Tras la puerta
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Portada del relato Las Confesiones del Escribano Gris
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Fragmento:


Ahora, mientras avanzaba por el largo corredor de tapices desvaídos, Emma pensaba en lo que podría haber sido su vida si hubiera aceptado la propuesta de la señora Lescaut, en ese café de Montague Street, para convertirse en dama de compañía de la marquesa Viard. “Nunca confíe en una viuda joven, Emma,” había advertido Lescaut, “ellas conservan el veneno del último adiós en la saliva.” Una frase cuya verdad parecía resaltada bajo las gasas de Ryehill, donde la memoria de la difunta no permitía a nadie ocupar plenamente los espejos ni tocar el clavicordio sin recibir, tarde o temprano, una carta.

Duración: 07:09

Las Confesiones del Escribano Gris
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Cuando Emma Chilcott descendió del carruaje, aún se aferraba al guante derecho con una mano trémula, como si ese pequeño suceso albergara la clave para conservar su dignidad. Bajo el cielo blanco de noviembre, la mansión de Ryehill se erguía silenciosa, los cristales empañados por el soplo frío de los últimos días de otoño. La despidió un lacayo de mejillas amoratadas, quien evitó su mirada, pues la noche anterior Emma había sido mencionada, y no de modo benévolo, por los criados ante la despensa cerrada con llave. Emma tenía una reputación nueva, hecha de susurros y sonrisas forzadas, aunque en realidad nada sustancial hubiera ocurrido más que la torpe caída de una carta en la biblioteca y su precipitada recuperación, justo cuando el señor de la casa entraba.

Era una carta breve, pero perfumada con esa tinta demasiado dulce de las tiendas de Londres, firmada por una dama solo conocida como “L.L.”. El sello —un roble partido en dos— era bien sabido por los ojos atentos: pertenecía a la familia de la difunta esposa del señor Chilcott, un nombre que aún traía murmullos y oraciones a las criadas antes de dormir. Emma, con el deseo de agradar y ser útil, había tomado la misiva y, ajena al significado de los pequeños gestos, la había dejado caer entre unos tomos de sermones. Eso bastaba, sin embargo, para que la casa la declarara peligrosa y astuta, pues nunca es más fácil acusar que cuando el acusado se mantiene en silencio.

Ahora, mientras avanzaba por el largo corredor de tapices desvaídos, Emma pensaba en lo que podría haber sido su vida si hubiera aceptado la propuesta de la señora Lescaut, en ese café de Montague Street, para convertirse en dama de compañía de la marquesa Viard. “Nunca confíe en una viuda joven, Emma,” había advertido Lescaut, “ellas conservan el veneno del último adiós en la saliva.” Una frase cuya verdad parecía resaltada bajo las gasas de Ryehill, donde la memoria de la difunta no permitía a nadie ocupar plenamente los espejos ni tocar el clavicordio sin recibir, tarde o temprano, una carta.

Aquella mañana, el señor Chilcott convocó a Emma en su estudio, una estancia de suelos entablados y olor seco a madera encerada. Esperaba encontrar a un hombre preparado para recitarle una letanía de reproches, pero fue recibida por la tibieza incierta de una voz gastada por la decepción y no por la ira. “Emma. Ceñíos aquí.” Él alzó la carta entre dos dedos. “¿Qué opinión tenéis de esta correspondencia? ¿Os sentís capaz de ahuyentar los espectros de esta casa?” Ella bajó la cabeza, y se permitió una pausa cuidadosamente calculada. Supo, en ese instante, que podría negar, quejarse, incluso llorar si resultara conveniente; pero eligió la verdad, aunque filtrada con el barniz de lo que llamaba su sentido práctico.

“No conozco a L.L., señor. Pero he leído las otras cartas extraviadas en la biblioteca. Y cada una lleva la misma promesa oculta: que nada será perdonado aquí, ni en el vivo ni en el muerto.” El señor Chilcott inspiró profundamente, como recibiendo una bofetada inquisitiva. “Entonces haréis bien en recordar que esta casa exige lealtad, no afectos. Os advierto —las que llegaron antes, más bellas y mejor vestidas, partieron entre la niebla. ¿Tendríais miedo de mentir en nombre de Ryehill, si fuera necesario?”

Emma se permitió mirar el retrato ovalado que coronaba el hogar: mujer de cabello oscuro, ojos como alfileres bajo cejas tristes. “Sólo tendría miedo de no poder distinguir las mentiras de lo que aquí se da por verdadero.” Por primera vez, el rostro del señor Chilcott se franqueó en una sonrisa, dura y amarga. “Entonces, estáis destinada a sobrevivir aquí, Emma. Al menos, por el invierno.”

Las semanas siguientes se hilvanaron con una rutina envejecida por la espera. Emma caminaba los jardines deshojados, evitaba a las hijas del señor, tres óvalos de pétalos marchitos cuyas risas, en los corredores, resonaban como el paso furtivo del remordimiento. Todo cuanto sucedía quedaba envuelto en el grosor de las cortinas, en la invisible vigilancia del mayordomo Lascelles y los cambiantes horarios de las luces. Cada quien tejía su estrategia; Emma, la suya, ocurría en silencio, acumulando cicatrices invisibles y pequeños triunfos: una sonrisa permitida a la hora del té, una confidencia intercambiada con la cocinera en los umbrales del sótano.

En una de aquellas tardes de ventisca, sólo interrumpida por el largo canto de la campana, Emma se encontró con Lascelles en el vestíbulo. “Me han dicho que gusta de la novela francesa, señorita,” dijo el mayordomo, con una inclinación apenas irónica. “Tal vez nuestro señor, si bien guarda rencores, también colecciona lectores hambrientos. ¿Habrá leído usted a Restif de la Bretonne?” Ella sonrió, fascinada por la pequeña corriente de complicidad que, entre el moho y el terciopelo, podía nacer entre los habitantes de Ryehill. “En París dicen que leer a Restif es peor que bailar sin guantes, señor Lascelles.” Él rio suavemente, un sonido que se le antojó obsceno, pero reconfortante en aquel caserón de vigilancias y rumores.

No obstante, fue esa misma noche cuando Emma supo, a través de la hija menor, que las cartas no habían cesado: sólo cambiaban de destinatario. “No entiendo los motivos de L.L.,” musitó Marian, con la palidez de quien sufre o espera sin esperanza, “pero cada vez que llega una, papá se atrinchera en el estudio, y se sientan sombras en las escaleras.” Emma preguntó si acaso contribuían ellas a contestar tales mensajes. La niña negó, y la voz se le resquebrajó como una rama deshidratada. “Son cartas condenatorias, Emma. Quieren deshacer todo por lo que mamá trabajó. Si usted puede, no las toque nunca más.”

La nieve se apilaba ya en ángulos traicioneros fuera de las ventanas, como un sudario sin plegarias. Aquella noche, tras la cena, el señor Chilcott la citó de nuevo. Caminando hacia el estudio, Emma sintió que en Ryehill se prohibía el cariño pero no la compañía, que el deseo era, en última instancia, el único elemento que atravesaba las paredes y los siglos. Dentro del estudio una lámpara proyectaba sombras en la alfombra y la figura del señor parecía disolverse entre botellas de vino y legajos.

“Hay un baile la próxima semana, en la rectoría,” anunció él, sin mirarla. “Vendrá todo el condado. Deseo que asista conmigo, para que quede claro que no tengo motivos para desconfiar de quien vive bajo mi techo.” Allí, con la advertencia transformada en mandato, Emma comprendió que era parte de un juego más hondo y cruel. En Ryehill, la inocencia equivalía a traición, y la supervivencia dependía de saber cuándo dimitir y cuando abrazar el papel impuesto.

Aquella noche, en la soledad de su habitación, Emma empezó una carta para la señora Lescaut. No escribió más que una línea: “He aprendido que la verdad sólo existe cuando nadie tiene interés en escucharla”. Al cerrar la tinta, pensó en el baile, en Lascelles y en las hijas, en la próxima carta de L.L. Y sonrió, consciente, por primera vez, de que era el invierno mismo —y no la mansión— quien la observaba, esperando ver cuánto podía roerle todavía el alma.

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