Fragmento:
Era el Sr. Archer, y su porte era de aquellos hombres infrecuentes cuyo rigor silencioso esconde un mar en ebullición. Disfrutador de libros, abrupto con su afecto pero dado a la observación, solía abrigar su anhelo bajo capas de cinismo y silencio. No obstante, hoy sentía que sus propias murallas se desmoronaban, como si ese crepúsculo — más que anochecer — fuese una hoguera inminente. Miró a la muchacha: apenas veinte veranos, la frescura de la inocencia, y sin embargo, en sus ojos oscuros había una lucidez casi dolorosa, como si esperase eternidades en cada minuto.
Duración: 04:28
El atardecer de Thornbury Hall llegaba inquieto, tintado por un zafiro pálido que iba cediendo ante las primeras brasas del crepúsculo, y el aire, perfumado tras la reciente lluvia, llenaba el salón con sueños de campos y almizcle, mientras el reloj se obstinaba en su severo tictac. La señorita Howard se encontraba junto a la ventana, sólo una, de las dos, semifrancamente entreabierta, permitiendo que una hebra obstinada de brisa juguetona le alborotara el cabello suelto sobre el hombro. Sus labios murmuraban apenas, como si recitasen ideas guardadas, y un leve rubor acentuaba la palidez de su nívea tez ante la presencia apenas perceptible de la figura que, recogida en la penumbra, aguardaba algo más allá de la entrada.
Era el Sr. Archer, y su porte era de aquellos hombres infrecuentes cuyo rigor silencioso esconde un mar en ebullición. Disfrutador de libros, abrupto con su afecto pero dado a la observación, solía abrigar su anhelo bajo capas de cinismo y silencio. No obstante, hoy sentía que sus propias murallas se desmoronaban, como si ese crepúsculo — más que anochecer — fuese una hoguera inminente. Miró a la muchacha: apenas veinte veranos, la frescura de la inocencia, y sin embargo, en sus ojos oscuros había una lucidez casi dolorosa, como si esperase eternidades en cada minuto.
«¿Vais a permanecer allí, oculto entre los retratos de los Archer y la dama que quiso ser mártir de su propio pecado?» le preguntó la señorita Howard, volviéndose con un atrevimiento inesperado en su voz, una voz que temblaba, sin embargo, por la novedad del impulso.
El caballero sonrió por primera vez aquella tarde; no era una sonrisa amplia, sino de esas que alumbran sólo una comisura y despiertan mil dudas. «Quizá haya aprendido de los retratos a esconderme mejor de lo que deseo, señorita Howard. Pero supongo que el velo de esta noche, tan tibia para marzo, obliga incluso a los más obstinados.»
Ella le estudió largamente, como si detrás de su figura pudiera adivinarse el contorno de un futuro imprevisto. El vestido de muselina clara, tan sencillo, parecía para el Sr. Archer más obra de hada que de sastre, y la fragancia floral que irradiaba su piel era un recordatorio punzante de su fragilidad, y de un deseo largamente postergado.
Cuando el Sr. Archer cruzó el salón, el crujido de la madera bajo sus botas interrumpió el embrujo. Y, en ese instante, el sol, ya casi vencido, volvió a chispear brevemente, bañando a la joven de una luz dorada y traicionera. Archer se detuvo junto a ella, a apenas un brazo de distancia, y, de repente, el mundo pareció replegarse en torno solo a ese espacio incierto.
«Si mañana...» comenzó Archer, con voz baja, «si toda nuestra existencia se redujera a las palabras de esta noche, ¿qué elegiríais decirme?»
La señorita Howard dudó. Sus dedos se entrelazaban nerviosos, y el anhelo se dibujaba en su perfil con una temblorosa verdad. «Tal vez», susurró, «que en este infame mundo de dudas y promesas rotas, a veces la dicha basta con saberse deseada. ¿Acaso no es un atrevimiento suficiente?»
Él la miró, presa, por primera vez, de un temblor sutil. Aferrado a la costumbre del retraimiento, ahora sentía el vértigo del precipicio que aguardaba tras un solo paso. Sin embargo, la sinceridad de ella fue un farol en su penumbra: «He cruzado el océano de mis propios reparos para estar aquí; decidme, ¿sois vos mi roca o debo buscar bahía más segura?»
La reacción de Archer fue una mezcla de alivio y pavor. Quiso tomar su mano, mas se contuvo en la frontera del gesto, porque así era el amor entre adultos verdaderos: era contención, anhelo contenido, un roce de piel apenas insinuado, todo en nombre de la decencia. Se inclinó, postrero, e inhaló el aroma de su cabello, sintiendo el pulso de siglos de deseo entre las venas.
«Si me permitís, no seré roca ni bahía, sino hogar, donde vuestras tempestades se desvanezcan. ¿Queréis, señorita Howard, ser la llama que ahuyente mis inviernos?»
Ella no respondió al instante: el silencio era, al fin, la más densa de las respuestas. Pero, cuando alzó la mirada hacia él, con los ojos brillantes de una promesa inconfesable, supo Archer que la vida entera cabía en ese crepúsculo, en el susurro de una ventana mal cerrada, en el eco de una promesa más verdadera cuanto más imposible. Era el mundo mismo empezando de nuevo.
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