Black Bird Academy: Amor a la muerte
La inspectora gitana
Dire Bound. Alma de lobo
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
La grieta del silencio
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Portada del relato El Velo de las Moiras
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Allí, en los bordes mismos del Olimpo y las regiones donde sueñan los dioses antiguos, las historias de mortales y divinos se mezclan, se entrelazan, se confunden como hilos de oro y sombra en las manos de las enigmáticas Moiras. En esas tierras donde las palabras circulan como vino en copa y los secretos resbalan en la penumbra de los templos ruinados, ocurrió una vez el encuentro que poco se atreverían siquiera a imaginar.

Duración: 04:11

El Velo de las Moiras
-a / +A

Allí, en los bordes mismos del Olimpo y las regiones donde sueñan los dioses antiguos, las historias de mortales y divinos se mezclan, se entrelazan, se confunden como hilos de oro y sombra en las manos de las enigmáticas Moiras. En esas tierras donde las palabras circulan como vino en copa y los secretos resbalan en la penumbra de los templos ruinados, ocurrió una vez el encuentro que poco se atreverían siquiera a imaginar.

El héroe se llamaba Egeón. No era uno de aquellos semidioses adscritos desde la cuna a la gloria, sino un hombre hecho y deshecho en la batalla, con cicatrices tantas en el cuerpo como en la memoria. Había visto a las más bellas danzar alrededor del altar de Afrodita, pero ninguno de esos labios había sabido a consuelo ni a destino. Aquella noche, cansado y bañado por el sudor del esfuerzo, tomó el sendero que lo sacaría de la ciudad hacia los bosques, siguiendo la promesa de una sacerdotisa: “Allí te espera aquello que todo mortal anhela y teme”.

El bosque era un susurro húmedo; el cielo se quebraba apenas bajo la presión de hojas antiguas, y la luna, pálida y desvestida, jugaba a esconderse tras nubes transparentes. Egeón sentía el peso de las miradas invisibles, sabía que los dioses amaban y odiaban con igual vehemencia, y que una noche no era suficiente para separarlos de sus caprichos. En el claro donde el musgo brillaba como sábanas recién tendidas, halló una mesa, desmedida e improbable, repleta de delicias y cuerpos translúcidos, mitad reales, mitad oníricos.

Allí estaban, juntos en banquete: Sileno borracho, las musas susurrando nombres prohibidos, ninfas risueñas y un joven de ojos oscuros, rostro demasiado perfecto para pertenecer estrictamente a nuestra raza, Orión el Mortífero, recién regresado de algún infierno ilusorio. Entre risas y manjares, los mortales y los dioses se acercaban, confundiendo identidades bajo el humo del incienso y el vino.

En ese tumulto de cuerpos y jadeos, Egeón sintió la presencia de Perséfone, oculta entre los juegos y las sombras. Su piel desprendía un frío que no hería, y su voz, cuando se ofreció al héroe, fue al mismo tiempo canto de cuna y sentencia de muerte. “¿Buscarías un goce que no termina en la saciedad de la carne?”, le susurró, mientras los ecos de la pasión recorrían la escena como una marea encendida.

No fue un encuentro ni sencillo ni sencillo de contar. Los labios de Perséfone sabían a granada maldita, y su tacto, a otoño. Bajo el influjo de su abrazo, Egeón descubrió placeres vedados a los mortales: supo de los secretos polvos de los dioses, del modo en que una caricia puede ser destino y un gemido, profecía. Los cuerpos a su alrededor se desvanecían en neblinas de deseo, y el héroe sentía abrirse dentro de sí un abismo más grande que el de Tártaro.

Los dioses, testigos y voyeurs, competían en regalarle visiones: la danza de Hera y Zeus, tan antigua y cruel como el tiempo; el beso furtivo de Venus y Marte, húmedo de sudor y sangre. Egeón veía en cada pareja un espejo donde reflejaba sus propios deseos reprimidos, sus gritos enterrados tras la armadura.

Al amanecer, Perséfone lo hizo prometer silencio. Sus dedos, aún manchados de la blanca ceniza del Hades, le dibujaron sobre el pecho una runa que ardió como sol. “Este goce no tendrá recuerdo, salvo en el filo de tus sueños. Pero te marcará ante los dioses y los mortales, y será tanto tu fuerza como tu perdición”.

Así volvió Egeón. Los que lo vieron entrar a la ciudad supieron que no era el mismo. Sus conquistas se hicieron legendarias, pero ninguna amante pudo jamás borrarle de la piel el estremecimiento de aquella noche con la Reina de las Sombras. Algunos decía que reía solo hacia la luna, otros, que lloraba soñando con la mesa de los dioses. En las tabernas, su historia se transmitía en susurros. Pero cada que el vino ardía más fuerte, algún extraño parecía cruzar su mirada con la de Egeón, y en sus pupilas brillaba la sombra de un claro iluminado por la luna —ese lugar donde los dioses juegan a ser mortales y los mortales, en un instante, se convierten en leyenda y castigo, goce y condena, amantes y prisioneros de lo imposible.

Black Bird Academy: Amor a la muerte
La inspectora gitana
Dire Bound. Alma de lobo
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
La grieta del silencio
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.