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Portada del relato El canto de la bruma antigua
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Fragmento:


Nyambura se adentraba cada mañana en el bosque bordeando el arroyo de jade, desde el que nacía la bruma que cubría la aldea. Caminaba descalza, la piel húmeda del rocío, sintiendo bajo sus pies el pulso leve de la tierra. Aquella mañana, sin embargo, algo era diferente. El silencio venía cargado de un zumbido sutil, como si lo invisible reclamara su lugar en el universo visible. Detuvo el paso junto a un matumi centenario, su corteza regateada a la tormenta. Puso una mano en el árbol y cerró los ojos.

Duración: 04:16

El canto de la bruma antigua
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Era una madrugada espesa en la extensión de Akiliba, donde los árboles antiguos tejían sus brazos elevándose más allá del olvido humano. El viento caminaba desnudo por el lomo de la tierra, y con cada paso, una simiente, perdida o enamorada, se acomodaba donde la suerte lo permitía. A esa hora, los pájaros aún soñaban y los hombres aún no se atrevían a ceñir su día en el yugo de las prisas. Solo existía la exhalación de la naturaleza, profunda y antigua, un idioma memorizado en los huesos y en las piedras.

Nyambura se adentraba cada mañana en el bosque bordeando el arroyo de jade, desde el que nacía la bruma que cubría la aldea. Caminaba descalza, la piel húmeda del rocío, sintiendo bajo sus pies el pulso leve de la tierra. Aquella mañana, sin embargo, algo era diferente. El silencio venía cargado de un zumbido sutil, como si lo invisible reclamara su lugar en el universo visible. Detuvo el paso junto a un matumi centenario, su corteza regateada a la tormenta. Puso una mano en el árbol y cerró los ojos.

Escuchó, primero, el latido robusto bajo su palma, después, el eco de voces sin boca que recorrían el interior del tronco, descendiendo por las raíces hasta el vientre invisible donde todo comenzaba y terminaba. Las voces no eran palabras, pero Nyambura comprendía igual: el árbol le contaba de la infancia de la tierra, del primer sol que besó la savana, de las lluvias que una vez fueron generosas y dulces. Cada historia era una promesa: mientras hubiera atención y respeto, habría renacimiento.

Nyambura abrió los ojos. Vio, no solo con la mirada, sino con la certeza de quien presencia la verdad más allá de la forma. A su alrededor, pequeñas plantas despertaban mutuamente, hojas bailando en la tenue luz. Observó a una roca cubierta de musgo; en su superficie, caía una lágrima de agua, nacida del rocío, que descendía hasta las raíces del matumi. El ciclo era perfecto, un tejido de vidas entrelazadas donde hasta lo inmóvil participaba en la danza.

De pronto, un ciervo cruzó furtivo, deteniéndose a pocos metros. Ojos inmensos, abismales, la estudiaban. Nyambura intuyó en aquel animal un guardián; no era ni solamente fauna ni solo espíritu: era un puente, y a través de sus ojos, el bosque le reveló la conciencia detrás de toda forma. Sintió que no estaba sola, nunca lo había estado. La vida se ofrecía no para ser tomada, sino para ser celebrada. Cada hoja, cada insecto, incluso aquello que parecía quietud, participaba en un acuerdo silencioso que la humanidad había olvidado: cuidar la tierra es cuidar el alma.

Sentada junto al árbol, Nyambura llevó la mano llena de tierra a su semblante. Allí, olió la historia antigua, el suspiro de los que llegaron antes, la esperanza de los que aún no nacerían. Pensó en los hombres de la aldea, en su miedo de perder los bosques para la leña, en su olvido de la promesa hecha al suelo y al agua. Contempló la misión que nacía dentro de ella: testimoniar, recordar y transmitir el entendimiento que florecía en sus sentidos. La naturaleza era su santuario, su altar viviente, y ella, sin título ni permiso, era sacerdotisa de lo invisible.

Pasaron las horas. El sol se filtró a través del dosel de ramas, quebrando la bruma en hilos dorados. Cada rayo era una plegaria que acariciaba la tierra y traía consigo una nueva oportunidad de respetar el equilibrio sagrado. Cuando Nyambura se levantó, lo hizo despacio, con la dignidad de quien ha participado en un rito. Sabía que, al regresar, llevaría consigo la semilla de ese despertar, y que nada la haría olvidar el mensaje: no somos dueños, solo custodios; pasajeras sombras en el dormitorio milenario de los árboles.

Atravesó el bosque llevando en su corazón el eco del árbol y la promesa de cuidado. Y cada vez que, en la aldea, veía encenderse el fuego de la sequía, sentía en sus manos el rocío y oía bajo sus pies el susurro de las raíces, invitándola a recordar y a pedir también a otros que recordaran. Así, una vida tras otra, el suspiro de la naturaleza y la quietud del alma se encontraron cada madrugada en Akiliba, reconociéndose en la superficie del tiempo, en la última lágrima del baobab, en el silencio fecundo de la tierra.

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