Fragmento:
En el alféizar hay una semilla, amarilla, diminuta, testimonio de un hambre lejana. Elsa la observa sin querer mirarla del todo. Piensa: “Podría ser cualquier semilla. También podría ser otra cosa más diminuta aún, una mota de polvo. La distinción, como el deseo, es a menudo caprichosa”.
Duración: 04:52
1.
Fragmento de la casa despierta, cinco y treinta y seis. La claridad flota, danza sobre una mesa barnizada. El agua en el vaso apenas tiembla. Afuera, los gorriones, adentro, el reloj gime. Todo permanece, nada espera.
En el alféizar hay una semilla, amarilla, diminuta, testimonio de un hambre lejana. Elsa la observa sin querer mirarla del todo. Piensa: “Podría ser cualquier semilla. También podría ser otra cosa más diminuta aún, una mota de polvo. La distinción, como el deseo, es a menudo caprichosa”.
2.
Hay días en los que no se sabe morir ni vivir, solo flotar. Las sombras de las cortinas recortan mapas sobre el suelo, archipiélagos donde ningún hombre sobreviviría. Elsa hojea un libro cuya cubierta ha olvidado. Entre la página siete y la dieciocho un pétalo pálido. A saber de qué flor, a saber desde qué invierno.
En la cocina, la tetera hierve y respira, máquina antigua echando sus suspiros. A veces, Elsa se pregunta si los objetos en realidad son silenciosos o si hemos aprendido a no escuchar lo suficiente.
3.
La voz de madre. O quizás fue la voz de la radio, un murmullo que flamea en torno al pasillo. “Han dicho que lloverá toda la semana”.
—Pero aquí no llueve —dice Elsa a la ausencia, y se sirve leche agria sobre los cereales. El sonido áspero de la cuchara contra el cuenco la atraviesa. Una sonata breve, compuesta solo para ella, solo para esa mañana.
Cierra los ojos. En el silencio aparecen las voces comidas por la humedad, danzando alrededor de los fragmentos de lo que una vez fue una familia.
4.
El espejo está rajado por el borde izquierdo. Elsa se inclina, busca su ojo entre las grietas. Un ojo multiplicado: uno asustado, uno inquisitivo, uno lloroso… Todo en el mismo rostro. Al otro lado del cristal el pasillo es corriente, más corriente aún la librería polvorienta que sujeta los tomos sin nombre.
Quizás este sea el único retrato verdadero: descompuesto, irregular, una colección de superficies discutibles. Los padres se comunicaban por notas pegadas en la nevera. Unos años después, Elsa solo recuerda la caligrafía ladeada, las instrucciones breves, el adiós escrito una vez con rotulador rojo.
5.
Martes, junio. Huele a pan y a humedad. Elsa mira cómo los rayos deshacen las espectrales huellas del sueño sobre sus muñecas. Hay unas cartas antiguas en el segundo cajón, aún no se atreve a abrirlas. A veces, imagina que son facturas, triviales, y no la escalera por donde podría volver a perderse.
Una vez tomó la decisión de olvidar las fechas. Pero los calendarios siguen colándose en las migas sobre el mantel, en el ritmo oculto de las campanadas. La cotidianeidad es una bestia persistente.
6.
La tarde se desliza perezosa, adoptando el color de las las sábanas usadas. El teléfono suena una vez, no lo suficiente para alterar la constancia de los objetos, apenas un eco de lo que pudieron ser noticias. Elsa se pregunta si alguna vez alguien anunciará una alegría colosal, de esas que rasgan las cortinas con su estruendo.
Luego, sopa. Luego, la lentitud. Un cuaderno lleno de palabras que no llegaron a cartas. El mapa: rutas delimitadas por el miedo, por la costumbre. Habló de ir al norte, pero extravió el tren.
7.
Una noche hubo una fiesta en la casa. Voces, luces, el perfume persistente de alguien a quien amó brevemente. Desde entonces el pasillo retiene ecos, canciones mutiladas por el crujir de la madera. Elsa recuerda haber barrido confeti durante días; años después, aún encuentra partículas de color.
Pero todo es lo que ya fue. El vaso en la mesa. La semilla en el alféizar. Las cartas en el cajón. En la tristeza de las siete de la tarde, los espejos la ven poner la tetera, observar su reflejo fragmentado, estremecerse ante la forma irreconocible de las cosas demasiado vistas.
8.
¿Quién fue? ¿Qué se quedó? Elsa se asoma y el mundo parece contener una multitud de respuestas imposibles. Prefiere no elegir. Elige el desayuno, el olor del polvo, la tediosa sucesión de horas como latidos de un animal visible solo de reojo.
En la mañana siguiente escribirá una carta que no enviará, pondrá otra taza en la mesa y, cuando el vapor se disipe, volverá a buscar —sin fe, sin deseo— la verdad diminuta de la semilla en el alféizar.
9.
Nada se rompe por completo. El día termina, pero deja astillas incrustadas en los muebles. Elsa apaga la luz, recoge la cuchara, cierra el libro que nunca leerá. La noche no ofrece respuestas. Reúne los fragmentos y espera que al amanecer —en el leve temblor del vaso, en la áspera voz de la radio, en el pétalo olvidado— sobreviva alguna forma de ternura que todavía pueda llamar “hogar”.
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