Fragmento:
Keren, tras ofrecerle agua de río y raíces cocidas al visitante, lo invitó a acompañarla al claro sagrado, donde un árbol siete veces centenario defendía la memoria de la selva. Bajo la copa inabarcable, la mujer se acomodó sobre las raíces como quien vuelve a su lecho, y el forastero la imitó, aunque torpemente al principio.
Duración: 04:38
Al principio del tiempo, cuando las montañas aún soñaban con su forma definitiva y los valles eran cuna de nieblas espesas, había una aldea escondida bajo el dosel más antiguo de la selva. Nadie recordaba cuándo se fundó, sólo que siempre había estado allí, como una canción vieja cuyo estribillo persiste aun cuando se olvidan las palabras. Los techos de palma y barro se mezclaban con las raíces nudosas de los árboles centenarios, y la vida palpitaba en la sombra verde con un pulso tan lento que parecía eterno.
En medio de este tapiz vivía una mujer ya entrada en años, cuyo andar recordaba el paso paciente del agua entre las piedras. Se llamaba Keren, y las historias del bosque parecían deslizarse por su piel arrugada como brisas que rozan la superficie de un estanque tranquilo. No había jornada en la que Keren no conversara con los árboles, ni se sentara a escuchar, en silencio absoluto, el latido invisible bajo sus raíces.
Decían que, en la noche, la mujer se transformaba: que sus sueños viajaban bajo tierra y que su espíritu avanzaba entre la maraña de hongos, hormigas y humedad, pidiéndoles permiso para escuchar sus secretos. Al regresar, traía consigo relatos insólitos; a veces, el viento cambiaba de dirección a la mitad de una frase, o una luciérnaga posaba su luz sobre alguna palabra importante. Los niños, que la acompañaban en las vigilias, decían que su sombra tenía forma de rama.
Cierta tarde, cuando la estación seca se acercaba y el cielo era un mar gris salpicado de hojas secas, un forastero llegó a la aldea. Vestía ropas extrañas y su caminar era nervioso, como si desconfíara de cada piedra del camino. Traía consigo una pregunta: “¿Cómo habitar este mundo, cuando el ruido de afuera me arrastra lejos y no escucho mi propio corazón?”
Keren, tras ofrecerle agua de río y raíces cocidas al visitante, lo invitó a acompañarla al claro sagrado, donde un árbol siete veces centenario defendía la memoria de la selva. Bajo la copa inabarcable, la mujer se acomodó sobre las raíces como quien vuelve a su lecho, y el forastero la imitó, aunque torpemente al principio.
“El bosque no habla con palabras,” murmuró Keren, “pero recuerda cada cosa que ocurre sobre su piel. Escucha.”
Un silencio profundo los envolvió. El forastero cerró los ojos, intentando abrir los sentidos que siempre había mantenido herméticos. Por un instante, el rumor de las hojas, el canto irregular de un ave y los pasos minúsculos de alguna criatura invisible tejieron un susurro antiguo, una melodía que nadie podría traducir. Sentía cómo las pulsaciones de su corazón se volvían más lentas, a la par del latido profundo de la tierra.
Al cabo de un rato, Keren recogió del suelo algo que no era ni hoja ni piedra, sino un trozo de corteza arrugada, de forma similar a una oreja. “Esto nos dejó el viento, una vez ocurrió una gran sequía. Dice que aprendió a recordar cuando todo parecía olvidado.”
El relato se desplegó en la voz de Keren como una liana trepando hacia la luz. Habló de las cosas que tienen vida aunque parecen calladas: de cómo el musgo guarda la memoria de las lluvias, de cómo los hongos llevan mensajes invisibles entre los árboles, de cómo las aves repiten nombres de lugares que sólo existen en las raíces. Contó la historia de un colibrí, el más pequeño del valle, que al estallar una sequía comenzó a llevar gotas de rocío de flor en flor, sin descanso ni medida. Alguien del mundo de los hombres le preguntó si creía que eso bastaría para apagar la sed insaciable de la tierra. Pero él, dijo Keren, respondió: “No sé, pero hago mi parte.”
La noche cayó, y el forastero sintió que una capa de hastío se desprendía de su piel. Bajo el árbol ancestral, aprendió a escuchar los mensajes que iba sembrando su propio silencio, y supo que el mundo exterior no podía robarle un corazón que latiera al ritmo de las raíces.
Keren, sonriendo, le enseñó entonces el último secreto: “La transformación no es huir del estruendo, sino encontrar dentro de ti un claro donde el alma y la tierra puedan contarse historias.”
Con el alba, cuando el primer haz de luz besó el tronco viejo, el forastero ya no era el mismo. Sabía que jamás se movería por el mundo como antes, porque algo en la espesura de su pecho había echado una raíz tierna, capaz de escuchar el rumor del viento cuando nadie habla y sentir, en la más profunda soledad, el abrazo perpetuo del todo.
Desde entonces, cuentan quienes aún caminan bajo aquel dosel sagrado, que si prestan la debida atención en el claro, a veces se oyen, entre las hojas, risas, palabras o historias, como si la memoria de cada visitante se quedara a cuidar el nacido jardín de su alma.
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