Fragmento:
Érase una vez, en una tierra donde las colinas besaban las nubes y los ríos serpenteaban como cantos olvidados, un hombre llamado Ananta buscaba lo que sus palabras no sabían nombrar. Desde niño, había sentido una ausencia que no se llenaba ni con el brillo del oro ni con las caricias más dulces. Cierto crepúsculo, vencido por el desasosiego, abandonó su aldea, llevando únicamente la túnica humilde y una profunda pregunta latiendo en su pecho.
Duración: 03:27
Érase una vez, en una tierra donde las colinas besaban las nubes y los ríos serpenteaban como cantos olvidados, un hombre llamado Ananta buscaba lo que sus palabras no sabían nombrar. Desde niño, había sentido una ausencia que no se llenaba ni con el brillo del oro ni con las caricias más dulces. Cierto crepúsculo, vencido por el desasosiego, abandonó su aldea, llevando únicamente la túnica humilde y una profunda pregunta latiendo en su pecho.
Los días y las noches se confundían en largas caminatas, los pies de Ananta sangraban sobre senderos pedregosos, y su estómago solía vaciarse antes que su corazón. Un rumor antiguo le llevó frente a un ashram perdido entre las montañas, donde moraba un maestro muy viejo, tan callado como el mismo firmamento. La entrada era sencilla, apenas un arco de piedra con un diagrama de loto grabado en el umbral. Ananta, temblando de cansancio y esperanza, cruzó el arco.
El maestro, de ojos brillantes y rostro como el tronco del árbol más antiguo del bosque, apenas levantó la cabeza al verle. Ananta se arrodilló y suplicó: “Maestro, he caminado todo lo posible buscando algo que no conozco; mis ofrendas son sólo el polvo de mi viaje y la fiebre de mi deseo. ¿Puedo encontrar aquí aquello por lo que mi alma clama?”
El anciano permaneció en silencio. Parecía que ni siquiera su respiración perturbaba el aire. Finalmente, sus labios se abrieron apenas para pronunciar: “Aquí no hallarás respuestas, pero quizás sí el espacio donde puedas escuchar la única pregunta importante.” Y le tendió una taza de agua clara.
Durante semanas, Ananta vivió en el ashram, barriendo patios, recogiendo leña, alimentando a los ciervos salvajes que bajaban del bosque. Los demás discípulos eran silenciosos y sonrientes, y nadie hablaba sobre cosas elevadas o sobre el propósito de la vida. Pero cada noche, una voz suave, casi murmullo, parecía surgir no de la garganta del maestro sino del corazón mismo de Ananta: “¿Quién eres cuando no te miras desde tus deseos?”
El tiempo transcurrió sin que Ananta lo midiera. Una madrugada, mientras colgaba las túnicas lavadas al sol, sintió que el color del cielo y el perfume de la tierra entraban perennes en su pecho. Una hondura callada le detuvo los pensamientos. Se sentó bajo el árbol frondoso del jardín, y entonces no quiso nada, no temió nada, ni siquiera supo si existía su nombre. Aquello no era vacío ni plenitud; era presencia. Entonces, su respiración se confundió con la brisa y su mirar con la luz de los pétalos abiertos.
El maestro se le acercó en ese instante, con la misma ligereza de quien no pisa el suelo. Le susurró solamente: “Ahora has cruzado el puente del viento. No has encontrado nada, pero ahora puedes verlo todo.”
Ananta, al regresar a la aldea muchos meses después, trajo consigo el mismo cántaro, la misma humildad, pero sus ojos, quien los veía, sabían que él había sentado bajo el árbol sagrado donde no se aprende nada, pero se conoce todo. Nunca habló de su despertar, pero su silencio era bálsamo, y su presencia uno de los milagros secretos de la tierra: aquel en que la paz se transmite de ser a ser, como la luz del sol besando suavemente la mañana.
Así, en los rincones humildes donde las preguntas son más puras que las respuestas, la Divinidad se cuela, invisible, eterna, y el alma sedienta, al fin, deja de buscar porque se reconoce como el lago que reflejaba todas las búsquedas.
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