Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
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Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
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Portada del relato El Rapto de la Medianoche Silente
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Fragmento:


Un atardecer de agosto, Apollo descendió disfrazado de anciano mendigo, portando un pequeño vial con líquido translúcido, más etéreo que el rocío. Se presentó ante Melánthia, la doncella de negra cabellera, suplicando hospitalidad. Compasiva, ella lo acogió y compartió el pan y el vino, sin saber que, con una gota apenas visible de aquel líquido maldito, el dios había transformado el agua del pozo en un veneno sin olor ni sabor. Quien lo bebiera, sentiría una extraña separación, un cansancio plomizo en el alma, como si parte de sí mismo la abandonase perezosamente.

Duración: 04:44

El Rapto de la Medianoche Silente
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En los misteriosos acantilados de la Tésalia, donde el viento arrastra voces al vétigo del abismo y los dioses caminan en las sombras, vivían Alectrión y Melánthia, dos mortales cuyos destinos iban tejidos tan cerca el uno del otro que, sin saberlo, compartían más que promesas selladas al claro de luna: una sola alma, dividida al nacer por el capricho de Hécate. Nadie en su aldea podía ver el hilo invisible que los unía, pero cada pena que embargaba a uno, el otro la sentía en la médula de sus huesos, y cada dicha florecía en ambos corazones como un solo cirio encendido.

Pero esta unión tan singular despertó el interés y la envidia de los dioses, especialmente el de Apollo, el dios solar, quien aborrecía aquello que no podía entender, ni curar con su omnividente luz. Decidió sembrar una prueba, un veneno tan sutil como la propia sombra, invisible a los ojos y los hechizos, cuya única señal sería la lenta languidez del espíritu, como cuando el atardecer apaga las últimas ascuas del día.

Un atardecer de agosto, Apollo descendió disfrazado de anciano mendigo, portando un pequeño vial con líquido translúcido, más etéreo que el rocío. Se presentó ante Melánthia, la doncella de negra cabellera, suplicando hospitalidad. Compasiva, ella lo acogió y compartió el pan y el vino, sin saber que, con una gota apenas visible de aquel líquido maldito, el dios había transformado el agua del pozo en un veneno sin olor ni sabor. Quien lo bebiera, sentiría una extraña separación, un cansancio plomizo en el alma, como si parte de sí mismo la abandonase perezosamente.

La primera noche tras la visita, Melánthia exhaló un suspiro que no era del todo humano. No soñó, y despertó con pesadumbre. Alectrión, que moraba en la casa contigua, sintió en la misma hora cómo su pecho se ahuecaba con una nostalgia inexplicable, y se tendió en la hierba, incapaz de respirar a pleno pulmón. En los días siguientes, los aldeanos notaron la transformación: donde había miradas radiantes, ahora había ojos opacos; donde corrían palabras dulces, sólo quedaban silencios quebrados y murmullos.

Los amantes siguieron buscando refugio en los brazos del otro, repitiendo promesas y gestos de amor, pero cuanto más se acercaban, más honda se volvía la grieta. Alectrión se volvió taciturno, por miedo a contaminar a Melánthia con su creciente ánimo sombrío; y ella, a su vez, temía robarle el último vestigio de alegría al hombre que, sin saberlo, era el dueño de la otra mitad de su esencia.

Los dioses veían desde los cielos el efecto devastador de su obsequio invisible. No había herida ni mancha, solo un paulatino desfase en la armonía: dormían juntos, pero soñaban separados; hablaban, pero sus voces no forjaban más melodía, sino un eco distante y casi hostil. Los aldeanos decían que los dioses los habían “deshermanado”, como se escinde una fruta podrida del árbol.

Desesperados, los amantes consultaron a la Pitia, la profetisa. Subieron juntos al oráculo de Delfos y tras largas súplicas, la sibila los miró con ternura y horror, revelando: “El veneno que os domina no tiene sombra ni peso. Fue derramado en vuestros lazos y solo aquel que sepa amar sin poseer salvará el alma compartida. Caminen, pues, por los extremos del mundo sin mirarse al alma y sin tocarse la nostalgia. Si logran mantener la memoria viva pero la distancia intacta hasta la llegada del equinoccio, el veneno se disipará.”

Alectrión y Melánthia vagaron entonces durante meses: él a oriente, siguiendo al sol, y ella a occidente, buscando las primeras sombras del crepúsculo. Ambos sentían la ausencia del otro como un brazo mutilado, una música interrumpida. En cada fuente veían reflejos del ser amado; en cada nube, una silueta familiar, vaporosa.

Pasaron estaciones, y en la conversación con extraños —un pescador, una anciana, un niño— iban depositando pequeños recuerdos del otro, como limosnas. Melánthia tejía historias de gestos sutiles, risas lejanas; Alectrión cantaba versos que sólo la brisa sabía descifrar. Ambos aprendieron a amar sin buscar, a recordar sin poseer. Era un amor volcado hacia el mundo, un río que ya no ansiaba el mar para hacerse profundo.

Al llegar el equinoccio, el hilo invisible que los había atado toda la vida pulsó con la fuerza de mil corazones. Sin saberlo, se encontraron, cada uno al extremo de un viejo puente de troncos medio sumergidos en la niebla. No hubo palabras ni gestos: la mirada bastó. Ahí comprendieron el último secreto: la verdadera unidad de su alma, más allá del roce o la cercanía, brillaba en ese amor invisible, ajeno a todo veneno de los dioses.

La historia de Alectrión y Melánthia fue contada por poetas y ancianos como advertencia y como esperanza. Los dioses, vencidos por la inquebrantable resistencia del alma compartida, retiraron su veneno invisible —no pudieron borrar la huella de aquel lazo que, si bien era imperceptible a los ojos, jamás volvería a romperse. Porque en el eco que une a los amantes que comparten alma, ningún veneno puede habitar para siempre.

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