Era uno de esos jueves de junio en que la ciudad se ahoga bajo su propia mugre, y el calor cae a plomo sobre la calle como un matón silencioso. Arrastraba los pies por la acera de la calle 7 mientras el humo de los cigarrillos se mezclaba con el asfalto derretido. No tenía ni un motivo ni una cita, pero mi buzón estaba más vacío que la botella de whisky que guardaba en el tercer cajón de mi escritorio. Aquella tarde, yo era Marlowe, y la ciudad era una daga en las costillas.
Pensaba en volver al despacho y cerrar el mundo con doble llave cuando una sombra se deslizaba por el cristal translúcido de la puerta. Toqué el revólver bajo la chaqueta por costumbre, pero no hice gran presión. Los soñadores y los desesperados nunca suelen ser peligrosos, y sólo los peligrosos entraban sin llamar. La puerta se abrió, y entró el tipo: alto, delgado, con una palidez digna de una morgue, y un traje azul marino que le sentaba como a un cura un texto obsceno. Los ojos eran pozos, y cuando habló su voz sonó seca, como la de un tipo que ha llorado más whisky del que ha bebido.
—¿Es usted Marlowe? —dijo, y lo dijo como quien pregunta si uno es el verdugo.
—Todavía lo era la última vez que miré la cartera —dije, señalando la silla—. ¿Nunca pensó en llamar antes de entrar así, como un matón o un cobrador sin suerte?
Sonrió apenas, un gesto que habría congelado un hervidero. Se sentó. Apoyó las manos sobre la mesa, y me di cuenta de que temblaba un poco.
—Me llamo Gerald Penn. Es probable que no haya oído mi nombre, pero sabrá el de mi esposa.
—Eso depende de sus gustos —dije.
—Margaret Loring —dijo él, despacio.
El apellido era de los que salpican columnas de sociedad y escándalos discretos. Recordé un par de portadas; un cuello rodeado de perlas y una sonrisa roja como un semáforo en mitad de la noche. La esposa de Penn, sí, claro. Unos meses atrás supe que estaba enferma, o eso decían los titulares que la esparcían como un rumor. Penn prosiguió.
—Margaret ha desaparecido.
—¿Desaparecido cómo? —pregunté—. ¿No durmió en casa, o no volvió a la vida pública?
—La vi anoche por última vez. Bajó a buscar un trago, o eso dijo. A las tres de la madrugada recibí una llamada. Nadie al otro lado. Cuando bajé, Margaret ya no estaba.
En la voz se mezclaban el miedo y la culpa. El silencio tenía la consistencia del alquitrán.
—¿Amigos en común? —pregunté—. ¿Alguien con motivos para que Margaret se esfumara?
Sacudió la cabeza.
—Algunos, sí. Pero Margaret tenía miedo últimamente. Decía que la seguían. Me pidió que no llamara a la policía.
Clavé los ojos en los suyos. Allí no había odio, no había mentira, solo culpa y desesperación.
—¿Dónde vive?
—En el Edificio Lorraine, 459 Oeste, junto al parque. Le pagaré lo que pida.
Miré mis cuentas mentales y el despacho con telarañas. Me puse la chaqueta.
—Cincuenta al día, más gastos, en efectivo.
Abrió la cartera y contó los billetes sobre la mesa con las manos temblorosas. Lo vi marcharse con un murmullo de seda, arrastrando los pies. Afuera el sol ya se había vuelto rojo y viejo. Cogí la pistola, un paquete de cigarrillos y salí.
***
El Edificio Lorraine era un coloso mugriento bañado en promesas rotas. Olía a camareras quemadas y a sueños a medio pagar. El portero me miró como si yo fuera un plumero en una tienda de antigüedades, pero se tragó las preguntas cuando le enseñé la tarjeta. Subí al piso de Penn, donde Margaret había respirado por última vez el aire del matrimonio.
En el apartamento todo estaba en orden. Demasiado. Ni una copa fuera de sitio, ni un pintalabios fuera del bolso. Hurgando entre las cosas de Margaret encontré cartas de admiradores, notas de conocidos, alguna amenaza velada. Bajo la cama, una caja de terciopelo azul. Dentro, una pistola pequeña y dos entradas para un club de jazz en el centro. Una con la fecha de anoche.
Bajé de nuevo y el portero me miró, esta vez con el ceño fruncido.
—¿La señora Penn?— pregunté.
Sacudió la cabeza.
—Entró sola anoche, poco antes de medianoche. Nadie más la acompañó.
—¿Salió después?
—No la vi salir… pero cerca de las tres llegó un tipo. Pelo rubio, chaqueta marrón. Subió. Y luego solo bajó usted esta mañana con el señor Penn.
Agradecí y me fui. Saqué el coche y conduje hasta el club de jazz de las entradas. Nadie hablaba mucho, salvo el pianista. Entre el humo y el gin se cocinaban secretos lentos. Pregunté por Margaret. El camarero, un tipo con cara de sepulturero.
—Margaret vino con un amigo anoche. Un rubio. Se sentaron, pidieron bourbon. Discutieron fuerte y se fueron antes de medianoche.
Me dio una servilleta. Un número de teléfono escrito con lápiz de labios.
***
Volví a mi despacho mientras la noche se convertía en una promesa violenta. Marqué el número. Una voz femenina contestó.
—¿Margaret?
Silencio, luego una risa baja.
—No, soy Alice. ¿Quién es?
Le expliqué lo justo. Alice era amiga de Margaret. Sabía que la habían seguido. Sabía que Margaret había descubierto algo en las cuentas de su marido; grandes sumas que iban a una tal "Pacific Holdings".
—Dijo que tenía miedo —murmuró Alice—. Que el dinero manchaba las manos. Que Gerald no era quien parecía.
Bajé el auricular como quien cae de una azotea. Miré la ciudad, donde cada luz es una mentira y cada sombra una confesión barata.
Esa noche caí en la cuenta: Margaret no había huido de un marido peligroso. Gerald, probablemente, era quien huía. Y Margaret había pagado el precio de saber demasiado sobre esos negocios.
Encendí un cigarrillo y aspiré el humo como última compañía. En algún lugar, una sirena gritó. En el fondo todo era cuestión de dinero, amor y miedo. Pero al final, todos esperan a alguien como yo que cuente la historia. Y yo, que ya estoy cansado de buscar finales felices donde solo hay cuerpos enfriándose en la niebla de Los Ángeles, apuré el cigarrillo y me preparé para otro día, otro caso, y otras sombras que caminan sobre el pavimento.
Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.