Fragmento:
Entre la luz y la sombra, recordé que durante siglos la humanidad buscó la trascendencia sólo en templos y palabras. Pero aquí, donde la humedad sobrevive incluso al más severo verano, la frontera entre el cuerpo y el mundo empieza a difuminarse. Me vino a la memoria una frase de mi infancia: “Somos visitantes, pero también raíces”. Mientras observaba cómo las gotas de agua descansaban sobre las hojas de helecho, comprendí que la naturaleza no estaba ahí para ser interpretada, ni siquiera para ser comprendida del todo, sino para ser habitada, igual que un respiro profundo o un silencio necesario.
Duración: 04:44
Me incliné a ras de la tierra, aspirando con lentitud ese aliento fresco y casi mineral que emana del suelo en la primera hora del día. La bruma del amanecer se colaba como un velo entre los troncos de los robles, dejando filamentos pálidos allí donde el sol apenas asomaba. Había caminado hasta este claro impulsado por una inquietud sin nombre, una búsqueda que, con los años, había aprendido a no forzar. El sendero bajo mis pies era de apenas unas huellas, dibujado por los pasos de los ciervos más que por los de humanos.
Me senté junto a un arrollo joven, tanteando la corteza de un abeto. La madera respiraba bajo mi palma. He aprendido que, si uno escucha con la oreja interna, allá donde las palabras se disuelven, puede sentir el lento latir de cada fibra vegetal. Las aves, primeras en reconocer la llegada del día, salmodiaban sus nombres iguales a sí mismas desde tiempos remotos; un legado intacto de diarios nacimientos.
Entre la luz y la sombra, recordé que durante siglos la humanidad buscó la trascendencia sólo en templos y palabras. Pero aquí, donde la humedad sobrevive incluso al más severo verano, la frontera entre el cuerpo y el mundo empieza a difuminarse. Me vino a la memoria una frase de mi infancia: “Somos visitantes, pero también raíces”. Mientras observaba cómo las gotas de agua descansaban sobre las hojas de helecho, comprendí que la naturaleza no estaba ahí para ser interpretada, ni siquiera para ser comprendida del todo, sino para ser habitada, igual que un respiro profundo o un silencio necesario.
Me levanté, sintiendo cómo mis piernas, aún torpes por el frío, buscaban reencontrarse con el ritmo pausado del entorno. Cada vez que posaba el pie, una sinfonía de ramas y hojas regresaba el saludo; una señal inequívoca de la recíproca compañía entre el ser humano y los otros habitantes del claro. Vi entonces una hilera de hormigas cruzar mi sendero. Me detuve. Les cedí tiempo y espacio, percibiendo nuevamente esa verdad sencilla: la tierra no es pertenencia, sino pertenencia compartida.
Una ardilla descendía cautelosamente, y su breve tensión también era la mía. Una suerte de comunión tranquila se produjo, un instante de reconocimiento tácito. Recordé que, en antiguas ceremonias, los pueblos originarios agradecían por la hospitalidad de la tierra primero, antes de tomar cualquier fruto o raíz. Quizá, en esos gestos, persistía una sabiduría que las palabras modernas han ido olvidando poco a poco. Mirar un árbol no era simplemente mirarlo, sino entrar en conversación lenta, de esas que no exigen respuestas.
Avancé, guiado por el deseo de no dejar huellas. En eso pensé: ¿ser invisible sería la máxima forma de respeto? Sin embargo, incluso el solo hecho de respirar altera la textura del aire, y quizá el secreto sea aprender a respirar con el mundo, no a pesar de él. Vi el musgo expandirse sobre piedras, abrazándolas con firmeza tierna; vi cómo el agua labraba su camino, persistente y suave, hacia su destino ignorado. Allí, fantasmas leves de helechos antiguos parecían danzar en la penumbra, repitiendo una coreografía que se escapa a la observación rápida.
Llegué a un claro donde la luz de la mañana caía en haces dorados y densos. Me tumbé boca arriba, abriendo los ojos al cielo que apenas se filtraba entre las copas. Quizá ese, pensé, es el verdadero altar: donde cielo, hojas y tierra se funden sin jerarquía ni propósito. No recé, no pedí nada. Solo permití que mi respiración se acompasara al susurro del viento y al ritmo imperceptible de las ramas. Noté entonces cómo mi mente, usualmente ruidosa y hambrienta de significados, encontraba un alivio antiguo en la pura presencia.
Un caracol, ajeno a mis cavilaciones, cruzaba junto a mi mano. Pensé en sus días lentísimos, su andar sin urgencias. Quizá nuestro error reside en buscarle sentido a todo. En el mundo vegetal, en la vida de los insectos y las nubes deslizándose, el tiempo se despliega de otra manera. Recordé que todo retorno al bosque es una forma de regreso a nosotros mismos, no para encontrarnos como éramos, sino para perdernos en otra vastedad más amplia: la que abraza el misterio sin resolverlo, la que sabe que la raíz y el viaje son uno a la vez.
Al levantarme para marcharme, la piel parecía más permeable al roce del viento, el oído más atento al leve crujido de las nuevas flores. Nada había cambiado y, sin embargo, algo esencial vibraba distinto bajo las costillas. Caminé en silencio, agradeciendo a cada paso la común pertenencia y el secreto compartido: que somos más vastos, y más humildes, cuando habitamos no sólo el mundo, sino el asombro que nos devuelve a él, día tras día, como si fuera el primero.
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