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Portada del relato Aurora sobre los líquenes
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Fragmento:


En la extensa planicie, donde los vientos curvan la hierba en una dirección y luego en otra, existe una roca, anciana de tal manera que las generaciones de árboles a su alrededor han crecido y caído, dejando tras de sí cabelleras de raíces expuestas, mientras la piedra permanece. Una vez, yo mismo pasé por allá, a pie, cargado no sólo de víveres, sino de la inquietud que a veces asalta a quienes se sienten distantes del compás que habita bajo la corteza del mundo.

Duración: 04:13

Aurora sobre los líquenes
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En la extensa planicie, donde los vientos curvan la hierba en una dirección y luego en otra, existe una roca, anciana de tal manera que las generaciones de árboles a su alrededor han crecido y caído, dejando tras de sí cabelleras de raíces expuestas, mientras la piedra permanece. Una vez, yo mismo pasé por allá, a pie, cargado no sólo de víveres, sino de la inquietud que a veces asalta a quienes se sienten distantes del compás que habita bajo la corteza del mundo.

Se dice a menudo que algunos lugares son sagrados porque la historia humana les ha señalado, pero en esos llanos nadie habló jamás de la roca, y sin embargo—al acercarme—sentí una pulsación, sutil como una respiración larga, casi un soplo bajo el manto mineral. El viento que cruzaba los campos traía a veces el aroma de la humedad y, a veces, el polvo espeso del antiguo verano, y allí, ante la roca, el sentido del tiempo parecía fluctuar, resquebrajarse, recomponerse.

Me senté junto a la piedra, apoyando mi espalda contra su costado, su superficie áspera se pegó a mi ropa, al frío de la mañana. Entendí, sin palabras, que la roca no era sólo un vestigio, sino un testigo callado de la vida, de las vidas incluso diminutas—los líquenes de color esmeralda, las hormigas laboriosas, los musgos apenas perceptibles. Y me descubrí observando el modo en que el sol se desplazaba, cómo la luz viajaba con lentitud sobre la superficie desigual de la roca, invitando al tacto, desorientando la vista con el juego de sombras breves.

El silencio en aquel paraje era pleno y total, casi palpable. Y, sin embargo, resonaban en él los murmullos del subsuelo, el crujido de la tierra al extender las raíces, el brotar discreto de la humedad entre las rendijas. Sentí, quizá por primera vez en mi vida adulta, la presencia de lo inabarcable, de aquello que habita pero no se pronuncia, que observa pero no interviene, y lo imaginé menos como un dios que como una vasta conciencia dispersa en los humedales, una memoria que brota y se retira sin motivo reconocible.

El día envejecía y la temperatura descendía, pero no podía alejarme. Una parte de mí—la parte más cansada, más reacia a comprender—se amoldó al ritmo delicado, al rumor casi extinguido de ese espacio. Cada respiración resultó ser un rezo inadvertido, cada parpadeo, una plegaria débil. Recordé palabras que no se pronuncian en voz alta y comprendí, de improviso, que el sentido de estar allí no era hallar respuestas, sino dejarse permear, disolver los límites entre la carne y el sustrato, entre la historia personal y la eternidad que habita en una mota de polvo adherida a la roca.

Por momentos, todo pareció mayor y más íntimo. Pensé en los animales que quizá habían reposado allí, en las lluvias que lavaron su superficie, en la eventualidad de que alguna mujer, décadas atrás, hubiera tomado la misma piedra como refugio. Imaginé los rastros humanos y no humanos sobre ese trozo de mundo, y sentí que una humildad desconocida me arrastraba. ¿Quién era yo sino una sombra pasajera, un eco mínimo entre millones de ecos? Aceptar mi pequeñez trajo consigo una inesperada tibieza, un reconocimiento de parentesco con lo mineral, con lo vegetal, incluso con la capa invisible de aire que titilaba a mi alrededor.

Al caer la noche, recogí mis cosas y me preparé para partir. Antes de irme, apoyé la palma de mi mano sobre la roca, y sentí, más allá del frío, una veta de calor enterrado, algo que ascendía desde el corazón de la tierra, como un pulso remoto. Supe entonces que este viaje, como todos los viajes verdaderos, no trataba solamente de la geografía ni de los paisajes, sino del modo en que los lugares pueden hendirnos con su silencio y, en ese acto, ofrecernos un destello de pertenencia, una difícil y ardua esperanza de reconciliación.

Caminé de regreso bajo las estrellas, y cada paso fue una nota de gratitud nunca dicha. Sabía que ya no estaba solo, ni tampoco exactamente acompañado, y que de esa dualidad inexplicable se tejían los hilos más resilientes de la vida. Porque así es el mundo: vasto y pequeño, benévolo y severo, una luminiscencia que siempre brilla justo en el umbral de lo desconocido.

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