Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Novela El calendario del amor
La inspectora gitana
Dire Bound. Alma de lobo
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
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Fragmento:


El teniente Casandro Yoyo se despertó sobresaltado, como cada mañana, por el crujido inquietante de su propio insomnio. Dormía con el uniforme bien puesto, excepto por los pantalones, que prefería usar en la cabeza; decía que así la guerra se le subía a las ideas, donde verdaderamente duele. Yoyo era miembro insigne del Regimiento de las Causas Perdidas y propensos a perderse ellos mismos, expertos en encontrar agujeros en las defensas enemigas y también, accidentalmente, en los calcetines del comandante. No obedecía órdenes por costumbre religiosa: era ateo de la jerarquía.

Duración: 04:18

El Club de los Contradictorios
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El teniente Casandro Yoyo se despertó sobresaltado, como cada mañana, por el crujido inquietante de su propio insomnio. Dormía con el uniforme bien puesto, excepto por los pantalones, que prefería usar en la cabeza; decía que así la guerra se le subía a las ideas, donde verdaderamente duele. Yoyo era miembro insigne del Regimiento de las Causas Perdidas y propensos a perderse ellos mismos, expertos en encontrar agujeros en las defensas enemigas y también, accidentalmente, en los calcetines del comandante. No obedecía órdenes por costumbre religiosa: era ateo de la jerarquía.

La guerra no se parecía a ninguna guerra. Sus balas silbaban música de Mozart y sus trincheras olían a galletas de jengibre. Cada mañana se convocaba al pelotón para recibir instrucciones contradictorias, lo que tenía un doble propósito: mantener la unidad en confusión y desanimar al enemigo con certidumbre. “Marchen al frente… pero quédense aquí,” gritaba el Coronel Debacle desde el fondo de un barril, porque creía que el eco fortalece la autoridad y el hierro, el sabor del brandy.

La soldado Matilda Quijotesca, cuyas gafas aumentaban su miopía mientras le daban valor para leer cartas ilegibles de la amada que nunca existió, se chivaba de los planes enemigos escritos en servilletas mojadas. Nadie sabía de qué lado estaba, incluida ella misma, y esa era su mayor ventaja; siempre se excusaba diciendo que confundía norte con sur y realidad con novela, pero nunca, eso sí, la hora de la merienda.

En la cantina, donde las cucharas estaban de servicio permanente y el café tenía rango de Mayor, se celebraba el Consejo de los Ilógicos. Allí, los estrafalarios cerebros del batallón proponían maniobras imposibles: atacar antes del alba pero desayunar después del ocaso, cavar túneles hacia ninguna parte y decretar la paz a la fuerza, bajo amenaza de risa. Los mapas de operaciones se repasaban al revés, de modo que inevitablemente la tropa avanzaba hacia el pasado, donde ya se sabía lo que iba a ocurrir, y por tanto nadie podía cometer errores originales.

Una noche lluviosa —todas las noches lo eran, porque alguien había ascendido al meteorólogo a jefe de lavandería—, Casandro Yoyo, Matilda y el Cabo Subliminal, experto camuflador de emociones reprimidas, recibieron la orden secreta de robarle las medias a la estatua de la Libertad Adormilada, situada estratégicamente entre los lavabos comunes y el baño privado del General. Debían proceder con cautela, rapidez y absoluta incongruencia. El plan era sencillo: distraer a la estatua con piropos bajados de altura y prometerle una revolución con siesta incluida.

Mientras trepaban la escalinata, el Cabo Subliminal disertaba sobre el lenguaje de los sueños. “Cada sílabón es un pelotón”, filosofaba, mientras Matilda hacía malabares con los botones de su chaqueta, que adoraban perderse en campos minados de lógica. Desde las alturas, Yoyo avizoraba el horizonte envuelto en neblinas de sospecha: nada era lo que debía y lo que debía, prefería no ser.

La estatua resultó ser más perspicaz de lo que el batallón había anticipado; al notar el acercamiento, se puso a recitar discursos de autodefensa en verso libre. En el forcejeo, Yoyo perdió un calcetín, Matilda dos pensamientos y el Cabo Subliminal, su habitual claridad sobre lo absurdo de todo aquello. Las medias de la estatua terminaron siendo bandera y bufanda de un bando que nadie logró identificar.

Al alba siguiente, tras el tradicional desayuno de sopa de interrogantes y tostadas del día anterior, el coronel Debacle leyó el último boletín oficial del Estado Mayor: “La guerra va viento en popa y la popa marcha sobre ruedas. Ningún prisionero ha declarado, ni el silencio ha sido torturado. Se prohíbe abandonar el frente sin previa huida, y se decreta por decreto que todo lo incomprensible será ley.” La aclamación fue unánime, principalmente porque nadie la entendió.

En ese estrafalario rincón del caos organizado, donde los héroes se absuelven por exceso de absurdo y la gloria acude sólo para emborracharse, la guerra seguía su curso cíclico, girando siempre hacia dentro, como una interrogación que nunca termina de encontrar el punto. Nadie supo jamás quién ganó, pero todos brindaron, entre carcajadas, por no haber perdido la costumbre de perder.

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