Fragmento:
Una noche de otoño, mientras el viento silbaba fuerte y hacía crujir las verjas, Matías encontró en el último escalón a una señora anciana, tan encogida que parecía haberse convertido en parte de la piedra. Se llamaba Eulalia. Él no supo cómo había llegado, ni por qué, pero tampoco preguntó enseguida. Ambos quedaron un largo rato mirando la campana temblar, como si las respuestas pudieran llegar con la brisa.
Duración: 04:08
Había una vez en un pueblo pequeño, al pie de una colina cubierta por olivos viejos, un hombre llamado Matías. Matías era sacerdote, pero antes de asumir su rol en la parroquia, años atrás, había sido zapatero. Nunca olvidó el olor del cuero ni el sonido seco del martillo golpeando la horma de madera. Solía pensar, en sus momentos de oración, que si en vez de rezar todas las mañanas se dedicara a remendar zapatos, aliviaría más sufrimiento en su gente. Pero también había aprendido que el alma lastimada no siempre mostraba su grieta en la suela.
Matías tenía una costumbre. Cada viernes, después de la última confesión, subía a la torre de la iglesia, donde nadie lo seguía. Sabía que pocos llegaban a lo alto. El camino era estrecho y oscuro, los escalones gastados por siglos de pasos tímidos. Muchos decían que en la cima vivía el murciélago del campanario y se mantenían bien alejados. Pero Matías encontraba allí su verdadero refugio.
Una noche de otoño, mientras el viento silbaba fuerte y hacía crujir las verjas, Matías encontró en el último escalón a una señora anciana, tan encogida que parecía haberse convertido en parte de la piedra. Se llamaba Eulalia. Él no supo cómo había llegado, ni por qué, pero tampoco preguntó enseguida. Ambos quedaron un largo rato mirando la campana temblar, como si las respuestas pudieran llegar con la brisa.
Finalmente, Eulalia habló. “Hace años, cuando era niña, subí aquí para mirar el pueblo entero. Mi padre me sostenía la mano, y me dijo que desde lo alto uno podía ver todos sus pecados y todas sus virtudes, como si estuvieran en una balanza que sólo Dios puede ver.” Matías sonrió. “¿Y qué viste tú esa vez?” preguntó. Eulalia suspiró: “Vi miedo. Vi mi miedo, su miedo… el miedo de todos.”
El sacerdote pensó entonces en sus propias dudas. Recordó la sensación de desamparo de aquel joven que venía a pedirle consuelo por el suicidio de su hermano; la culpa de la madre que había robado para alimentar a su hijo; la soledad del anciano que pedía perdón por haberse alejado de su familia. Comprendió que aquel miedo era hilo invisible uniendo a cada uno de ellos, bajo el mismo techo del dolor y la esperanza.
Con delicadeza, Matías le preguntó a Eulalia si deseaba bajar. “No,” respondió ella. “Esta noche vine aquí a dejar mi miedo. Ya no quiero cargarlo más. ¿Podrá esta torre guardarlo por mí?” Matías dudó. No conocía rito ni oración para eso. Pero pensó: a veces Dios no está en las palabras, sino en los actos sencillos. Así que solamente tomó la mano arrugada de Eulalia y juntos miraron hacia el pueblo brillante por las luces y la niebla.
En la conversación que siguió, no hablaron de mandamientos ni de santos, ni siquiera de perdón. Hablaron de los limones del jardín de Eulalia, de la lluvia y del calor, de un viejo gato llamado Simón. Matías sintió que esa charla era, de algún modo, una plegaria. Pensó que, si de verdad existía un juicio último, tal vez Dios miraría más esas pequeñas confesiones, los miedos y los amores cotidianos, que las grandes palabras dichas de rodillas.
Al bajar los escalones, Matías ya no sentía el peso de su propia incertidumbre. Descubrió que, en vez de cargar la fe como un deber, podía simplemente compartirla, igual que ese silencio en la torre o la risa contenida por el frío. Por primera vez entendió que un sacerdote, como un zapatero, alivia los dolores que podemos ver y otros que sólo se intuyen, y que en cada persona con quien comparte sus días hay una oportunidad de que ambos dejen algo de su miedo y reciban, aunque sea en silencio, un poco de consuelo.
Cuando regresó a la parroquia y encendió la vela del altar, no rezó palabras aprendidas. Elevó su pensamiento sencillo y humilde, agradecido porque esa noche en la torre había recordado, junto a Eulalia, que la fe más verdadera es la que nos permite soltar el miedo y seguir amando, aún a ciegas, a pesar de la oscuridad. Tal vez, pensó Matías, ese sea el verdadero milagro escondido en la vida de los adultos: atreverse a seguir subiendo escalones, incluso cuando creemos que ya no tenemos fuerzas, y descubrir que en lo alto nunca estamos realmente solos.
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