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Portada del relato Cuando los relojes callan
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Fragmento:


Dobló una esquina y sintió cómo los sonidos y movimientos del mundo retrocedían, no porque el lugar fuera diferente, sino porque una paz misteriosa comenzó a envolverlo. Era el mismo parque urbano de siempre, y aun así, en aquel instante, sintió que había entrado en un jardín más allá de lo conocido. Se sentó en un viejo banco de madera, gastado y adornado con musgo, y dejó que sus ojos recorriesen la corteza de los árboles como si leyeran libros antiguos. En ese silencio, algo antiguo y siempre nuevo le hablaba suavemente, no con palabras, sino con la evidencia silente de aquello que nunca nació ni morirá.

Duración: 04:04

Cuando los relojes callan
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Un hombre de mediana edad, cuyo nombre este relato desvanecerá en la niebla de lo no esencial, cruza la plaza de una ciudad que parece estar siempre esperando la llegada del sol. No sabe, al cruzar, que está a sólo un paso, tan cerca como un suspiro, del umbral sutil entre el tiempo y lo eterno. La gente va y viene alrededor suyo, arrastrando sueños a medio recordar y preocupaciones que parecen pesar lo mismo que sus cuerpos, y sin embargo, cada uno de ellos es como un farol encendido que aún no se ha dado cuenta de su propia luz.

Dobló una esquina y sintió cómo los sonidos y movimientos del mundo retrocedían, no porque el lugar fuera diferente, sino porque una paz misteriosa comenzó a envolverlo. Era el mismo parque urbano de siempre, y aun así, en aquel instante, sintió que había entrado en un jardín más allá de lo conocido. Se sentó en un viejo banco de madera, gastado y adornado con musgo, y dejó que sus ojos recorriesen la corteza de los árboles como si leyeran libros antiguos. En ese silencio, algo antiguo y siempre nuevo le hablaba suavemente, no con palabras, sino con la evidencia silente de aquello que nunca nació ni morirá.

Observando a un niño que jugaba solo entre los arbustos, recordó brevemente las oraciones que había recitado de joven, repeticiones que entonces le parecían vacías y que ahora, en la pureza de la quietud, intuía que lanzaban semillas al aire. Por un momento, sintió que las historias que le enseñaron sobre ángeles y demonios no iban sobre figuras externas, sino sobre estados que brotan y se disuelven en el escenario secreto del corazón humano.

En la distancia, una anciana se acercaba. Caminaba despacio, su paso un vaivén rítmico y sereno, como un pacto silencioso entre el cuerpo y la tierra. Al llegar frente a él, la mujer sonrió y le ofreció una galleta de su bolso. Mientras partían la galleta juntos, sin decir palabra, una corriente de ternura sencilla los unió. En ese acto sin historia, anticipó la disolución de las separaciones: el pequeño sacramento cotidiano donde se revela el milagro oculto. La eucaristía de los días ordinarios.

El hombre recordó entonces las palabras susurradas al oído por un monje cuando era adolescente: "Cada instante hace eco en la eternidad. No busques a Dios en futuras promesas, encuéntralo en este vistazo, en la sencillez del pan compartido, en la brisa que empuja una hoja caída". La voz le había parecido enigmática entonces, pero ahora, en este cruce de caminos sin mapa, comprendió profundamente. La divinidad no espera en tronos lejanos, sino en la presencia desnuda e incontaminada de cada momento.

Y así, mientras la mujer se alejaba y la miga de la galleta se disolvía en su lengua, sintió que una puerta invisible se abría. Todo cuanto era, cuanto había creído ser —sus temores, anhelos, historias, pequeñas batallas diarias— flotaba suavemente en una corriente mayor, en la paz subyacente a toda experiencia, esa vasta e innombrable presencia que precede a toda imagen y a toda idea de sí. No era una revelación ruidosa, sino una familiaridad sin esfuerzo, como si despertara de un sueño largo y recordara algo que nunca estuvo perdido.

Al levantarse del banco, el mundo exterior no había cambiado. Los niños seguían riendo, los pájaros picoteaban el césped, los coches recorrían las avenidas. Pero en un sutil pliegue del ahora, el hombre ya no se sentía separado de aquello que lo rodeaba. La plegaria, comprendió, no era una petición escrita en la mente, sino una entrega a lo que es, una rendición a la plenitud silenciosa que abraza cada átomo.

Al final del día, caminando de regreso a su casa, supo que la vida seguiría con sus luces y sombras, sus pérdidas y hallazgos. Pero ese umbral, el de la Presencia —presencia indescriptible, amorosa, paciente— estaría siempre abierto, aguardando en cada acto pequeño, en cada silencio, en cada mirada de aceptación sin juicio. Y de ese modo, en la cotidianidad de los días, continuaría cruzando el umbral olvidado, transformando la aparente rutina en el altar secreto de lo sagrado.

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