La oscuridad caía sobre la ciudad, su manto estirándose por callejones y ventanas, filtrándose en los rincones donde los mortales no se atrevían a mirar demasiado tiempo. Desde lo alto de la vieja iglesia abandonada, Sadael observaba las luces titilantes, cada una un delgado hilo de vida en un tapiz que, en cualquier momento, podía ser arrancado por manos que no eran ni humanas ni divinas.
Sadael, durante siglos, había sido un mero espectador del drama de la humanidad, cumpliendo las antiguas reglas de su linaje: apartarse, observar, alimentarse solo lo justo. Pero esta noche era diferente. Sentía en los huesos una inquietud, una vibración en el aire tan palpable como el roce de una caricia en la piel desnuda. Era el aroma de algo prohibido, una pulsación oscura y urgente que parecía llamarlo por su verdadero nombre.
Detrás de él, la madera crujiendo apenas susurró la llegada de Mirna. Su sombra, aventadora y segura, se deslizó junto a él hasta la cornisa. Mirna no era como los demás, nunca lo había sido; en vez de temerle, le sonreía, aún sabiendo bien qué acechaba en los ojos de Sadael cuando la penumbra era densa y el impulso era demasiado fuerte.
—Te he visto antes, ¿lo sabías? —susurró ella, la voz tan baja que el viento casi se la llevó—. Antes de que te atrevieras a hablarme, antes de que la noche te llamara de vuelta a la sangre.
Él se volvió, la miró, el perfil de ella recortado por la débil luz de un farol lejano. Su cabello, oscuro y liso, caía en cascada sobre los hombros, y sus labios, carnosos y tentadores, dibujaban una media sonrisa.
—Siempre me has visto, Mirna. Aunque no quisieras aceptarlo.
Las reglas… Ah, las reglas estaban ahí para romperse. Así lo sentía ella, así lo reconocía él en el desgarrón sensual que palpitaba entre ambos. Se tendieron las manos, dedos rozándose primero apenas, luego apretándose con fuerza. La noche, en su negra intensidad, nunca había sido tan cálida.
Sadael la llevó consigo por los tejados, los cuerpos tan pegados que Mirna sentía el corazón latirle donde el de él debería estar muerto. Bajaron en silencio a una casa olvidada, de paredes húmedas y ecos mortuorios, donde el aire denso los abrazó en una danza ancestral.
—¿Temes lo que soy?, —preguntó Sadael, rozando su nariz con la de ella, apenas a un aliento de distancia.
—Temo no poder dejar de desearte jamás, —respondió Mirna, entrelazando las palabras con el roce de sus labios. Y entonces no necesitaron más permiso. Los besos se volvieron ansiosos, urgentes, sus manos trazando territorios inexplorados por la luz.
Él la alzó, la sostuvo contra la antigua pared, la boca explorando el cuello, allí donde la vida latía en promesa. Sintió el temblor de ella, el deseo y el miedo entrelazados, y supo que la decisión era mutua, tanto como la condena.
La mordió, sutil primero, apenas un roce con los colmillos bordeando la herida. Mirna exhaló un jadeo, una rendición que nada tenía de sumisión y sí de conquista. La sangre derramada era un sacramento profano; el placer arrancado del dolor, la confesión más íntima.
En ese instante supieron que ya no había vuelta atrás. Hicieron el amor como si cada instante fuera el último, sin ninguna prisa, con la sabiduría de los inmortales y el anhelo irrefrenable de los mortales. Había en Sadael un deseo contenido, un ansia aprendida a fuerza de siglos negados, y en Mirna una osadía y hambre por lo desconocido.
Cuando la pasión los dejó exhaustos y mezclados entre sudor, sangre y susurros, los secretos de la noche parecieron aplaudir en cada sombra. Sadael, con los labios aún manchados, sostuvo el rostro de Mirna.
—Ahora eres parte de esto —dijo despacio, como si pronunciarlo diera peso y sentido al pacto silencioso.
—Siempre lo fui —respondió ella, las palabras titilando como promesa y amenaza en la penumbra.
Afuera comenzaba a llover, y el sonido era un arrullo. Tal vez la redención venía disfrazada de pecado; tal vez la condena era tan dulce como el roce de la piel ansiada. Pero en la ciudad, una nueva historia acababa de rasgar el velo de la noche.
Sadael y Mirna desaparecieron juntos, sombras entre sombras, sabiendo que había placeres que solo la oscuridad era capaz de sostener —y de alimentar. Y entre los susurros de la lluvia, la noche los reclamó, eterna y cómplice.
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