MEMENTO MORI: Las Tumbas
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
Novela romántica Antes del amor
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Portada del relato Noches de magnolio
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Fragmento:


Clara, la hija menor, apenas había cumplido los veinte, pero su mirada parecía cargar con todas las edades que precedieron su nacimiento. Sus días transcurrían entre la biblioteca tapizada de madera y los pasillos donde los retratos familiares vigilaban, severos, cualquier desliz. Era bello aquel mundo, y también cruel. El café se servía a la misma hora, los peinados se repetían como fórmulas ancestrales, y las visitas traían consigo el perfume de la disimulación.

Duración: 05:18

Noches de magnolio
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Las campanas de la catedral tejían ecos de oro en el aire súbitamente frío de la alborada, mientras la ciudad aún se desperezaba bajo el manto azul de octubre. Pero bajo los tejados olorosos a leña húmeda y las fachadas grises, palpitaba el secreto de un mundo que el paso del tiempo apenas rozaba. Era la época de las grandes cartas y de los pequeños crímenes, y en la mansión de los Altavilla, la vida se deslizaba con la exactitud y el sigilo de un reloj antiguo.

Clara, la hija menor, apenas había cumplido los veinte, pero su mirada parecía cargar con todas las edades que precedieron su nacimiento. Sus días transcurrían entre la biblioteca tapizada de madera y los pasillos donde los retratos familiares vigilaban, severos, cualquier desliz. Era bello aquel mundo, y también cruel. El café se servía a la misma hora, los peinados se repetían como fórmulas ancestrales, y las visitas traían consigo el perfume de la disimulación.

El doctor Menéndez, caballero de confesadas simpatías progresistas, acudía cada jueves para consultar a don Ignacio, cabeza visible de la casa y hombre ladrilloso y temido. Le seguía a veces su sobrino Alejandro, cuya juventud había sido erosionada antes de tiempo, pero no por la guerra, sino por el viejo placer del escándalo. Las mujeres se arremolinaban en los grandes salones, y soplaban rumores como migas de pan hacia el bosque oscuro de las servidumbres y los secretos indeseables.

Cierta tarde lluviosa, un sobre con sello de París llegó entre el correo. Clara lo encontró al pie de la gran escalinata, entre la correspondencia común. Acarició el lacre rojo, intuyendo que sólo hay dos tipos de cartas en la vida: aquellas que se esperan y aquellas que cambian el rumbo de todo lo conocido. En el remitente, un nombre impronunciable por su familia pero dulzura viva en su memoria: Isabelle du Preux.

No había confidencias inocuas entre ambas. Isabelle, en sus visitas de niña, había transmitido a Clara el arte de deslizar las púas corteses entre frases sin daño aparente. Compartieron largos veranos descalzas, besos robados en el invernadero y promesas hechas de susurros y sueños que nunca se pronuncian ante las doncellas. El tiempo, ese depredador cortés, las separó, y París consumió a Isabelle, mientras Clara permanecía, floreciendo bajo el yugo de una realidad inmutable.

El contenido de la carta destilaba desesperación y deseo. Isabelle evocaba las viejas noches juntas, describía su vida de mujer soltera envuelta en escándalos menores, arte y amantes furtivos. Invitaba a Clara a huir, a dejar atrás la geografía mortecina de las horas repetidas, a sumarse a una fiesta donde el deseo podía expresarse sin más ley que la del gozo.

El papel tembló en las manos de Clara. No sólo era una invitación; era una provocación, un estilete hundido en las fibras de su costumbre. ¿Acaso no sentía ella misma el temblor de algo que pujaba bajo la superficie de sus días, igual que el relámpago bajo la piel de las nubes preñadas de tormenta?

Esa noche, al calor de una vela escondida, Clara respondió a su amiga. Pero lo hizo entre líneas, hablando de libros prohibidos y sueños húmedos, nombres propios escondidos en versos prestados. El cruce de misivas se volvió su secreto compartido; papel sobre papel, deseo sobre deseo, hasta que la frontera entre las palabras y la carne se tornó indistinta.

Una noche del siguiente mes, aprovechando el jaleo de una fiesta patronal, Clara se escabulló. Su cuerpo temblaba tanto por el miedo como por la anticipación. Dejó una nota breve en el tocador y cruzó la puerta principal, sabiéndose, por fin, dueña de sí al menos por una vez.

Isabelle la esperaba en una pequeña posada cerca de la estación, la silueta envuelta en un abrigo francés y la mirada tan viva como aquella tarde bajo el magnolio. En la penumbra de una habitación alquilada, encontraron en sus cuerpos el lenguaje que por años sólo había sido susurro. Explorar cada rincón, cada pliegue, era una especie de sacramento; la piel aprendía a decir aquello que las palabras no pudieron.

En París, juntas, Clara descubrió el poder de decir “yo quiero” sin temer ser castigada. Aprendió a amar —y ser amada— por encima de las leyes no escritas, de las miradas escrutadoras. Vivió en noches interminables de jazz y risas, de caricias tras los cristales empañados, de telas sedosas y promesas incumplidas.

Pero el pasado, como un largo tren que no olvida a quienes se bajaron antes de tiempo, la siguió. Año y medio después, una carta alcanzó a Clara. Decía: “No soy capaz de dejarte ir”, firmada por Alejandro, el sobrino enrojecido por el escándalo del que nadie hablaba en la ciudad natal. Supo entonces que no era el único lazo roto, ni la única frontera que su huida había cruzado. Aquel viejo mundo de silencios y fórmulas aguardaba el menor descuido para reclamarla, como el jardín cubierto de niebla en el que de niña se había perdido tantas veces.

Mas Clara ya no temía. La mansión, la familia, los ritos, ahora no eran sino telones de fondo. Había conocido otra manera de vivir, de desear, de crecer. Y, como en el misterio de aquella primera carta, entendió que las novelas más audaces son las que se escriben con el pulso furioso de la vida misma, aun a riesgo de quedarse, para siempre, al margen de la página.

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