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Portada del relato Susurros en la lluvia de verano
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Fragmento:


Isobel, aferrándose al tronco de un abeto, sintió que el tiempo retrocedía. Esa voz era la misma que había susurrado promesas junto a la chimenea de la vieja cabaña, la misma que en las noches frías se le aparecía en sueños, haciéndole abandonar la esperanza en brazos de la resignación.

Duración: 04:20

Susurros en la lluvia de verano
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A la sombra de un bosque crepuscular, en un rincón apartado del mundo donde el tiempo parecía fluir de manera distinta, Isobel Deane aguardaba. El aire olía a tierra húmeda mientras la lluvia insistía en salpicar los altos helechos y el vapor tibio de su aliento ascendía como el último suspiro de una vela. No esperaba nada menos que la llegada de Evan MacCrae, aunque ya sabía—con ese lúgubre palpito que nace en las entrañas—que ese encuentro sería el último.

Su historia era antigua, y no por los años sino por el peso de todo lo no dicho. Evan había regresado al hogar familiar en las Highlands después de dos décadas, atraído por la carta inesperada de Isobel, su primer amor, la mujer cuya memoria latía como un corazón secreto en cada decisión importante y cada error funesto de su vida. Isobel, por su parte, nunca había abandonado los bosques de Breckran, ni en cuerpo ni en alma, como una raíz demasiado profunda para ser extraída.

Cuando Evan apareció a través de la cortina de lluvia, su abrigo oscuro pegado al cuerpo—el rostro demacrado, los cabellos salpicados de canas y las manos crispadas alrededor de una carta arrugada—Isobel sintió cómo todo su cuerpo temblaba, presa de una esperanza pueril. Aún así, el silencio se mantuvo firme entre ambos hasta que, con voz quedamente ronca, Evan habló: “Lo supe desde el momento en que vi tu letra. Pero debí quedarme lejos.”

Isobel, aferrándose al tronco de un abeto, sintió que el tiempo retrocedía. Esa voz era la misma que había susurrado promesas junto a la chimenea de la vieja cabaña, la misma que en las noches frías se le aparecía en sueños, haciéndole abandonar la esperanza en brazos de la resignación.

“Te he esperado cada día,” dijo ella, la confesión emergiendo como un manantial largamente contenido. “Incluso después de casarme. Incluso después del funeral de Douglas.”

Evan cerró sus ojos, un gesto de dolor y deseo mezclado. Había amado a otra, había construido una vida exigua y correcta a mil millas al sur, pero entre los intersticios de su existencia, entre el amor legítimo y la rutina del deber, Isobel era la grieta luminosa y peligrosa. El tiempo los había separado, y también el infortunio, pero esa grieta nunca se había cerrado del todo.

Se acercaron como cautivos de un hechizo antiguo. La lluvia arreció, impiadosa y fría, empapando sus ropas hasta el alma. Cuando Evan sostuvo el rostro de Isobel, la besó como quien sabe que cada instante es una ofrenda y, al mismo tiempo, un adiós. Sus bocas se encontraron y todo cuanto era gris—el pasado abandonado, los silencios, los años—ardió en ese instante.

“¿Por qué me llamaste ahora?” preguntó Evan, apartándose apenas, observando el hilo de lágrimas que se confundían con la lluvia en el rostro de Isobel.

Ella vaciló. “Porque no hay nadie más que recuerde lo que fuimos. Porque no habrá más tiempo y siempre quise saber si lo nuestro podría sobrevivir a la costumbre y la distancia.”

La confesión quedó suspendida en el aire húmedo, y Evan apretó la carta entre sus dedos. Era el testamento de una pasión secreta, de veinte años de palabras jamás pronunciadas, de besos interrumpidos por el deber. Quizás aún eran los mismos de entonces, o simplemente quienes quedaban tras la erosión de la esperanza.

“Me queda poco, Evan…” musitó ella finalmente, su voz afilada y temblorosa. Él la miró, incapaz de formular preguntas. Isobel, con una resignación casi tierna, le tomó la mano y la posó sobre el hueco de su pecho. Latía aún con la misma intensidad de antaño, pero le pareció a Evan como una flama breve antes del amanecer. “Quería sentir que todo tuvo sentido. Volver a casa. Volver a ti.”

Evan la abrazó con una ternura animal, como si el mero gesto pudiera impedir el avance implacable del destino. Hablaron durante horas bajo la bóveda del bosque, entrelazando recuerdos y confesiones, promesas hechas y rotas. Cuando la lluvia finalmente cesó, el alba los sorprendió abrazados, exhaustos, infinitamente tristes.

De pronto, la tos desgarradora de Isobel —que él reconoció al instante como algo más que nervios o emoción— puso fin al sueño. En unos pocos días, una enfermedad voraz la llevaría; él lo entendió, como se entienden las profecías en las baladas antiguas, sin remedio ni protesta.

Pasaron juntos esas últimas auroras, narrándose la vida que nunca compartieron, besando cicatrices y pecados. Cuando por fin Isobel cerró los ojos para no abrirlos más, Evan la sostuvo, sintiendo bajo sus manos la disolución de todas las eras, el otoño tras un amor que nunca fue completo, pero fue todo lo que tuvo. Así, al borde de la colina donde se conocieron, Evan se quedó solo, con la carta en la mano y la promesa inquebrantable de recordar a Isobel en cada lluvia de verano, en cada susurro del bosque, en cada nuevo amanecer donde lo trágico y lo hermoso se entrelazan por siempre.

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