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Portada del relato El Invierno de las Cenizas
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Fragmento:


Las lámparas de aceite chisporroteaban delante de los tapices de seda raída y ni la cristalería ni el silencio lograban imponer orden al festín sin alegría de los Gifford en aquella noche de enero. Margaret Gifford, matriarca de hombros rectos y labios apretados, mantenía el cetro del silencio sobre la mesa larga, acompañada por sus tres hermanas. Había llegado el siglo XIX hasta la puerta de Merrion House, pero el tiempo se demoraba en el interior, donde la madera rezumaba el pájaro antiguo de la resignación familiar.

Duración: 04:43

El Invierno de las Cenizas
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Las lámparas de aceite chisporroteaban delante de los tapices de seda raída y ni la cristalería ni el silencio lograban imponer orden al festín sin alegría de los Gifford en aquella noche de enero. Margaret Gifford, matriarca de hombros rectos y labios apretados, mantenía el cetro del silencio sobre la mesa larga, acompañada por sus tres hermanas. Había llegado el siglo XIX hasta la puerta de Merrion House, pero el tiempo se demoraba en el interior, donde la madera rezumaba el pájaro antiguo de la resignación familiar.

Fue Emmeline, la menor y más rebelde, quien alzó la voz: “Dicen en el pueblo que han visto regresar a Sebastian.” Se oyó un chasquido; la copa de Judith se partió en dos, el vino se deslizó por el mantel y caía gota a gota como sangre de una herida leve y muy antigua.

Margaret no pestañeó. Nunca mencionaban ese nombre. Sebastian, su primo exiliado, cabía en los márgenes del recuerdo como un asterisco en el testamento de aquel linaje. “Los rumores vuelan con el viento, Emmeline,” repuso Margaret, “y no les debemos casa ni reposo.” Pero la risa nerviosa de Judith y el gesto de terror apenas disimulado de Frances decían que, quizá, bajo los candelabros y más allá de los zarcillos, el pasado no estaba tan enterrado como quisieran.

Emmeline abandonó la mesa antes del postre, calzando sus bottines gastadas y con las mejillas ardiendo. Los pasillos de Merrion vibraban levemente bajo sus pasos, como si las losas guardaran consejos. El retrato de la abuela Cecily, con su mirada astuta y sus perlas falsas, parecía observarla mientras descendía por la escalera trasera en busca de aire.

Fuera, el jardín tras la niebla olía a tierra húmeda y secretos. La luna no le concedía luz, pero reconocía el sendero por la memoria de pies asustados y escapes furtivos. No sería difícil salir sin ser vista—lo había hecho muchas veces, porque la seguridad de las habitaciones apenas era una reja si el deseo era grande.

En el llano tras el seto de tejos, apareció una figura. No era Sebastian, sino Thomas Riley, hijo de los antiguos arrendatarios, con el abrigo raído y ojos como brasas en la penumbra. Thomas se inclinó ante Emmeline, pero su gesto era de complicidad y no de respeto. “Toda la casa murmura,” dijo sin rodeos, “pero yo lo he visto. Volverá. Quiere venganza por la carta.”

El viento arreció, llevando consigo el grito lejano de un búho. Emmeline sintió una mezcla de miedo y excitación; sabía de qué carta hablaba. Ella misma la había robado hace seis años, en un arrebato de celos infantiles, cuando Sebastian aún no era un fantasma de los Gifford sino la promesa de rebelión y escape. Ahora esa carta, con su sello roto y palabras de amor prohibido, habría cambiado el destino de todos.

Por eso Emmeline se dirigió a la orilla del lago esa noche, donde los juncos susurraban historias más antiguas que su apellido. Frances, como un espectro de cabello dorado, apareció tras ella con el rostro desencajado por el insomnio. “Tendremos que elegir,” susurró la mayor, “si dejar que vuelva… o quemar la carta.” La amenaza ardía en el aire, y Emmeline supo que no era la única dispuesta a traicionar a la familia por unos segundos de verdad.

El encuentro con Sebastian, llegado desde la niebla y la desgracia, fue menos teatral de lo esperado. Era un hombre envejecido, marcado por el exilio y el odio, pero traía consigo la dignidad rota de quienes reclaman lo que les fue arrebatado. Pidió ver a Margaret, y cuando la matriarca descendió—por primera vez vulnerable, con el cabello recogido de forma descuidada—debajo de los retratos de los antepasados mudos, supieron que su tiempo se medía por las hojas caídas y no por las llamas del hogar.

Sebastian extendió la mano, y quienes espiaban desde la sombra se asombraron al ver brillar una sortija de mujer en su dedo: “El pasado no puede salvarse”, dijo, “sólo puede entenderse.” Margaret, por un momento, pareció quebrarse. Rodeó la sortija con sus dedos viejos y murmuró unas palabras a su oído.

No hubo perdón, ni réquiem. En cambio, aquella noche la carta desapareció—algunos dicen que fue quemada por Frances, otros que Thomas Riley la escondió bajo el altar de la antigua capilla, junto a los esqueletos del linaje. Merrion House permaneció igual ante los ojos del mundo, pero las hermanas dejaron de reír a la hora del té.

Emmeline, sin embargo, sentía el cambio en cada brizna de aire que pasaba por las paredes agrietadas. Al final de la primavera, encontró a Thomas junto al lago, y juntos, mirando las cenizas esparcidas, comprendieron que aun las casas más viejas no podían encerrar los deseos ni las traiciones, porque la sangre y la memoria siempre encuentran una manera de regresar.

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