Fragmento:
Cuando por fin se tocaron, fue bajo una farola fundida y con las camisas pegadas al cuerpo por la lluvia. Serena sintió que el mundo se detenía bajo las sábanas compartidas en hoteles prestados y en recibidores de casa ajena, el mundo reduciéndose a la respiración entrecortada y a unas manos que prometían lo que ninguno sabía dar.
Duración: 03:50
El teléfono vibró en medio de la oscuridad, rompiendo el susurro de la tormenta que azotaba Londres aquella noche. Ella se aferró a la sábana, sintiendo las lágrimas mezclarse con el sudor helado de la duda mientras las gotas martillaban el cristal. El nombre de Adrián, aún grabado con cariño y temor, parpadeó en la pantalla. Era de esos nombres que uno graba a fuego lento, en la parte blanda de la memoria y entre las piernas.
No contestó. Serena dejó que el silencio respondiera por ella; la cobardía era, a veces, un refugio. Cerró los ojos. Todavía podía sentir el perfume a tabaco y menta que lo envolvía, ese olor pegado a sus dedos cuando le acariciaba la clavícula o apretaba su cintura en las madrugadas mudas de la ciudad. Su historia era salvaje y absurda, de esas que sólo pueden sucederle a quienes no quieren vivir dos veces lo mismo.
Se conocieron cinco años antes, en un hospital brillante como una carcajada nerviosa. Serena esperaba noticias de su madre y él acababa de perder a la suya. La muerte —cruel partera— los presentó con café en máquinas y miradas inundadas de ausencia. Adrián le contó, esa misma noche, que sólo los valientes esperan junto a una cama vacía, pero ella supo que era más cobarde que nadie, porque no habría tenido el valor de entrar si su madre hubiera abierto los ojos.
Cuando por fin se tocaron, fue bajo una farola fundida y con las camisas pegadas al cuerpo por la lluvia. Serena sintió que el mundo se detenía bajo las sábanas compartidas en hoteles prestados y en recibidores de casa ajena, el mundo reduciéndose a la respiración entrecortada y a unas manos que prometían lo que ninguno sabía dar.
El amor floreció en territorios prohibidos. Adrián era un hombre casado, padre de una niña con el cabello del color de la miel. La vida fabricó un triángulo de secretos y esperanzas rotas. Serena odiaba mentir, pero amaba perderse entre sus brazos. No era una invitada en esa historia; era la clandestina de sí misma. Amarse era desgarrarse con la misma delicadeza con que se escribe el último verso de una canción triste.
Los meses pasaron con el escozor de quien sabe que el mañana es jaula. Se citaban en hoteles de piel gastada, donde el papel pintado ya estaba cansado de escuchar confesiones. Inventaron mil historias para huir de las preguntas del mundo. Serena vivía esperando el sonido de un mensaje, la promesa de un encuentro, el milagro de verse bajo la luz equívoca de una lámpara desconocida.
Pero el destino es sádico con los apasionados. Un día, el móvil sonó a la hora equivocada y la esposa de Adrián escuchó lo necesario. Los secretos nunca envejecen en paz. La hija lo miraba con la incomprensión de quien no sabe el dolor que corre por debajo de la piel. Serena supo que era el final sin siquiera escuchar la última palabra; no es necesario escuchar un portazo para entender que los cimientos de la vida se han resquebrajado.
Aquella noche, la noche de la llamada, Serena se quedó abrazada a sí misma, paladeando el veneno dulce de la despedida que nunca fue pronunciada. El amor, pensó, no es un acantilado donde se salta sin miedo; es un precipicio al que se acude sabiendo que el vuelo es corto y el dolor largo. No lloró más, porque las lágrimas pertenecen a los confesables, y ella ya no podía pronunciar el nombre de Adrián sin tragarse cada letra como una bala.
Pasaron años. Hubo otros cuerpos, otras llamadas. Pero nada borró el olor de aquella noche, el roce de las manos heladas, la música ahogada de las promesas rotas a media voz. El amor, quizás, no es más que la memoria de una herida bien abierta; la certidumbre de que fuimos capaces de amar aunque no supimos terminar de hacerlo.
Afuera, la lluvia seguía cayendo. Dentro, Serena cerró los ojos al tiempo, a los “y si”, y abrazó la sombra feroz de su historia. Porque hay amores que no terminan, solo aprenden a callar.
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