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Portada del relato La pasión desatada en los fríos mármoles
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Fragmento:


Fue en el huerto más privado del Olimpo, oculto tras laureles y mirto, donde se encontraron una noche en la que las estrellas parecían respirar, latiendo con la ansiedad que preludia el desastre o el éxtasis. Eran los juegos de los dioses, crueles y dulces como la ambrosía fermentada. Cansada de las caricias rutinarias del guerrero, Afrodita acechó a Apolo, cuyos versos y melodías habían encendido los corazones pero no todavía su propio lecho. De pie, bajo la diosa lunar, ella permitió que la fina túnica dorada le deslizara por los hombros; el brillo de su desnudez rivalizaba con el resplandor de la propia luna. Apolo, testigo de tal invitación, no resistió. Su piel ardía bajo la piel de ella, y por un instante ambos olvidaron sus nombres y lo que era ser divino.

Duración: 02:50

La pasión desatada en los fríos mármoles
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En la penumbra del vasto Olimpo, donde la eternidad no es un consuelo sino una condena, los dioses miraban hacia el mundo de los mortales con un deseo tan punzante como implacable. Allí donde el río Estigia serpenteaba, las más antiguas pasiones se tejían a la sombra de columnas que el tiempo todavía no había osado doblegar. En ese escenario, la diosa Afrodita, encarnación misma de la belleza y el deseo, halló una vez su deleite no en los brazos conocidos de Ares o Adonis, sino en una compañía menos esperada, más peligrosa: la de Apolo, señor de la luz y las artes, cuyo fuego oculto ardía con intensidades que ni siquiera el sol del mediodía podía atestiguar.

Fue en el huerto más privado del Olimpo, oculto tras laureles y mirto, donde se encontraron una noche en la que las estrellas parecían respirar, latiendo con la ansiedad que preludia el desastre o el éxtasis. Eran los juegos de los dioses, crueles y dulces como la ambrosía fermentada. Cansada de las caricias rutinarias del guerrero, Afrodita acechó a Apolo, cuyos versos y melodías habían encendido los corazones pero no todavía su propio lecho. De pie, bajo la diosa lunar, ella permitió que la fina túnica dorada le deslizara por los hombros; el brillo de su desnudez rivalizaba con el resplandor de la propia luna. Apolo, testigo de tal invitación, no resistió. Su piel ardía bajo la piel de ella, y por un instante ambos olvidaron sus nombres y lo que era ser divino.

El deseo, tan antiguo como la primera chispa de fuego robada por Prometeo, los unió en una danza feroz. No era la inocencia del primer amor, ni el simple juego de los sentidos. Sus cuerpos buscaban no solo el placer sino el dominio, la afirmación apasionada del poder que los dioses niegan a los mortales. Sus gemidos se disolvían en la noche, y el rumor de sus encuentros era llevado por los vientos, causando tormentas en el Egeo y estremeciendo a las dríadas en los bosques. De su unión no nació un hijo, sino algo más sutil: una grieta secreta en el orden del Olimpo, la certeza de que aún los dioses podían sucumbir al deseo más salvaje, más irresistible e inconfesable.

La aurora encontró a Afrodita desvanecida entre los lirios, con el cabello como hilos de oro esparcidos sobre el mármol frío, y a Apolo con la frente perlada, silencioso como el primer amanecer del mundo. Nunca más se hablaron de aquella noche; no hubo reproches ni promesas. Pero en cada uno, el ardor de lo vivido ardía como un secreto imposible de extinguir. Desde entonces, cuando el sol acaricia el mar en el crepúsculo y la brisa huele a flores desconocidas, los mortales sienten un estremecimiento inexplicable: es, en realidad, el eco persistente de aquel encuentro que reveló, a los ojos de quienes creen en el Olimpo y sus mitos, que ni los seres más sublimes son inmunes a la pasión que destruye y redime en igual medida.

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