Fragmento:
La lluvia nos sorprendió en mitad de los jardines de Boboli. Él tomó mi mano y, sin decir palabra, corrió conmigo bajo los cipreses. Su risa, áspera y dulce, me envolvió por completo. Bailamos en el barro, su cuerpo junto al mío, tan cerca que ya no supe si la humedad era culpa del cielo o de mi piel. Su aliento ardía en mi cuello y juré, en ese instante, que podría morirme allí y que valdría la pena.
Duración: 03:08
La primera vez que lo vi, la luna recortaba su figura sobre las colinas de Florencia, emergiendo entre las sombras y las luces cálidas de la ciudad. Sonreía como si supiera todos mis secretos, y yo, impulsada por una absurda necesidad de aventuras, me acerqué a ese hombre que olía a humo y a tierra mojada. No pregunté su nombre. Nos bastaba el lenguaje mudo de las miradas, ese que se nutre de expectativas imposibles y deseos olvidados.
La lluvia nos sorprendió en mitad de los jardines de Boboli. Él tomó mi mano y, sin decir palabra, corrió conmigo bajo los cipreses. Su risa, áspera y dulce, me envolvió por completo. Bailamos en el barro, su cuerpo junto al mío, tan cerca que ya no supe si la humedad era culpa del cielo o de mi piel. Su aliento ardía en mi cuello y juré, en ese instante, que podría morirme allí y que valdría la pena.
Nos refugiamos en una hostería olvidada, donde las paredes olían a vino antiguo y los dedos vagaban inquietos bajo la mesa. Su voz era grave, me hablaba en italiano como si las sílabas acariciaran mi nombre cada vez. Yo le respondía en susurros, aprendiendo en una noche la melodía de su idioma, deseando que nunca amaneciera.
Pero el alba llega, cruel, cuando menos la buscas. Me desperté envuelta en las sábanas gastadas, con la certeza de que no sería capaz de respirar si se marchaba. No lo oí irse. Sólo hallé una carta, escrita rápido, como si le persiguiera el mismo destino que desde siempre huyó de nosotros.
"Mi vida no es mía", decía. "No puedo regalarte ni un segundo más, aunque te los entregué todos en una noche. Si alguna vez pasas, busca la ventana del ático, donde las rosas nunca mueren. Siempre habrá una para ti".
Maldita promesa. Pude haberme ido, borrar su nombre, convencerme de que sólo fue un sueño de verano. Pero regresé, una y otra vez, ignorando los susurros y el frío que ahuecaba el aire de la ciudad. En el ático, año tras año, las rosas florecían. Algunas veces rojas, a veces marchitas, otras tan blancas como la culpa.
Pregunté a todos pero nadie le conocía, ni camarera, ni boticario. Nadie, salvo una anciana que, en su locura, aseguraba haber visto a un joven que ponía flores cada noche y cabalgaba hacia el río en busca de algo que nadie más podía tocar. "Busca en el agua", dijo. "Allí donde los segundos se apagan bajo las piedras".
Fui al Arno una tarde de invierno, temblando de frío y esperanza. Y allí, en la orilla, hallé una nota dentro de una botella. Reconocí su letra al instante: "No soy de nadie. Y quizás nunca fui tuyo. Pero cada lágrima tuya también será mía, cada fantasía de amor, cada noche desesperada. Vive. Por los dos".
He amado a otros, he enfrentado amaneceres con otras promesas en los labios y otros nombres en mi almohada. Pero hay heridas que supuran eternidad. A veces, entre sueños, vuelvo a sentir la lluvia florentina y el roce de sus dedos. Abro los ojos y la soledad pesa, pero también la certeza de que, aunque efímero, un instante de amor verdadero puede doler toda una vida… y que, aun así, lo elegiría de nuevo.
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