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Portada del relato La noche y el nombre de Lord Elmsworth
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Fragmento:


El reloj de la capilla resonaba en medio del frío mármol y la penumbra tamizada por candelabros: eran las doce y el rostro de Lady Geneviève Lambert desaparecía tras la celosía de su velo, oculta, como lo requería el ritual. Nunca pensó que su vida, tan severamente marcada por la rutina cortesana, encontraría en aquellas salas sombrías la libertad que un corazón vigilado anhelaba.

Duración: 03:50

La noche y el nombre de Lord Elmsworth
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El reloj de la capilla resonaba en medio del frío mármol y la penumbra tamizada por candelabros: eran las doce y el rostro de Lady Geneviève Lambert desaparecía tras la celosía de su velo, oculta, como lo requería el ritual. Nunca pensó que su vida, tan severamente marcada por la rutina cortesana, encontraría en aquellas salas sombrías la libertad que un corazón vigilado anhelaba.

Era 1812 y los jardines del Palacio de Wellesmere no conocían secretos para ella, excepto un sendero cercado de bojes, donde una puerta de hierro separaba el abismo de la fama y la sencilla gloria de un sentimiento. Allí le esperaba Augustus, duque y heredero, tan prodigio del arte de acallar las emociones bajo un porte imperturbable como ella misma era en el arte de leer lo no dicho.

Se conocieron bajo pretextos anodinos: un libro caído, una palabra mal pronunciada durante una cena, la mirada que brota de la coincidencia. Pero en la corte, donde la sospecha florece casi tan rápido como las rosas en mayo, el rumor de que un culto secreto, compuesto solo por unos pocos elegidos del círculo íntimo, celebraba liturgias nocturnas en honor a Eros, extendió su sombra.

Geneviève, viuda de juventud, era la dama más solicitada en los salones, codiciada y observada, imposible para el deseo común. Su corazón, sin embargo, era un jardín descuidado. Augustus —el duque, el “rey de los suspiros” como susurraban las doncellas junto al piano— la admiraba no por lo que representaba, sino por lo que había percibido en una noche singular, cuando después de un baile vio a la joven reconfortar a una sirvienta afligida por la muerte de un hermano.

La noche más esperada por los adeptos del culto se acercaba. Reunidos, siguiendo una antigua costumbre importada subrepticiamente de los misterios de Eleusis, solo los que carecían nada y soñaban todo podían presenciar el juramento. Geneviève, vestida de satén negro, avanzó entre las columnas de mármol, el murmullo de telas y la fragancia del incienso, hasta el altar donde el duque aguardaba sin máscara.

Su voz —flor deshojada en el viento— recitó la letanía: “Amarás en secreto y sólo en secreto serás libre”. Lausperene, la sacerdotisa, indicó a Augustus colocar una cadena de oro sobre la muñeca de Geneviève, delicada atadura que sólo debía romper el amor recíproco y absoluto.

Los corazones de los presentes susurraron su acatamiento, atónitos por el arrojo de exponer así sus almas. Algunos olvidaron sus votos tras aquella noche; otros huyeron. Ella y Augustus, sin embargo, se encontraron a la sombra del viejo invernadero a la mañana siguiente, buscando el perdón por un lazo que desafiaba las convenciones de sangre y estirpe.

El culto fue descubierto, y pronto el escándalo cruzó los muros del palacio. Geneviève fue invitada a retirarse al campo; Augustus, sujeto a la desaprobación de la reina madre, fue relegado a su finca en Cornualles. Pero lo que germinó aquella noche creció en silencio: cartas guardadas en doble fondo, versos escritos solo para ser quemados. Hasta que, diez años después, una anciana dama, delicada, de ojos aún vivos pese al tiempo, vio llegar a su puerta a un caballero de cabellos ya entreverados de gris.

“¿Recordáis —dijo él, alza el brazo y muestra aún la marca de la cadena al abrir el broche de su guante— el juramento que nos hizo libres?”

Geneviève lo miró, su sonrisa era la suma de todas sus noches insomnes y de todos los suspiros robados al deber:

“Sólo el amor secreto es absoluto, Augustus; ahora podemos gritarlo como si fuese la primera vez.” Y el culto, abolido por la razón y la fuerza, sobrevivía aún, perpetuado allí donde dos corazones sabían reconocer la libertad bajo la noche y el nombre de quien fue, para ella, su verdadero rey.

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