Fragmento:
Lisette tembló, no de frío, sino de reconocimiento. El nombre Rouvière le dolía en los dientes, como si alguna vez lo hubiera pronunciado en mitad de un beso o un grito. Tocó el retrato, y por un instante París desapareció. La habitación se llenó de aromas de rosas mustias y cera derretida. Oyó risas, palabras dulces, promesas que morían antes de hacerse realidad.
Duración: 04:53
La tarde cae como un telón de terciopelo sobre París. Allá afuera, las luces titilan como luciérnagas atrapadas y los bulevares murmuran secretos. En la penumbra de una buhardilla, Lisette contempla el reflejo de sus ojos en la ventana empañada. Esos ojos, de un azul imposible, siempre le han pertenecido y, sin embargo, los siente ajenos, marcas indelebles de un pasado que nunca termina de recordar del todo.
Sonríe con amargura, acariciando una cicatriz delgada que surca su muñeca. No la obtuvo aquí, lo sabe con una certeza sobrenatural. La noche anterior, en el sueño recurrente, la sangre corría tibia sobre piel de sándalo y las paredes gritaban nombres que jamás oyó en voz humana. Y al despertar, todo era neblina, y sin embargo, un perfume desconocido la acompañaba durante horas.
Lisette encendió un cigarrillo, permitiendo que el humo se deslizara por su garganta como un amante antiguo. Siempre al caer la oscuridad, sentía el cosquilleo en la nuca, los fragmentos de recuerdos bailándole en la lengua, esperando que alguien—o algo—los reclamara. Vivía rodeada de libros polvorientos y antigüedades, objetos que coleccionaba sin saber exactamente por qué, hasta que una tarde de lluvia llevó a Henri a su puerta.
Él llegó con la desfachatez propia de quienes creen comprender el significado de la eternidad. Traía consigo un cuadro: un retrato de una mujer con su rostro, sus ojos, pero ataviada con un vestido del siglo XVIII y una expresión enigmática. Lisette sintió el vértigo de la caída, el abismo de lo irremediable: allí estaba, imposible y cierta, la prueba de lo inexplicable.
–La encontré en el desván de la mansión Rouvière –explicó Henri, sus dedos temblando al sostener la tela enmarcada–. No sabía a quién recurrir, pero cuando te vi en la librería...
Lisette tembló, no de frío, sino de reconocimiento. El nombre Rouvière le dolía en los dientes, como si alguna vez lo hubiera pronunciado en mitad de un beso o un grito. Tocó el retrato, y por un instante París desapareció. La habitación se llenó de aromas de rosas mustias y cera derretida. Oyó risas, palabras dulces, promesas que morían antes de hacerse realidad.
Henri la observó con una intensidad que la desgastaba y la encendía a partes iguales.
–¿Quién eres? –preguntó con un murmullo bajo y urgente.
Lisette titubeó, y la respuesta se deslizó por sus labios como un eco.
–No lo recuerdo del todo, pero sé que no es la primera vez que respondo a esa pregunta. Sé que de algún modo, en alguien más, he sido ama y esclava, cazadora y presa, víctima y asesina.
Aquella noche, ambos sintieron la misma inquietud al acostarse juntos. Para Henri, la pasión tenía la textura de una página antigua, el sabor prohibido de un pecado conocido sólo en sueños. Para Lisette, fue una rendición: supo que lo había amado antes. Lo conocía en la forma en que su cuerpo buscaba el suyo, en el modo en que la sombra de su barba le rozaba los muslos. La sangre les cantó viejas canciones, y el orgasmo fue un conjuro, una puerta abierta por la que asomaron, por un instante fugaz, todas sus vidas pasadas.
Los días se desdoblaron en espirales, y cada noche Henri traía un objeto diferente: una carta sellada con lacre, un broche antiguo, un libro en latín. Cada uno era un detonador, y Lisette sentía los recuerdos resquebrajarse como hielo bajo el primer sol de primavera. A veces, gritaba nombres; a veces, sollozaba por criaturas que ya no existían ni en la memoria de Dios.
Un día trajo un anillo.
Era de oro tosco, grabado con dos iniciales. En cuanto Lisette lo sostuvo, la habitación pareció girar. La vio a ella misma, de cabello más oscuro, los labios curvados en una sonrisa felina, la piel teñida de juventud y rabia. Lo vio a él, Henri, pero no era Henri: era alguien más, con la misma sombra en la mirada, con las mismas manos ansiosas. Un puñal entre ambos, sangre en el suelo, y la promesa de reencuentro a cualquier coste.
–Nos matamos, tú y yo –dijo Lisette, la voz quebrada, y supo que no era locura; era verdad pura y brutal. Henri la abrazó, y juntos se deslizaron de nuevo en el abismo de la carne, en ese ciclo ardiente de deseo y muerte.
El tiempo se quebró después de eso. A veces, Lisette temía quedarse varada en uno de los recuerdos, perder su yo actual en la marea de identidades olvidadas. Henri, acunándola en la madrugada, le juró que nunca dejaría que eso sucediera.
–Nos encontraremos siempre, aunque debamos destruirlo todo para lograrlo.
Y Lisette, temblorosa, supo que era cierto. Que la pasión que los consumía estaba tejida en esa invisible urdimbre que cruzaba siglos y ciudades. No importaba cuántas veces se mataran, se traicionaran, se buscaran, siempre habría un despertar. Siempre un crepúsculo.
En la buhardilla, cuando la noche es tan profunda que parece no terminar jamás, Lisette sonríe con amargura y expectativa. Porque sabe que la eternidad es el más cruel y erótico de los juegos. Y que, al final, cada vida es apenas una respiración antes de la siguiente caída.
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