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Portada del relato Sombras sobre el Olimpo
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Fragmento:


Una voz como el roce del ámbar cortó la penumbra. Era Pan, el dios de la naturaleza indómita, testigo constante de los deslices y ansias de los hombres, centauros y dioses. De pie en el umbral, sus patas hozaban la alfombra de pétalos, y en sus ojos había promesas y peligros mezclados. “El deseo no respondido se convierte en corriente subterránea”, murmuró, “y todo río oculto, algún día, busca su mar”.

Duración: 03:55

Sombras sobre el Olimpo
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Hubo una vez, más allá de todas las edades recordadas y muy por encima de los rumores que entretejen los sueños de los mortales, una noche tan densa y profunda en el Olimpo que ni la divinidad de Helios osó alzarse antes de tiempo. Los dioses dormían; solamente un susurro desplazábase por las salas silenciosas, rozando el mármol con pies de viento. Ese susurro tenía nombre: era Eurídice, la ninfa que, tras su muerte en la tierra y su errancia por las orillas del Tartáreo, había cambiado tanto que su sombra apenas se discernía del humo de las lámparas extintas.

Eurídice, arrastrando tras de sí hilos finísimos de deseo y memoria, entró al salón de Afrodita. Allí, la diosa del amor, deidad tan acostumbrada a los juegos de pasión y los pactos efímeros, dormitaba sobre un lecho de rosas, vestida apenas con la niebla de la noche estival. Eurídice la observó y pensó en los mortales que se abrasan en un amor que nunca pueden retener. Inclinándose casi a besar el aire sobre el pecho de Afrodita, preguntó al vacío —quizá a sí misma—: “¿Dónde va el deseo que no es respondido?”

Una voz como el roce del ámbar cortó la penumbra. Era Pan, el dios de la naturaleza indómita, testigo constante de los deslices y ansias de los hombres, centauros y dioses. De pie en el umbral, sus patas hozaban la alfombra de pétalos, y en sus ojos había promesas y peligros mezclados. “El deseo no respondido se convierte en corriente subterránea”, murmuró, “y todo río oculto, algún día, busca su mar”.

Atrayendo a Eurídice hacia el jardín trasero, Pan la guió hasta un rincón apartado, donde la hiedra enroscaba columnas que ningún mortal ni dios osaba tocar; era el jardín de las Delicias Olvidadas, región donde aquello que nunca se cumplió tomaba cuerpo en la oscuridad. Allí, las formas de antiguos amantes y dioses caídos, ahora convertidos en humo de deseo, danzaban con cuerpos translúcidos, suspiros transformados en brisas perfumadas.

“Ven”, dijo Pan, y la condujo a la fuente secreta. “Bebe, y verás el color del anhelo. Pero el precio es el olvido: aquello que bebas lo perderás en tu memoria, aunque el placer será tan profundo que desearás no recordar más nada”.

Eurídice, sedienta de experiencias no vividas, bebió. Un calor comenzó a recorrerla, desde el centro de su ombligo hasta las puntas de su cabello. Vio imágenes fugaces de amantes que nunca tuvo, sentía sobre su piel caricias de labios, pechos, bocas y muslos, sintió la fiebre de la piel contra piel, una erótica soledad donde el cuerpo era al mismo tiempo amante y amado.

En ese remolino, una figura emergió: no era Orfeo, sino una sombra vestida de perfume y terciopelo, la silueta de quien, en el otro lado de la eternidad, la había mirado con deseo y temor alguna vez. Se acercó a Eurídice, y ambos —o ambos ecos—, se entrelazaron en un éxtasis tierno y ardiente, donde el tiempo no existía y el silencio era una lengua que los lamía a ambos.

Cuando la ola de placer retrocedió, Eurídice encontró que no recordaba ya la voz de Orfeo ni la melodía de su lira. En su pecho solo quedaba el retumbar de su propio corazón. Pan, observándola, sonrió con tristeza y sabiduría.

“Así son los dioses, y así también los mortales”, le dijo. “Nos damos tanto placer y dolor que al final solo queda el eco. El deseo es eterno porque siempre recordamos cuando no deberíamos —y cuando por fin sucede lo soñado, ya no somos quienes fuimos”.

Eurídice, ahora una sombra entre las sombras, danzaba en el jardín de las Delicias Olvidadas, abrazada por todos los placeres no vividos, incapaz de recordar ni de ser recordada, salvo por Pan y Afrodita, que dormía, soñando con besos que nunca la rozaron. Así, entre el placer y el olvido, continúan las noches del Olimpo, tan largas y densas que ninguna aurora se atreve a interrumpirlas.

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