Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Edición limitada de la novela Anatema.
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato Bajo el Cielo de Invierno
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Fragmento:


El mayordomo abrió la portezuela con una inclinación respetuosa y la condujo hasta el vestíbulo de Thornhill Manor, una majestuosa propiedad cuyos muros parecían guardar secretos centenarios. Era principios de 1812, y las rígidas normas de la sociedad londinense la habían exiliado, marcándola por un atrevimiento apenas confesable: había besado a un hombre bajo un rosal encarnado.

Duración: 04:47

Bajo el Cielo de Invierno
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El carruaje se detuvo entre la bruma que cubría los bosques de Hampshire, el repiqueteo de las gotas suaves sobre el techo mezclándose con el temblor sutil del corazón de Arabella. Había dejado atrás la comodidad de su hogar y los susurros de una cortesía ya gastada, adentrándose en una vida donde el futuro era incierto, y la pasión aguardaba entre las sombras.

El mayordomo abrió la portezuela con una inclinación respetuosa y la condujo hasta el vestíbulo de Thornhill Manor, una majestuosa propiedad cuyos muros parecían guardar secretos centenarios. Era principios de 1812, y las rígidas normas de la sociedad londinense la habían exiliado, marcándola por un atrevimiento apenas confesable: había besado a un hombre bajo un rosal encarnado.

El aire del recibidor olía a cera de miel y madera antigua, y mientras se desprendía el manto de terciopelo, Arabella sintió la mirada de un extraño fijas en ella. Lord Tristan Somerset, Conde de Ashbury, no se molestó en ocultar su escrutinio. Sus ojos grises reflejaban la tormenta que rugía más allá de los ventanales, y cuando sus dedos rozaron los suyos en una breve presentación, una corriente eléctrica recorrió la espalda de ella. Perdida por un instante en esos ojos, no supo cuál era el marco más peligroso: la severidad de su anfitrión, o la promesa de liberación que chispeaba en ellos.

A la hora de la cena, la mesa estaba dispuesta con toda la fastuosidad de la nobleza: candelabros flamígeros, plata resplandeciente y un silencio pesado, sólo interrumpido por el tintineo de las copas. Lord Somerset apenas probó bocado; sus dedos, largos y refinados, giraban la copa en un vaivén casi hipnótico mientras la estudiaba. "¿Sabéis, señorita Lennox, lo que la gente susurra sobre vos en Londres?", preguntó finalmente, su voz aterciopelada y profunda.

Arabella tragó, desafiante. "Lo suficiente para no temer ya lo que puedan decir."

Una media sonrisa apareció en los labios de Tristan. "La osadía puede ser peligrosa en estos tiempos."

Ella levantó la barbilla, los labios entreabiertos. "La vida, Lord Somerset, es demasiado breve para vivir en el temor."

Un destello de aprobación alumbró los ojos del conde. Tras la cena, la invitó a recorrer la casa. Entre retratos y estatuas que sugerían besos robados y pactos silenciados, llegaron al invernadero que, perfumado de jazmines y gardenias pese a la tormenta, era el rincón favorito del conde. Allí, rodeados de un silencio sólo roto por el trueno lejano, le tomó la mano.

"No debéis temerme", murmuró él, el aliento cálido contra la piel de su muñeca. "Pero sí respetar los peligros de mis deseos."

Arabella, ardiendo en una mezcla de incertidumbre y embrujo, no apartó la mirada. "Tal vez busco justamente eso: los límites de mi propio deseo."

Esa noche, dormida en una cama demasiado ajena, los pasos del conde resonaban en su imaginación junto con el latido frenético bajo sus costillas. Luchó contra el impulso de buscarlo, pero la casa parecía empujarla hacia él. Arabella, descalza, caminó por galerías oscuras, atraída por la luz vacilante en la biblioteca.

Somerset esperaba junto a la chimenea. No dijo palabra mientras ella avanzaba, pero la brutal ternura con la que la atrajo entre sus brazos borró todas las reglas que ella había jurado respetar. Sus labios, al principio un roce dubitativo, se tornaron exigentes; sus cuerpos se aferraron en la penumbra mientras la tormenta rugía afuera. Entre susurros y jadeos, Arabella comprendió que la pasión, en sus manos, era una embriaguez tanto más exquisita porque era prohibida.

Durante las semanas siguientes los encuentros furtivos aumentaron en intensidad. Somerset tenía cicatrices ocultas, heridas en la piel y el alma, y cada noche permitido deshacer un poco más su férreo autocontrol. Arabella descubría el poder de sus propios deseos, la dulzura incendiaria de los amaneceres fundidos en cuerpos enredados entre sabanas de lino frío.

El escándalo no tardó en llegar. Una carta inconfundible, con el sello de cera roja de la madre de Arabella, advertía de la inminente llegada de un primo decidido a 'rescatar' su honor. Somerset, altivo, ofreció matrimonio, pero ella deseaba más que un enlace obligado.

"¿Teméis perderme?", susurró Arabella, desnuda entre los brazos del conde, la madrugada enrojeciendo el horizonte tras los cristales.

"No", murmuró él, besándole la frente. "Temo perderme a mí mismo en vos, y no querer regresar jamás."

Finalmente, juntos frente al fuego, sellaron su destino. Y aunque el escándalo fue inevitable, la fuerza de su unión sobrevivió a murmuraciones y enemigos. Nadie nunca supo, salvo ellos, lo que un susurro en la niebla y un encuentro prohibido pueden precipitar: un amor más valeroso y ardiente que cualquier convención o promesa rota.

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