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Portada del relato Ecos bajo la nieve
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Fragmento:


Me calcé mis botas y nos encaminamos a la escena, guiados por los gritos lejanos de los cuervos que sobrevolaban la mansión. El cuerpo del conde yacía encogido junto al escritorio, con una expresión helada de sorpresa, acaso terror. Ni una sola marca en su piel, salvo por los dedos rígidos aún aferrando una medalla de plata.

Duración: 04:29

Ecos bajo la nieve
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El viento gemía entre los abetos y arremolinaba la nieve en la primera luz incierta del día. Estaba sentado cerca del fuego de mi estudio cuando el inspector Bradbury llegó, empapado hasta la médula y con el rostro desencajado. Alzó un paquete envuelto en papel encerado y, sin decir palabra, lo dejó sobre la mesa. Al abrirlo, su contenido se reveló: un molde de yeso, la impronta nítida de una pisada humana, pero torcida en un ángulo antinatural, como si la pierna que la formó no perteneciera a un hombre sino a una marioneta grotesca.

—Esa, mi estimado, es la única huella en cinco yardas de nieve virgen alrededor de Weatherford Manor, y sin embargo el conde ha sido hallado muerto en su estudio. La puerta cerrada por dentro, la ventana atrancada, la chimenea aún caliente tras la tormenta.

Bradbury se dejó caer en un sillón, temblando no sólo de frío sino también de algo más profundo, algo que en doce años de servicio jamás le había visto: el temor al inexplicable.

Me calcé mis botas y nos encaminamos a la escena, guiados por los gritos lejanos de los cuervos que sobrevolaban la mansión. El cuerpo del conde yacía encogido junto al escritorio, con una expresión helada de sorpresa, acaso terror. Ni una sola marca en su piel, salvo por los dedos rígidos aún aferrando una medalla de plata.

El ama de llaves, la señora Hopkins, balbuceaba:

—Sucedió igual hace diez años… El antiguo conde, su padre… mismo cuarto, misma nevada, huella única… Mismo… rostro.

La incredulidad de Bradbury era palpable; su rostro pálido recorría alternativamente el cadáver y la huella como si suplicara que la mente de un racionalista aportara sentido a aquel absurdo.

Inspeccioné la ventana. Sellada, ni un solo copo en el alfeizar. La chimenea, sin hollín fresco ni señales de acceso. La puerta, atascada por el propio escritorio desplazado a la fuerza desde el interior. Bajo la alfombra, residuos de sal, una línea que rodeaba el lecho y el escritorio. Pregunté a la señora Hopkins y su respuesta fue apenas un susurro:

—El conde nuevo la esparció anoche. Temía… "Eso que retornó para mi padre".

Retrocedí al jardín. Allí, sobre la nieve intacta, solo una huella absurda serpenteaba hacia la fachada, y a mitad de camino, se detenía. Antes y después, nada. No había en los alrededores ni en el aire indicio de compañero. Ninguna rama baja, ningún cable suspendido: sólo ese guiño perverso de la física.

Volví al estudio y revisé los libros en latín sobre la mesa. Relatos de pactos sellados, de promesas rotas y, especialmente, uno sobre la condena de la herencia. En páginas anotadas con lápiz leía: “De aquellos que devuelven el daño causado, así sea en siglos, así sea en sangre propia.”

Examiné la medalla: un símbolo eclesiástico, un escudo contra males antiguos. ¿El conde la usó ante la amenaza, o la arrebató de un enemigo invisible en el momento postrero?

Me volví hacia Bradbury: —¿Hubo alguna vez resolución del caso anterior?

Sacudió la cabeza: —Solo una huella, igual que hoy. El resto, silencio y locura.

Los días siguientes arranqué detalles de labios reticentes: rumores de una maldición, de un hombre ajusticiado injustamente por un ancestro Weatherford, ahorcado bajo los mismos abetos en los jardines que ahora rechinaban contra el viento helado. Y cada década, a la quinta luna llena después de la primera nevada, la tragedia se repetía, idéntica, imposible. Un castigo tan regular como absurdo.

Esa noche me senté solo en la biblioteca. Observé la sal, la huella, la medalla y los papeles. Llené la estancia de luz y aguardé. Y cuando el reloj marcó las dos, lo oí: el paso arrastrado, grotesco, un sonido seco y tembloroso… la pisada del imposible.

Oí el crujido del parqué, el aire helado deslizarse por la rendija de la puerta cerrada. Vi surcar el suelo la sombra de una pierna anómala que no podía pertenecer a ser alguno de carne. Y fue entonces que comprendí: la tragedia no solo se repetía, sino que también evolucionaba, acechando a quien osara desentrañar su misterio.

Sobreviví a la noche, armado del humilde amuleto de plata. Pero desde aquel día, cada vez que la nieve amortigua el mundo y un único rastro serpentea hacia mi puerta, temo haber ingresado no solo al misterio de Weatherford, sino a su condena eterna. Y así, yo también espero a la luna llena y al siguiente eco imposible en la nieve.

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