El teléfono sonó a las tres de la mañana, ese tramo de la noche en el que uno puede jurar que el eco de los sueños es más importante que la realidad. Marissa Callaghan dejó que el timbre vibrara en las paredes mohosas del apartamento. Encima de la cómoda, el vaso de whisky estaba a medias; el hielo era un último vestigio de algo frío en ese verano interminable. Lo contestó cuando ya parecía demasiado tarde.
La voz estaba deformada, como si alguien rascara una ventana empañada. —Estás despierta, ¿verdad?
El acento la heló más que el invierno que ya no recordaba: era el comisario Rey. Hacían meses que no hablaba con él, desde aquel asunto en el puerto, las balas perdidas y las promesas rotas. —Sabía que contestarías—dijo él, sin saludar—. Tenemos un muerto. Quiero que vengas.
Colgó antes de que ella pudiera negarse. Marissa se puso los pantalones vaqueros, se calzó las botas. El abrigo, con capucha oscura, seguía oliendo a bosque y lluvia seca. Salió al rellano, cruzó los pasillos fríos y bajó las escaleras del edificio. El zumbido de la ciudad parecía lejano, apenas un rumor más en su cabeza.
En la calle, el neon verde de la gasolinera era la única luz. El conductor del taxi bajó la ventanilla y la miró, dubitativo. —Comisaría central—dijo ella.
El trayecto fue corto. La radio del coche musitaba viejos tangos, y por un momento pensó en su padre, en las noches inciertas de infancia, en todo lo que uno aprende sobre el temor antes de poder ponerle nombre. Cuando llegó, Rey la esperaba en la entrada. Su silueta, enorme como el armario de una abuela, tapaba la luz del vestíbulo.
—No hacía falta que vinieras tan rápido —gruñó él, pero Marissa vio el tic nervioso en su mano izquierda y supo que era mentira.
En la sala de reuniones, los agentes murmuraban como si un secreto demasiado grande pesara en la atmósfera. Había café frío y donuts viejos, pero nadie probaba nada. En la pizarra, el itinerario de una vida perdida:
Nombre: Hugo Vidal Ruiz
Edad: 47 años
Profesión: Contable en Olsman & García
Fotografía de carnet, sonrisa forzada, barba de tres días.
—¿Te suena de algo? —preguntó Rey, pasándole una carpeta gastada.
Marissa hojeó los papeles: extractos bancarios, correos impresos, una carta sin remite. Hugo Vidal era el hombre invisible, tan ordinario que ni su asesino parecía haberlo notado. Muerto en su apartamento de la Calle Estirpe, la puerta cerrada por dentro, ninguna huella salvo las suyas, la sangre seca en la alfombra verde. Solo una cosa discordante: la taza azul, rehecha con pegamento, colocada junto a la mano del cadáver.
—La última vez que estuve aquí —dijo ella, con voz baja— las tazas eran blancas.
Rey asintió. —Esta —agregó— no estaba en la casa. Alguien la dejó, después del asesinato.
Marissa miró la fotografía de la taza: pequeña, con una fractura profunda, pegamento aún fresco. Los detalles la golpearon más que el cadáver: el borde salpicado de carmín, medio círculo dibujado con un bolígrafo fino. Un símbolo marcado en azul, imperceptible para cualquiera que no estuviera buscando desesperadamente una pista.
—No va a gustarte lo que voy a decirte—murmuró Rey, mientras abría la siguiente carpeta—. Hugo Vidal visitaba la cárcel cada jueves. Hablaba con una interna, nombre falso: “Clara Sanz”. Tengo la sospecha de que tú la conoces.
A Marissa le explotó el corazón contra las costillas. —Era Lucía. Mi hermana.
El silencio se extendió como aceite quemado. Nadie se atrevió a toser. Nadie miró a Marissa, que ya estaba temblando.
—No lo entiendo —susurró ella—. Lucía fue condenada. No debía recibir visitas sin que me avisaran.
Rey bajó la mirada. —Al parecer, Hugo y tu hermana tenían una cuenta común. El dinero entraba en efectivo; salía en transferencias a empresas en paraísos fiscales. Encontraron cartas tuyas, Marissa. Cartas que tú juraste no haber escrito.
Las paredes del despacho se acercaron como mandíbulas. Marissa intentó recordar cuándo fue la última vez que había visto a Lucía. La cárcel, la verja oxidada, la promesa de no volver a mentir. ¿Había enviado cartas? ¿O alguien las había fabricado con su letra, con recuerdos robados de una vida que no sentía tan propia?
Rey la agarró del brazo, casi con ternura: —Hay algo más. Anoche, antes del crimen, alguien robó los registros de seguridad de la prisión. Quien quiera que mató a Hugo te quiere señalar a ti. O protegerte.
Marissa salió del despacho a trompicones. Bajó hasta la morgue, observó el cuerpo de Hugo Vidal extendido bajo la sábana azul. La herida en la nuca era limpia, profesional. Junto al cadáver, la taza como un trofeo absurdo. El forense le mostró un recorte minúsculo en el antebrazo. Una inicial: L, grabada a fuego.
La ciudad amanecía sucia y gris. Marissa tomó un espeso café del bar de enfrente, temblando, pesando cada movimiento. Por fin, marcó el número de Lucía en la cárcel. Contestó una voz indiferente: —Esa interna fue trasladada anoche, sin aviso previo.
Marissa colgó. En la servilleta, empezó a trazar el símbolo de la taza azul, el círculo incompleto. La misma marca de la organización para la que Lucía había trabajado, mucho antes de la condena. Mucho antes de que todo comenzara a perder sentido.
A las ocho, Marissa volvió a la Calle Estirpe. La escena del crimen ahora estaba vacía, como si la muerte fuera solo un rumor mal entendido. Bajo la alfombra, encontró el sobrecito de pegamento y la foto antigua de ella y Lucía, ambas riendo con las tazas azules que su abuela coleccionaba obsesivamente.
La pista le mordió la garganta: esto era una herida abierta, un círculo imperfecto en el tiempo. Volvería a la cárcel. Buscaría a Lucía entre los pasillos de hormigón y culpa. Sabría, entonces, si aún quedaba algo de verdad, algo de sangre o de amor entre las ruinas de su familia. El primer trueno rompió el cielo en dos. Marissa dejó caer la foto en el bolso y echó a andar, sabiendo que aquel símbolo azul la llevaría hasta el final, aunque el precio fuera perderse a sí misma para siempre.
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