hacia el sofá. Las manos de Gabriel—torpes de deseo, pero experimentadas en la memoria del cuerpo de Maite—desabotonaron despacio la blusa. Había ternura en sus movimientos y también una urgencia antigua, como si temiera que el universo les robara otra vez el tiempo juntos. Maite arqueó la espalda bajo sus caricias, aceptando el fuego que ascendía desde su vientre hasta la garganta, encontrando en cada susurro la cadencia de un reencuentro largamente postergado.

Sus cuerpos se enlazaron en una coreografía silente donde ningún gesto era extraño, donde cada jadeo y caricia era la continuación natural de una conversación que nunca había interrumpido, solo silenciado por años de ausencia y anhelo. Gabriel murmuraba su nombre una y otra vez, desesperado por recordárselo tanto a sí mismo como a ella, aferrándose al momento como si el amanecer pudiera arrebatárselo.

El placer creció en crescendo, primero como una melodía suave, después como el estruendo de la tormenta, hasta estallar en una ola que los arrasó a ambos. En el silencio que siguió, Maite se aferró al pecho de Gabriel, notando el sudor en ambas pieles, el temblor en sus músculos. Él la envolvió, fuerte y seguro, sosteniendo todo lo que era frágil en su mundo.

Y así, abrazados bajo el crepitar del fuego y la mirada atenta de las sombras, supieron que la noche no pertenecía al olvido, sino al recuerdo y la promesa. Que mientras sus cuerpos compartiesen calor y anhelos, cada caricia sería un reencuentro y cada beso, una rendición voluntaria al amor presente, visceral, indomable.

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