La chica del lago
Tras la puerta
Dire Bound. Alma de lobo
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Portada del relato El sabor del té nocturno
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Fragmento:


“En mi juventud,” empezó, “viví en la ciudad y mis días eran ruidosos. El mercado, los gritos, los carros y el bullicio me llenaban de impaciencia. Un día, mi maestro me llevó a caminar al río. Caminamos sin hablar y, al llegar a la orilla, recogimos una piedra cada uno. Él la lanzó al agua y la corriente la arrastró río abajo, apenas visible. Yo le pregunté: ‘¿Por qué lanzamos piedras sin razón?’ Él sonrió y me dijo: ‘Tus pensamientos son esas piedras, y vives lanzándolos al río de tu vida. Hazlo con consciencia, y cada uno será una plegaria o una bendición. Hazlo sin consciencia, y solo habrá ruido en el agua’.”

Duración: 05:30

El sabor del té nocturno
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La noche había caído suavemente sobre el pequeño templo situado en la ladera de la colina. Las lámparas de aceite resplandecían con una luz delicada, titilante, que parecia danzar con cada brisa que pasaba entre las cortinas de papel. En el centro de la sala principal, sentado sobre un fino estera de paja, el anciano maestro Tam contemplaba la llama diminuta de su linterna, mientras a su alrededor sus discípulos aguardaban en silencio, atentos como árboles en un bosque sereno. La fragancia del incienso se mezclaba con el aroma del jazmín, y en todas partes se sentía un aire de expectación, como si el mundo no respirara sino esperara el próximo suspiro sagrado de la tierra.

El maestro Tam sostenía un cuenco de té humeante entre sus manos. Sus ojos, ajados por los años y habitados por una profunda compasión, recorrían el círculo de rostros. En ese momento, no era un maestro enseñando a discípulos; simplemente, eran personas reunidas para compartir la quietud del ser, la intimidad de estar vivos juntos. El maestro levantó el cuenco sin prisa y convidó a todos: “Bebamos este té en silencio. Que cada sorbo sea un puente hacia el encuentro con uno mismo.”

Así empezaron: una sorbo, una respiración. Algunos discípulos notaron al principio el sabor amargo de las primeras hojas, y otros la dulzura que brotaba después como el eco del sol tras la tormenta. Uno pensó en sus padres, ausentes hacía tiempo; otra sintió la presencia amorosa de su hija, dormida en casa bajo el resguardo de los abuelos. Mientras bebían, el maestro Tam comenzó a contar, no historias de dioses ni de seres heroicos, sino relatos pequeños, sencillos y profundamente humanos.

“En mi juventud,” empezó, “viví en la ciudad y mis días eran ruidosos. El mercado, los gritos, los carros y el bullicio me llenaban de impaciencia. Un día, mi maestro me llevó a caminar al río. Caminamos sin hablar y, al llegar a la orilla, recogimos una piedra cada uno. Él la lanzó al agua y la corriente la arrastró río abajo, apenas visible. Yo le pregunté: ‘¿Por qué lanzamos piedras sin razón?’ Él sonrió y me dijo: ‘Tus pensamientos son esas piedras, y vives lanzándolos al río de tu vida. Hazlo con consciencia, y cada uno será una plegaria o una bendición. Hazlo sin consciencia, y solo habrá ruido en el agua’.”

El grupo escuchaba, ahora envuelto en la densidad serena de la noche y el significado silencioso de ese acto simple. Uno de los discípulos, incapaz de contener su inquietud, intervino: “Maestro, yo rezo cada día. Cierro los ojos y recito las oraciones que aprendí de niño, pero en mi corazón siento un vacío, como si esas palabras se deslizaran por mi mente y desaparecieran en el aire, sin dejar huella. ¿Cómo puede la oración llenarme de paz si solo es una repetición de sonidos?”

El maestro Tam colocó su taza en el suelo y miró el fuego diminuto en su linterna. “La verdadera oración,” respondió, “no es un hilo de palabras que tejemos en el aire, sino la quietud que sentimos al reconocer que estamos vivos y presentes. Cuando caminas, camina con tu oración. Cuando respiras, hazlo como si toda la vida dependiera de ese aliento. La práctica más poderosa no está en las palabras, sino en el despertar de tu presencia en este momento.”

Al decir esto, la lluvia comenzó a golpear suavemente el techo de tejas. Afuera, el viento jugueteaba entre los árboles y la noche parecía envolverlos con una manta tibia de misterio. Los discípulos cerraron los ojos, guiados por el consejo del maestro, y respiraron juntos, como si fueran uno solo, como si el universo entero se recogiera en esa sala pequeña y humilde, en la cima del mundo.

En la esquina, una anciana que rara vez hablaba alzó su voz, apenas perceptible: “A veces creo que mis errores me separan del amor profundo. Siento vergüenza y me oculto detrás del pudor y el silencio.” El maestro Tam le dedicó entonces la más amable de sus sonrisas y dijo: “Nadie en este mundo está separado del amor verdadero. Solo necesitamos, cuando sintamos vergüenza, recordar que incluso la flor de loto nace en el barro más oscuro. Nuestras imperfecciones son la puerta de entrada a la compasión, no su impedimento.”

La lluvia seguía, persistente y suave, como si la naturaleza misma estuviera acariciando al grupo reunido. Poco a poco, la tensión en los corazones se disolvió y una ligereza nueva inundó el espacio. Al concluir el encuentro, cada cual salió del templo en total silencio, como si llevaran en las manos una llama que no debía extinguirse con palabras inútiles. Uno a uno descendieron la ladera, bajo la protección generosa de la noche, comprendiendo en lo más recóndito de sí mismos que la vida entera, incluso en su cotidianidad y sencillez, era la oración más sagrada, el acto religioso por excelencia, un milagro renovado con cada respiración y cada paso consciente.

En la puerta del templo, el maestro Tam se quedó de pie observando las luces que poco a poco se perdían entre los árboles. Cerró los ojos, llevó a sus labios el último resto de su té, y ofreció su gratitud al instante que se le había concedido. Sintió, bajo la lluvia, en medio del silencio, la infinita interconexión de todas las cosas: la tierra, el cielo, el agua, el fuego, los seres humanos y el misterio sin nombre que los cobijaba a todos. Porque, al final, todas las preguntas y todas las respuestas se disuelven en una copa de té compartida bajo el rumor sereno de la noche.

La chica del lago
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