Fragmento:
Un día, un hombre de rostro curtido entró después del anochecer. No era sacerdote, ni monje, ni siquiera parecía tener un lugar claro en el mundo; traía colgada una bolsa de viaje y, sobre sus hombros, la sombra de muchas derrotas. Se sentó a mi lado sin mirarme. Permanecimos en silencio largo rato, ambos recogidos en la penumbra. Finalmente, me habló sin apartar la vista del altar.
Duración: 04:20
Todavía recuerdo la primera vez que sentí la presencia de lo invisible. Yo era ya un hombre maduro, acostumbrado a las costumbres de mi ciudad, a los periódicos de la mañana, al ruido constante de vehículos y a ese silencio denso que se instala cuando terminan las conversaciones y el café se enfría. Aquella tarde, mientras caminaba por un barrio antiguo, resguardado en la sombra larga de los cipreses, escuché el repicar lejano de campanas. Eran las seis, y apenas un puñado de fieles cruzaba la plaza hacia el templo. Sin pensar mucho, crucé la puerta pesada, esperando tal vez encontrar quietud o, simplemente, el frescor inmutable de las paredes de piedra.
La iglesia estaba vacía salvo por una anciana arrodillada bajo una virgen sin rostro. Al fondo, el candil tembloroso iluminaba un rincón donde el confesionario se mantenía como una jaula oscura. Me senté en uno de los bancos y dejé que mi respiración se acompasara al murmullo lejano del incienso. Cerrando lentamente los ojos, pude bucear bajo la superficie de mi día, y en ese abismo breve sentí, por vez primera, el verdadero peso del silencio.
Comencé a ir allí con frecuencia. A veces para escapar del bullicio, otras porque me era necesario buscar respuestas que nadie más podía darme. Durante semanas fui testigo de rituales sencillos: mujeres encendiendo velas para hijos lejanos, hombres con gestos torpes intentando una oración, niños susurrando deseos a imágenes desgastadas. Aprendí a quedarme quieto, a escuchar el trance del humo y la respiración de quienes buscaban lo mismo que yo: consuelo y sentido.
Un día, un hombre de rostro curtido entró después del anochecer. No era sacerdote, ni monje, ni siquiera parecía tener un lugar claro en el mundo; traía colgada una bolsa de viaje y, sobre sus hombros, la sombra de muchas derrotas. Se sentó a mi lado sin mirarme. Permanecimos en silencio largo rato, ambos recogidos en la penumbra. Finalmente, me habló sin apartar la vista del altar.
—Aún crees que estás solo aquí dentro, pero solo somos dos huéspedes atravesando una casa ajena. ¿Para qué has venido?
No conocía la respuesta entonces. Confesé que buscaba calma, y él asintió como si esa verdad ya la hubiera esperado.
—La calma es un animal tímido. Si la encuentras aquí, puede volverse costumbre —susurró—. Pero si la buscas fuera, puede volverse un viaje sin regreso.
Desde aquel día, comencé a salir de la iglesia y recorrer las calles de la ciudad con otra visión. Descubrí que los milagros no son prodigios monumentales, sino breves gestos: una madre compartiendo pan con un desconocido, un anciano que acaricia la cabeza de un perro vagabundo, la mano extendida de un amigo en plena tormenta. Vi que las calles también estaban llenas de esa presencia invisible, atenta, susurrante, hecha del material con el que se forja toda fe verdadera.
El hombre de la bolsa viajera volvió varias noches. Conversamos sobre viajes, sobre pérdidas, sobre lo que nos queda cuando la esperanza parece haberse agotado. Un amanecer, me confesó que había amado profundamente y que había perdido con la misma intensidad. A pesar de ello, nunca había dejado de caminar, ni de buscar en cada esquina de ciudad un mensaje oculto.
—Todos llevamos dentro un altar invisible —dijo—. Lo encendemos con dudas, con gratitud, con nuestros propios miedos. Cuando se apaga, no hay dios ni diablo que lo encienda por nosotros. Solo nuestro deseo de volver a creer.
En aquellos días aprendí que la fe, o como cada uno decida llamarla, no es una certeza, sino un viaje sostenido en la duda. Empecé a mirar mis propias heridas con compasión. Agradecí por las veces que estuve perdido, porque en ellas había crecido la raíz tenaz de quien busca sin encontrar, pero sigue adelante porque caminar también puede ser una forma de oración.
Años después, el hombre con la bolsa desapareció. Supongo que siguió su camino, llevando nuevas preguntas hacia otra ciudad. La iglesia quedó, como el eco de lo vivido. A veces regreso y, solo, me siento bajo el árbol del patio del templo y escucho el rumor de las ramas movidas por el viento. Sé que todo sigue allí: la ciudad, el silencio, la búsqueda. Y cada vez que cierro los ojos, me reconozco como uno más entre los que caminan, sabiendo que la lámpara que busco se enciende y apaga, una y otra vez, bajo la piel transparente del alma humana.
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