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Portada del relato Susurros en la Camelia
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Fragmento:


Era medianoche cuando Leonora ascendió los escalones de la abadía de Ceniza, con la falda levantada por la brisa y el encaje de su cuello arremolinándose a la altura de la garganta. El malecón, falto de luz, parecía replegarse bajo la pátina salobre de la niebla, uyendo del convento con el escurridizo encogimiento de una bestia vieja y rendida. Allí, entre las ruinas de las camelias, las sombras se apiñaban densas como murciélagos, y los tapices desteñidos de hiedra cubrían hasta las ventanas aboceladas, acaso para velar lo innombrable bajo ese palacio despellejado por las calamidades. Leonora, de mano enfundada en guante blanco, sujetaba la carta a su pecho, esa misiva que aún olía a almizcle y a mirto, y la tinta parecía latir como el corazón de la casa misma.

Duración: 05:58

Susurros en la Camelia
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Era medianoche cuando Leonora ascendió los escalones de la abadía de Ceniza, con la falda levantada por la brisa y el encaje de su cuello arremolinándose a la altura de la garganta. El malecón, falto de luz, parecía replegarse bajo la pátina salobre de la niebla, uyendo del convento con el escurridizo encogimiento de una bestia vieja y rendida. Allí, entre las ruinas de las camelias, las sombras se apiñaban densas como murciélagos, y los tapices desteñidos de hiedra cubrían hasta las ventanas aboceladas, acaso para velar lo innombrable bajo ese palacio despellejado por las calamidades. Leonora, de mano enfundada en guante blanco, sujetaba la carta a su pecho, esa misiva que aún olía a almizcle y a mirto, y la tinta parecía latir como el corazón de la casa misma.

La abadía albergaba a Edmond de Ravenholme, habitante y fantasma a partes iguales, cuyas cartas eran tan afiladas como sus secretos. Decían que su retrato se deformaba por las noches, que el fuego de las velas en su estudio jamás menguaba aunque el viento tumbara los candelabros. La lluvia, en vísperas de tormenta, apresuraba a los criados a esconderse, pero eso no acogotaba a Leonora ni sofocaba la pulsión carnal que le había lavado el rostro de rubor y llenado el estómago de insectos ardientes.

Dentro, el eco de sus pasos sobre las losas marmóreas era música de exequias. Un gato negro, largo y zarrapastroso, le cruzó el camino; sólo Lawrence, el mayordomo, aguardaba en el vestíbulo con la dignidad enfrentada al desastre.

—Él la espera en la galería de los tapices, señorita —susurró apenas, yéndose con el rumor de un ala desgarrada.

El aire estaba preñado de los murmullos de la humedad, y atravesando el claustro, Leonora sintió en su carne el roce invisible de las historias dichas en media voz: el ahorcado de la torre, la nodriza envenenada, el jardín donde nada crecía salvo camelias rojas. Al fondo, bajo la bóveda arácnida del artesonado, lo avistó. Edmond, impasible al tiempo, teñido por el humo de una lámpara. La belleza de los Ravenholme era corrupción: tan fina que cortaba, tan extrañada que sólo podía ser calidez en los inviernos de la desesperación y hielo en la fiebre de los estíos. Su mirada, un pozo de añil, se clavó en Leonora con un ansia apenas contenida.

—No creí que vendrías —dijo él, voz daliniana, gruesa y quebradiza como el terciopelo mohoso bajo sus pies—. ¿Has leído lo que te propongo?

Leonora sostuvo la carta ante su pecho, con el rubor extendiéndose como vino derramado. El lenguaje era tan explícito, tan voraz y desesperado, que habría ruborizado a las estatuas. Edmond pedía su complicidad en un juego de sombras y pasión, un encierro voluntario hasta la llegada de la aurora, mientras la casa quedaba a expensas de su propio pulso de ruina y deseo.

—Lo he leído —susurró ella—. Y sólo preguntaré una vez: ¿Soñarás conmigo antes de devorarme, o después?

Él sonrió, fiero y frágil, y la invitó a sentarse junto a la lumbre, donde dos copas de ajenjo temblaban sobre la mesa. Los leños ardían con un bramido bajo, casi humano. Edmond la observó beber, y durante ese instante, el mundo se anegó en el perfume indefinible del secreto compartido. La noche, desmadejándose fuera, les cubrió con su luto amable. Sobre sus rodillas, Leonora dejó que Edmond deslizara una mano enguantada por la piel de un muslo desnudo; la tela cedió, su voluntad no.

Los tapices, bordados con viejas escenas de caza y frondas enloquecidas, parecían vigilar la caricia inverosímil que cruzó sus carnes. Leonora, divertida por el delirio, retó a Edmond con una mordida en el cuello, un rastro de dientes como firma y oráculo. Él rio, la sangre más dulce que el ajenjo, y los dedos —ágiles, exquisitos— despeinaron la maraña de su cabello.

—Te advertí del precio —le dijo al oído—. Aquí, nada sale vivo, ni los ángeles ni las bestias.

—Entonces, no salgamos vivos —contestó ella, abriéndose de la camisa de encaje como quien estira el borde de una confesión.

El tiempo en aquella casa era un animal que lamía sus propias cicatrices. Durante su abrazo, la abadía los envolvió, sollozante monumento a la memoria y el anhelo. Leonora recorrió con la boca la espiral de una vieja cicatriz en el pecho de Edmond; él, en respuesta, la marcó con mordiscos allí donde el corazón golpeaba con una rabia nueva, bautizándola no en lo santo, sino en lo ardiente y prohibido.

Bajo la luna, la galería se llenó de sus respiraciones entrecortadas. La pasión era lento incendio en las ropas, el tacto una exploración de fronteras siempre movedizas. Las bóvedas de la abadía, acostumbradas al rezo, reverberaban ahora plegarias eufónicas, el claroscuro del deseo.

Cayeron, tumbados sobre la alfombra heredada de crímenes y absoluciones, los cuerpos luchando contra el desencanto que asedia cada nueva oleada de placer. Podría decirse que allí no yacían dos mortales, sino dos mitologías, entrelazadas en la promesa de que la noche, finalmente, sabría de redención.

Fue al alba cuando Leonora, envuelta aún en el sudor y la ceniza de su entrega, sintió la herida dulce de una revelación. Edmond dormitaba a su lado, hermoso y terrible, y en la ventana abierta maullaba el gato negro, centinela insomne de lo imposible. No habría futuros insulsos, ni caminos fáciles. Pero en la ceniza, bajo la amargura de la resaca, ardía todavía el rescoldo de algo irrenunciable: la capacidad de perderse en otro, aunque sólo fuera hasta que la próxima tormenta volviera a reclamar la casa y sus secretos.

Seguro moriría allí, alguna noche de diciembre. Pero, mientras tanto, sería reina en el exilio de su propio deseo.

La abadía y Edmond dormirían, y la bruma, siempre fiel, sellaría bajo su manto el escándalo y la gloria de ambos: ignorados por el día, eternos en las fiebres del crepúsculo.

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