Fragmento:
Hacía apenas diez días que había regresado a la casa de su abuela, tras la muerte de la anciana, y el lugar tenía un eco de secretos guardados. La vieja cabaña se alzaba, tozuda y austera, en la orilla, rodeada de árboles centenarios y piedras musgosas que parecían observar cada uno de sus movimientos. Había algo en la quietud de esas noches —una presencia– , como una respiración lejana, devorando el silencio.
Duración: 04:00
El viento acariciaba con dedos fríos la piel desnuda de Ileana. Bajo la luna, el lago se extendía como un espejo opaco, reflejando fragmentos rotos de nubes, y ella apenas sentía el peso de sus pasos descalzos sobre la hierba húmeda. El aire olía a tierra y promesas antiguas, y su corazón latía al ritmo de algo que no estaba lista para nombrar.
Hacía apenas diez días que había regresado a la casa de su abuela, tras la muerte de la anciana, y el lugar tenía un eco de secretos guardados. La vieja cabaña se alzaba, tozuda y austera, en la orilla, rodeada de árboles centenarios y piedras musgosas que parecían observar cada uno de sus movimientos. Había algo en la quietud de esas noches —una presencia– , como una respiración lejana, devorando el silencio.
Esa noche fue diferente. Mientras Ileana caminaba hacia el embarcadero casi devorado por la hiedra, sintió el inconfundible escalofrío de no estar sola. El rumor del agua agitándose la atrajo. Agachada, vio la extraña luminosidad que emergía entre las ondas oscuras, separándose de la sombra como si la propia luna hubiera dejado caer un trozo de su alma al lago.
Entonces surgió él, tan imposible como hermoso. Sus ojos, grises como la tormenta, la miraron sin pestañear mientras los cabellos húmedos despeinados le caían sobre el rostro. Ileana dio un paso atrás, pero el desconocido no parecía representarle peligro. Al contrario: de su figura emanaba una tristeza tranquila que destilaba confianza.
“¿Quién eres?” La voz de Ileana se quebró en el aire.
Él sonrió con una lenta melancolía, y sus palabras rozaron su oído con un acento que parecía esculpido en piedra y viento. "No sé, o quizás lo he olvidado. Solo recuerdo esperarte."
El tiempo para Ileana perdió su significado. Días y noches se confundieron en conversaciones junto al lago, en gestos compartidos, y miradas silenciosas bajo las estrellas. El hombre, a quien Ileana llamó Samir, tenía una ternura feroz y vulnerable. Su tacto era frío como la corriente, pero su mirada ardía. Pronto, ella notó que Samir nunca cruzaba la puerta de la casa ni se aventuraba lejos del borde del agua.
El amor entre los dos nació como un susurro —un temblor en el pecho, el roce de los labios húmedos en la niebla previa al alba. Ileana podía sentir una energía antigua palpitar bajo la piel de Samir cada vez que lo abrazaba, como si, por un instante, ella pudiera escuchar el rumor de todos los ríos y océanos lejanos.
Una madrugada, cuando el cielo apenas sangraba luz, Ileana lo vio desaparecer como un reflejo en la superficie, desdibujado. Buscó en los diarios y cartas de la abuela, y halló un relato muy antiguo: cada generación, una joven del linaje debía custodiar el secreto del guardián del lago, un espíritu caído de la frontera entre dos mundos, destinado a proteger, pero también a buscar el eco de su alma en la de ellas. La abuela advertía: “El deseo puede romper el velo y condenar o liberar a ambos.”
Ileana comprendió. El amor era su llave y su condena. Esa noche, al borde de la desesperación y el anhelo, decidió arriesgarlo todo. Se adentró en el lago, dejando que el agua la envolviera, extendiendo la mano hacia la forma inhumana que la aguardaba bajo la superficie. “No quiero recordar más soledad,” susurró mientras la boca de Samir encontraba la suya en una unión voraz y dulce, un acto de rendición y poder.
La frontera entre ambos mundos despertó, ondulando en destellos luminosos mientras sus cuerpos se fundían entre la espuma y la bruma. El placer era un pulso antiguo y feroz, llevándola al borde de olvidar incluso el propio nombre.
Al alba, Ileana abrió los ojos en la orilla; su piel brillaba con un fulgor leve, agua y carne trenzados. Junto a ella, Samir respiraba hondo, tan real como la luz del día. Aferrados, comprendieron que el amor era su exilio y su renacimiento, y que la eternidad, en los brazos del otro, podría ser la recompensa última por atreverse a cruzar la sombra.
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